¿Por qué me gusta el cine francés? (1)

La culpa la tuvieron mis padres.
¿A quién se le ocurre preguntarle a un niño como yo a qué colegio quería ir?
La cosa, allá por 1970, era que tenía que hacer la EGB y decidir si iba a un colegio salesiano o a las Escuelas Francesas. No voy a contar por qué eran solo dos las opciones, pero eran las que había.
A los niños como yo -niños bajo la influencia, vaya usted a saber de qué, pero bajo la permanente influencia- no se les hacen esas preguntas, aunque nunca agradeceré lo suficiente a mis padres que me dejaran opinar.
Desde luego un colegio bilingüe con resaca reciente de mayo del 68, era justo lo que me faltaba para mi educación sentimental.
Las Escuelas Francesas se encontraban, además, en un vetusto palacio sevillano, con fantasmas y todo. Cuando lo ví dije que enseguía me iban a meter a mí en uno de esos colegios modernos de la época llenos de curas enrollaos que me daban una grima espantosa.
Me hice afrancesado de por vida.
Todo el mundo sabe que, hoy día, el francés es un idioma tan inútil como lo son los artistas.
Un idioma que sólo sirve para decorar.
Eso sí, decora tan estupendamente (al igual que el arte), que nadie se sorprende porque cualquiera tenga un first certificate en un prestigioso college o que se haya pasado cuatro años en Chelsea y hable un perfecto inglés, pero todo el mundo dice “oh, la la…!” y pone cara de interesante y de embelesado/a (mas as que os) al escucharte hablar en francés.
Lo mismo que cuando dices que eres artista.
Es la fascinación por las cosas inútiles.
Un sentimiento que, por otro lado, da todo el sentido a la vida, si no ya me dirán de qué.
En fin, que ahí comenzó mi interés por la cultura francesa y por el cine de un país que es capaz de empezar una revuelta porque destituyen al director general de la Cinematographie.
Y es que el cine, al contrario de lo que se piensa, no es americano: el cine es francés.
Del colegio francés -aparte de aprender un estupendo francés del que he sacado un magnífico provecho a lo largo de mi vida en una amalgama de cosas maravillosamente tontas e inútiles-, saqué en claro, parafraseando a Godard, que esto no es que sea la cultura, es que esto es exactamente la cultura y supe que mi vida iba a ir por ahí. Aún sigo sin saber exactamente por dónde, pero si sé que por ahí.
La época (los 70) también acompañaba, eso no hay que obviarlo. Mi educación alternó a Félix Rodríguez de la Fuente, a la moda de los ovnis (inciso: hay que ver lo que gustaban los ovnis en esa época) y la llegada de la democracia, con la chanson, las poses de Gainsbourgh, la voz ronca de Brel, la triste de Françoise Hardy, los cómics que me traía mi primo de Bélgica, la literatura y un sinfín de cosas que no enumero por no aburrir y entre las que estaba, por supuesto, el cine.
Odio la nostalgia y me distancio enconádamente de ella, lo que no quita que la referencia y el ejercicio de situación sea absolutamente necesario. Lo digo porque ya que me había pasado mis primeros años cantando bajito La Marsellesa (mi madre me decía que no lo hiciera muy alto, que estaba prohibido; y yo la cantaba bajito, pero a todas horas, para fastidiar a quién fuera que se le había ocurrido prohibirme algo); a partir de los once años comencé a descubrir los cine-clubs y las salas de arte y ensayo. Algo tan francés como aquella canción de Boris Vian donde hablaba del snobismo de ir a ver películas suecas mientras soñaba que cuando muriera lo cubrirían con un pañuelo de Dior.
Por cierto, que Boris Vian murió en una sala de cine mientras veía de incógnito una adaptación de su novela Escupiré sobre vuestra tumba.
Y justo el mismo año que se inauguraba la veda de la Nouvelle Vague con A bout de souffle (Jean-Luc Godard, 1959)
Las cosas de la vida, que dice mi madre…
Me tragué sin pestañear ciclos enteros de todo lo que ponían en aquellas salas llenas de tipos con Sartre bajo el brazo y de chicas con bolsos con la cara del Ché.
Y es que cuando eres pequeño te tragas de todo, más si intuyes que eso te va a gustar aún sin saber muy bien entonces de que iba. Los nombres de Chabrol, Truffaut, Godard, Malle, Resnais, Cocteau, Vigo y sus congéneres europeos como Fassbinder, Fellini, Antonioni, Bergman o Pasolini; comenzaron a formar parte de mi imaginario, mi lenguaje y mi forma de visitar el mundo. Fue entonces cuando casi todos mis amigos comenzaron a decir que era un plasta y un pedante.
En líneas generales se podría decir que el cine francés es la avant-garde de la cultura francesa, una continuación exacta de las demás artes. Eso no sería decir mucha novedad, ya que el cine es un compendio de todas ellas y más cosas, pero aquí es exactamente eso, y además se lo toman como algo muy serio.
O al menos se lo tomaban entonces, en el atardecer brillante del cine. Porque el cine murió, pero lo hizo de una forma espectacular sin duda.
Total, que como casi todo en la vida, las cosas te las construyes tú mismo, adaptándolas a tu forma y a tu visión. Así que yo me construí mi film francés y me declaré afrancesado por la misma razón que, sin gustarme el fútbol ni haber pisado jamás un estadio, me declaro incondicional del Barça.
Es un estado de sitio, más o menos.
Y eso que nunca se me ocurrió pedir la doble nacionalidad, aunque sería divertido.
Digo la doble nacionalidad compartida entre Francia y la República de San Marino, claro.
© Del Texto: Rubén Barroso


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