ago 31 2011

I’m A Cyborg, But That’s Ok: Pilas, baterías y radio

Según las leyes de la robótica:
1. Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
2. Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no esté reñida ni con la Primera ni con la Segunda Ley.
Según las leyes no escritas del género humano:

  1. Un humano es capaz de dañar al prójimo
  2. Un humano, obedecerá las leyes según su apetencia y la retribución que le causen.
  3. Un humano protegerá su propia existencia aunque dicha protección  siga la primera y segunda ley.

Si a todo esto, le añades la rutina de trabajo dentro de  una maquina coreana y las consecuencias que conlleva una labor automática sobre la vida y su tejido cerebral, obtendrás I’m A Cyborg, But That’s Ok.
Park Chan-Wook se propuso acortar la distancia entre Corea del sur, Francia y Buenos Aires volcando sobre el metraje, efectos y tintes a lo Jean-Pierre Jeunet y su dulce Amelie junto con la poesía visual de Eliseo Subiela y su Hombre mirando al Sudeste.

Aunando dosis de humor, pasión, inocencia, surrealismo, ritmo ágil y mecánica, podemos introducirnos en el día a día de una joven asiática. La cual, tras vivir una secreta cyborg infancia, acaba internada en un centro psiquiátrico como antaño lo hiciese su abuela-ratón.
En los ojos de los internos  se vislumbra un alto grado de felicidad, tristeza y fantasía, aunque se los tapen con cualquier tipo de máscara o pretexto. Me estoy refiriendo al alma gemela de Young-Goon, ese chico roba almas.
Tanto  Chan–Wook como sus diferentes personajes  nos hacen partícipes del mundo y psique de  la  esquizofrénica muchacha, íntegramente  convencida de su naturaleza  cyborg, por ello realizará un ayuno extremo, ya que cualquier alimento que entre en contacto con su  cuerpo, puede estropear la maquinaria que la hace funcionar.
Esto la conducirá hacia una dieta de subsistencia fundamentada en polos positivos, negativos y ondas hertzianas o lo que es lo mismo; pilas ,baterías y programas radiofónicos.
La mezcla de texturas, fotografías, sensaciones, planos entre otras muchas cosas, es lo que nos hace esperar la delicadeza siguiente por muchos tiros que esta ofrezca, ya que este director es delicado hasta para acabar con la vida de los hombres de blanco. ¿Cuál es el propósito de mi existencia? Y si no lo sé yo, ¿por qué lo ha de decidir ellos?
¿Qué es un megatrón de arroz?
¿Para qué sirve esa puerta?
¿A qué extremo puede llegar el cerebro humano?
¿La imaginación al poder?
Encontrarás las respuestas junto a la máquina de café.
© Del texto: Ruby Fernández


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ago 30 2011

Doctor en Alaska: La vida deseada

Hablar de cine no es hablar, sólo, de películas. Hablar de cine es contarnos nuestra propia vida. Recordar lo que vimos es recordar lo que sentimos. Unas carcajadas, un nudo en el estómago, terror, un soponcio de aquí te espero. Eso es hablar de cine.
Si tuviera que elegir entre todas las películas que he visto no sabría por dónde empezar. Son muchas y de ellas quedan pequeños retazos, ideas difusas. Sin embargo, no tendría ni la más mínima duda si quisiera contarme una vida que no he tenido. Curiosamente, no se trata de una película. Es una serie de televisión.
Yo era muy joven. Los viernes por la noche salía a divertirme con mis amigos. Pero siempre llegaba tarde. Vosotros me esperáis que llego un poco después. Eso solía decir. No es que tuviera otros compromisos con gente distinta. No. Lo que pasaba esos viernes a media noche es que en la televisión podía ver un nuevo capítulo de Doctor en Alaska. Quería vivir en Cicely, ser un personaje más, vivir el mundo desde un surrealismo demoledor. Soñaba (por aquel entonces no conocía a la que es ahora mi esposa) con tener un romance como el que disfrutaban Joel Fleischman y Maggie O’Connell. Hubiera dado mi brazo derecho por sobrevivir en una emisora de radio, la de Chris Stevens, que iba de una música extraordinaria a la filosofía más aguda. Soñaba con tener una amiga como Marilyn Whirlwind. Aprendí que los tipos despotas esconden un yo que puede ser antagónico. Maurice Minnifield representaba eso. Aquella escena en la que Holling Vincoeur se despedía del oso al que tanto había perseguido y tanto admiraba me hizo pensar en el sentido de la vida durante semanas mientras otros se dedicaban a pensar en como alargar la juerga diez minutos más. En fin, Cicely se convirtió en un paraíso que nunca pisé. Pero es un lugar que existe porque lo construí y me lo quedé en propiedad. El lugar y sus habitantes.
Esa es la magia del cine. Hasta lo más imposible se hace real, se transforma en parte del mundo porque lo interiorizas y tu forma de entender las cosas se ve condicionada para siempre.
Es posible que puestos a analizar la serie pudiéramos sacar faltas. Es posible. Pero mi Cicely es perfecta. Esa nadie la puede tocar. Desde esos años, en los que me divertía cada fin de semana con mis amigos, no se ha movido un ladrillo, los personajes son idénticos a los que conocí y yo cambié para siempre. Soy capaz de relatar esa vida imposible en un pueblo remoto de Alaska sin dejar escapar detalle alguno. Una vida imposible que forma parte de mi propia vida.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 29 2011

Dream: El extraño batiburrillo entre oriente y occidente

Kim Ki-duk es un director que triunfa poco en su país natal, Corea, pero al que se espera en Europa como si de un genio se tratase. Lo primero no me extraña puesto que Kim Ki-duk introduce en su cine elementos filosóficos y religiosos muy occidentales que no me extrañaría que causaran cierto desconcierto. Y lo de genio es, sencillamente, un disparate. Se trata de un buen director que tiende a la exageración poética (algunas escenas de sus películas son inolvidables, pero sólo algunas) y a trasladar ideas muy profundas del pensamiento filosófico a sus guiones. No siempre con éxito.
Dream es una película que habla sobre el amor, su trascendencia, el sacrificio que debe hacer un ser humano para conseguir acercarse a él, de la necesidad de una muerte física para salvar una vida espiritual plena. Habla de eso y agarra (para poderlo hacer) ideas de la tradición judeocristiana y orientales. Amor y sacrificio. El yin y el yang. Sueño y realidad. Lo temporal y lo terrenal. Elige una estética que roza lo grotesco por su brutalidad escénica. Y, una vez introducido todo ello en una coctelera, presenta un guión inverosímil y flojo. No hay que olvidar que, aunque el asunto que se trate repose sobre lo onírico o fantástico, las reglas narrativas tienen que colocar la obra dentro de lo creíble. Eso tiene muy poco que ver con la verdad de la realidad. Me refiero a que una obra cualquiera tiene que ser recibida por el espectador o lector como cierta aunque se hable de algo completamente imposible.
Jin y Ran son los personajes protagonistas. Jin y Ran. Yin y yang. Él es un artista al que da vida Jô Odagiri. Ella es modista y el papel es interpretado por Na-yeong Lee. El sueña lo que ella hace. Ella hace lo que él sueña. Ambos persiguen a sus antiguos amores. A él le abandonaron; ella detesta a quien dejó atrás. Si duermen al mismo tiempo es inevitable que ella vaya hasta el escenario en el que se producen los sueños de él. Naturalmente, ella es sonámbula. Una sicóloga que es, de paso, vidente, les advierte de que eso será así hasta que ambos lleguen a amarse. Y todo se desarrolla entre grandes padecimientos, crímenes, sacrificios físicos delirantes, lágrimas y poesía. Poesía que no cabe por ningún lado. Se salva la última escena y soy muy generoso al decir esto.
El guión es inverosímil y, a la vez, algo predecible. Los diálogos son excesivamente literarios y están plagados de frases explicativas que se cargan de ideas filosóficas para que aquello tenga algún sentido. Desde luego, desde la imagen no se logra. La dirección de actores es floja. El director busca más el fondo que la forma (en el caso de las interpretaciones) y termina olvidando que la forma es importante. La música es más que discreta. Sí hay que destacar que, como en el resto de sus películas, maneja muy bien los colores entre los que se desarrolla la trama. En el caso de Dream, todo circula entre azules para que el dramatismo tome fuerza y esa brutalidad a la que me refería antes tenga más contundencia. En fin, que esta película es aburrida y no aporta gran cosa al cine, ni a la filosofía. Enredar las cosas y buscar que sea el espectador el que encuentre claves es arriesgado y puede salir rematadamente mal. Además, eso de las imágenes poéticas de gran valor habría que discutirlo. Elegir una mariposa para hablar del amor dice mucho del autor. Las imágenes se gastan (en cine o en poesía), se quedan vacías. Y si una de ellas está arrasada es la de la mariposa. Esto es sólo un ejemplo.
Decepcionante. Para ser un genio hace falta mucho más. La aclamación por parte de fans incondicionales te convierte en autor de culto. Pero en genio no. Ni hablar.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 28 2011

El Arco: la alegoría lejana

El Arco es una película muy simple en su estructura narrativa. La fotografía, aunque cuidada y bella, es simple en su composición. Los diálogos apenas tienen presencia y son, también, de una simpleza aplastante. Pero la propuesta de su director Kim Ki-duk no es precisamente simple. Es ambiciosa, profunda y sólida. Esto, que parece suficiente para mirar la película con atención, se convierte en un arma de doble filo puesto que, es tan abrumador el peso alegórico de cada escena, que resulta terminar en territorio peligroso y lejano.
El Arco habla de la posesión y de la falta de ella. De lo que representa convertir lo ajeno en algo propio, de lo que representa la falta de libertad que genera saber que te falta algo importante en la vida porque te lo han escatimado. Pero también habla de la inevitable suma que se produce una vez que se establecen lazos entre las personas sean deseados o no en principio, estén llenos de bondad o ignorancia.
Un viejo pescador (un Jeon Sung-hwan espléndido) cuida de una muchacha a la que encontró hace años (Han Yeo-Reum defiende su papel con dulzura conmovedora). El hombre piensa desposarla el día que ella cumpla los diecisiete años. Viven en un viejo barco anclado en alta mar. Allí sólo van turistas que quieren pescar y a los que traslada el viejo en una barcaza. Nunca hablan entre ellos. Él tacha los días del calendario pensando en su boda. Ella parece ajena a todo, superprotegida por el anciano que no duda en tensar la cuerda de su arco para lanzar una flecha a todo el que se acerque a ella (sea cual sea su intención). En uno de esos desembarcos de turistas aparece un estudiante (un discreto Seo Ji-Seok que no tiene un papel demasiado importante desde el punto de vista interpretativo) por el que la muchacha se verá atraída desde el momento en que le ve. Este encuentro desencadena los acontecimientos de modo que el calendario corre más aprisa por el temor del anciano a perder sus opciones, por la evolución del personaje (el de la muchacha) que comienza a comprender que el mundo es algo muy distinto.
El Arco es un arma, un instrumento o el objeto que puede hacer que el viejo pronostique el futuro de otros. Es la violencia, la belleza o lo inaccesible. Esos son los ingredientes fundamentales que Kim Ki-duk maneja para contar su historia. Todo lo que ocurre se ve rodeado por ello para terminar planteando el problema de fondo. ¿Qué significa poseer? ¿Es posible tener por siempre? Unas preguntas que quedan sin respuesta.
Todo ocurre en un único escenario en el que destacan los colores del barco sobre el fondo más gris que azul del mar. Todo ocurre sobre el silencio del anciano y de la chica, sobre las pocas palabras del estudiante que ejerce con ellas la presión necesaria para que todo se mueva (consciencias ajenas, los barcos e, incluso, la propia acción de la película). Todo se rodea de una poética que termina siendo confusa por el enorme peso de las imágenes y su acumulación exagerada. Del mismo modo que el comienzo de la película arrastra al espectador (sin violencia aunque de forma inevitable) hasta el interior de la propia historia, el final se carga de imágenes que pueden sacarle por ser inexplicables para él. Creo yo que la poesía es cosa que no debe utilizarse para generar ambigüedad . Es justo al contrario; la poesía es esa forma de decir exactamente algo, la forma con la que sólo puede decirse. La excusa que se maneja por parte de algunos (incluido el directo de esta película) y que consiste en decir que se plantean preguntas para que otros busquen respuestas, puede servir si la imagen dice lo que tiene que decir. Desde luego, el final de esta película no sería un ejemplo. Está sobre la línea que divide lo extraordinario y lo ridículo. Y eso es muy peligroso cuando el observador no termina de entender lo que pasa por una falta de información absurda o una acumulación histérica de imágenes.
A pesar de todo, El Arco es una buena película en la que los personajes progresan en su sicología de forma constante, en la que se plantea un asunto interesante de una forma inteligente, en la que los actores y la actriz hacen un trabajo estupendo. Si Kim Ki-duk apostara por no convertir en acertijos algunas zonas expositivas de sus guiones sería perfecto. No basta con que las sensaciones del espectador se despierten. Es necesario narrar con claridad.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 15 2011

Gilda: Hayworth

La trama de Gilda es un disparate. Parece que se escribiera a trancas y barrancas. Y parece que se escribiera a ocho, diez o quince manos. Los giros insólitos que se producen son dignos de estudio. Pero, sin embargo, la película funcionó siempre, funciona y seguirá haciéndolo mientras el cine siga siendo lo que es. Charles Vidor consiguió una película maravillosa (la única de toda su carrera) a pesar de manejar un guión inverosímil y a un grupo de actores que no eran nada del otro mundo. Excepto Rita Hayworth, claro.
Gilda es la película que incluye las conocidísimas escenas en las que Rita Hayworth canta y baila Amado mío y Put the Blame on Mame. Sensual, brutal. La escena en la que Glenn Ford abofetea a Rita Hayworth. Brutal, también. Gilda es ella, la película es ella, el personaje es ella.
Será difícil que nadie pueda hacer un trabajo fotográfico tan asombroso con una actriz similar al que logró Rudolph Maté. Una belleza tan excepcional resulta conmovedora y es, al mismo tiempo, arrasadora.
Glenn Ford sólo había interpretado algunos papeles sin importancia en películas bélicas y en algún que otro western. Aprovechó bien la ocasión. Los momentos en los que él aparece con importancia los resuelve bien. Hoy resultaría algo histriónico, pero para la época en fue rodada la película su interpretación fue más que buena. George MacReady defendió su papel con dignidad y no tuvo la misma suerte que Ford.
Gilda es una película mítica más por el personaje y la actriz (al final terminaron siendo lo mismo y supuso una condena para la actriz difícil de soportar). Porque la trama no tiene ni pies ni cabeza. Johnny Farrel (Glenn Ford) llega a Buenos Aires. Allí conoce a Ballin Mundson (George MacReady). De forma insólita como todo lo que ocurre durante la película. Mundson dirige un casino ilegal en el que se realizan todo tipo de transacciones ilegales que no tienen nada que ver con el juego. El objetivo de Mundson es dominar el mundo. Este conoce a Gilda en uno de sus viajes. Es bailarina profesional. Se enamora locamente de ella. Y se casan. Da la casualidad de que Gilda es la antigua novia de Farrel. Esto lo arregla el guionista haciendo decir a Gilda el mundo es un pañuelo. El caso es que ella monta un numerito tras otro para tratar de llamar la atención del hombre que ama que no es otro que Farrel. Y, giro tras giro absurdo llegamos a un final muy esperado y sabido. Pero antes de esto podemos contemplar a Gilda, si lo prefieren a Rita Hayworth, bailando y cantando.
¿Por qué funciona la película? Además del personaje hay algunas cosas más. La interpretación de todos y la habilidad para captar el lenguaje corporal y gestual por parte del director son notables. Es más importante lo que vemos que lo que podemos escuchar, siempre dicen más los rostros que las palabras. Por fortuna, porque los diálogos no son brillantes en absoluto. También ayuda el montaje. Los cambios de ritmo que provocan el cambio de número de escenas por tramo hacen que el espectador pueda seguir con cierta comodidad una trama defectuosa.
En cualquier caso, merece la pena ver esta película. Una y otra vez. Porque vemos a Gilda. Porque comprobamos que la perfección casi nunca está del lado de lo extraordinario. Una película mítica. Porque vemos a Rita Hayworth.
© Del Texto: Nirek Sabal


ago 14 2011

La soledad: La huida del cine

El cine de Jaime Rosales puede gustar más o menos. Comprendería que a muchos no les gustase nada. Pero es un cine honesto, un cine que busca un camino claro y transita lugares muy difíciles para convertir una película en algo tan cercano como la realidad misma.
Próximo en su concepto de realización a Michael Haneke, Rosales parece obsesionado con algunas cosas que, tal vez, el gran público reciba como aburrido y cansino. Planos fijos eternos, una simetría con vocación de infinita rota por líneas que impiden su perfección, diálogos casi vacíos que dejan un hueco enorme a los gestos, los silencios o los ruidos de fondo que toman una relevancia enorme y trasladan las imágenes a otra dimensión expresiva. Imágenes presentadas sin movimiento de cámara alguno. Cada secuencia está planificada con cuidado, casi con exactitud. Todo parece calibrado, revisado, probado y realizado desde una mecánica expresiva parsimoniosa y delicada.
Y esto es lo que puede resultar aburrido, repetitivo. Si no se mira con cuidado la película, es posible que la sensación de lentitud se convierta en desesperante. El ritmo es tan igual durante el metraje (gracias a un montaje medido al milímetro) que la sensación puede resultar la de estar viendo siempre lo mismo, el no pasar nada, que el tiempo está parado. Aunque esto es injusto. Al menos en el caso de La Soledad. Una excelente película llena de sonidos, de gestos y de matices que elevan la construcción del personaje a la máxima expresión. Al principio de la película, esos personajes, son muy distintos que al terminar. Parece que no pasa nada y ninguno de ellos es el mismo después de concluir el relato. Nada ni nadie es igual.
Introduce Jaime Rosales un elemento técnico en la narración que ayuda a que la acción sea demoledora para quien quiere ver. Desde la expresividad. Ese elemento es la polivisión. La pantalla se divide en dos partes iguales. Podemos ver el mismo escenario desde ángulos distintos, ver lo que sucede de forma simultánea, una conversación en las que las miradas se distancian y dibujan una distancia tan brutal que asusta (los planos y contraplanos, en cada lado de la pantalla, de los personajes sentados, uno frente a otro, dialogando son impresionantes). Además, repite secuencias en las que modifica la simetría llevando al lado contrario lo que había mostrado anteriormente. Eso provoca un cambio radical en el universo que dibuja el director. Las cosas han cambiado. El mismo lugar, los mismos personajes, pero nada es igual. Un gran acierto introducir ese elemento.
La Soledad cuenta la historia de Adela y Antonia. Adela deja el pueblo para vivir en Madrid. En la ciudad algo cambiará su vida y dejará a la mujer indefensa y sola.Antonia procura ser el eje familiar para que sus hijos progresen, pero se hace imposible. Queda aislada del mismo modo que Adela. Por supuesto, el tema de la película es esa soledad que destroza a cualquiera. Lo único que escuchamos es el ruido de la ciudad, las conversaciones de los personajes o el vuelo de una abeja. Nada de música. La fotografía no es especialmente brillante aunque la sensación es que se trata de algo premeditado. Relatar el mundo sin adornos es el objetivo. Los actores y actrices (todos y todas) se ven contenidos, integrados y defendiendo sus papeles con uñas y dientes.
La Soledad es una espléndida muestra de un cine que está obligado a llegar para experimentar una huída de sí mismo. Una exquisita muestra de lo que puede representar, en cualquier forma de narración, huir (también) de lo explícito, de lo fácil y de concesiones a la galería que convierten las obras en productos de consumo masivo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 11 2011

Los pitufos: Tortura azulona

Los pitufos son unos seres azulones. Pequeños. Cada uno de ellos es conocido por su habilidad. Papá pitufo, Pitufina, Filósofo, Torpe o Presumido. Viven en un mundo oculto, miden lo mismo que tres manzanas apiladas una sobre otra y son perseguidos por un tipo muy malo y su gato.

Los pitufos (la película) cuenta una historia disparatada que, a pesar de ser para niños, no cuela por ningún lado. Hoy el cine de animación en su gran mayoría parece estar pensado para retrasados mentales. Es algo parecido a ese teatro en el que aparece un actor sin gracia que se lía a dar voces mientras calza unos zapatos enormes. Los guiños a los adultos (los críos no van solos al cine y hay que entretener a los mayores) son despreciables. Y la única razón por la que alguien decidió contar esta idiotez es (supongo) aprovechar el dichoso 3D y endilgar un pastiche infame a niños y adultos. Porque es la misma historia de siempre. Yo, que de niño ya veía la serie de dibujos animados en televisión, me la sabía de pe a pa. Vale que se introducen cosas nuevas: humanos, un túnel que traslada pitufos de aquí para allá, una ciudad y una luna azul. Pero la trama es la misma. Gargamel y su gato persigue a los pitufos y estos se libran gracias a su astucia.

Me aburrí mucho. De hecho descabecé un sueñecito mientras proyectaban el bodrio. Un 3D normalito no es suficiente para ganar la atención de nadie. Si pueden evitarlo no lo duden. No se me ocurre una sola palabra más. De verdad que la película es espantosa.

© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 10 2011

Carancho: Desastre argentino

Debe ser que como me gusta mucho el cine argentino siempre espero grandes cosas de él. Y debe ser que como me gusta mucho el cine argentino si no recibo mucho cuando veo películas, realizadas allí y por gente de allí, me irrito facilmente. Aunque en el caso de Carancho tengo razones suficientes para estar enojado me guste mucho o poco el cine argentino. Si no sintiera debilidad por ese tipo de películas estaría igual de decepcionado.
Carancho es una película muy gris. En todos los sentidos. Lo que cuenta es gris (esto no es malo), la iluminación y el revelado hacen que todo lo parezca (esto no es malo), y el resultado es muy gris en su conjunto (esto es malo puesto que la traducción podría ser que la película es mediocre, por ejemplo).
¿Dónde está el problema? Por un lado el guión es muy justito. Parece mentira porque es una de las cosas que mejor trabajan allí. Este, el de Carancho, da muchas cosas por sabidas. Y eso, como siempre pasa, provoca que el espectador no entienda bien lo que pasa porque no entiende a los personajes. Se quedan a medio dibujar, carecen de pasado y de justificación en la narración. Todo es irrelevante, ellos son irrelevantes. Sus motivaciones están siempre agarradas por los pelos. En definitiva, no hay personajes. Además, es un guión que va desde la lentitud absurda a unas prisas por resolver el asunto que no tiene justificación. Un ritmo tan desigual es muy difícil de digerir por parte del espectador.
Por otro lado, la falta de química entre Ricardo Darín (parece aburrido y, desde luego, está muy mal dirigido en su trabajo) y Martina Gusman, es alarmante. Deberían parecer enamorados y apasionados cuando lo que aparecen es distantes, intentando resolver todo a base de besuqueos. Esto es el producto del aburrimiento de uno y de la apatía de la otra. Desde luego, el casting lo debieron realizar una mañana de resaca o estuvo condicionado por el capricho de alguien.
Pablo Trapero, que es el director y guionista (junto a otros tres), no atina con el reparto, ni con el guión, ni con el montaje (también interviene de forma directa). A pesar de lo simple de la trama, a veces, la secuencias paecen no venir a cuento y sacan al espectador que necesita otro esfuerzo más para intentar tragarse la película.
Pero el auténtico desastre viene por otro lado. La película es previsible de principio a fin. Absolutamente previsible. Es decir, se convierte en una castaña desde el minuto dos. Más o menos. Además (y esto si que es lamentable) la película carece de cualquier fondo temático o ideológico. El tema es nada. Cualquier narración que carezca de tema es un desastre.
Carancho cuenta que en el mundo hay muchos malos; que si quieren ser buenas el camino de retorno es casi imposible; que los malos abusan de los buenos. Cosas así. ¿Les suena? Claro, porque Carancho es una película que cuenta lo mismo que seis millones de malas películas lo hicieron ya.
Ricardo Darín es mucho actor y, a pesar de todo (de tanto desastre), es lo mejor de la película, lo que se puede rescatar. Esto es todo lo que puedo decir a favor de Carancho.
Una gran desilusión. Un gran cabreo. Una gran castaña.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 9 2011

¿Por qué me gusta el cine francés? (1)

La culpa la tuvieron mis padres.
¿A quién se le ocurre preguntarle a un niño como yo a qué colegio quería ir?
La cosa, allá por 1970, era que tenía que hacer la EGB y decidir si iba a un colegio salesiano o a las Escuelas Francesas. No voy a contar por qué eran solo dos las opciones, pero eran las que había.
A los niños como yo -niños bajo la influencia, vaya usted a saber de qué, pero bajo la permanente influencia- no se les hacen esas preguntas, aunque nunca agradeceré lo suficiente a mis padres que me dejaran opinar.
Desde luego un colegio bilingüe con resaca reciente de mayo del 68, era justo lo que me faltaba para mi educación sentimental.
Las Escuelas Francesas se encontraban, además, en un vetusto palacio sevillano, con fantasmas y todo. Cuando lo ví dije que enseguía me iban a meter a mí en uno de esos colegios modernos de la época llenos de curas enrollaos que me daban una grima espantosa.
Me hice afrancesado de por vida.
Todo el mundo sabe que, hoy día, el francés es un idioma tan inútil como lo son los artistas.
Un idioma que sólo sirve para decorar.
Eso sí, decora tan estupendamente (al igual que el arte), que nadie se sorprende porque cualquiera tenga un first certificate en un prestigioso college o que se haya pasado cuatro años en Chelsea y hable un perfecto inglés, pero todo el mundo dice “oh, la la…!” y pone cara de interesante y de embelesado/a (mas as que os) al escucharte hablar en francés.
Lo mismo que cuando dices que eres artista.
Es la fascinación por las cosas inútiles.
Un sentimiento que, por otro lado, da todo el sentido a la vida, si no ya me dirán de qué.
En fin, que ahí comenzó mi interés por la cultura francesa y por el cine de un país que es capaz de empezar una revuelta porque destituyen al director general de la Cinematographie.
Y es que el cine, al contrario de lo que se piensa, no es americano: el cine es francés.
Del colegio francés -aparte de aprender un estupendo francés del que he sacado un magnífico provecho a lo largo de mi vida en una amalgama de cosas maravillosamente tontas e inútiles-, saqué en claro, parafraseando a Godard, que esto no es que sea la cultura, es que esto es exactamente la cultura y supe que mi vida iba a ir por ahí. Aún sigo sin saber exactamente por dónde, pero si sé que por ahí.
La época (los 70) también acompañaba, eso no hay que obviarlo. Mi educación alternó a Félix Rodríguez de la Fuente, a la moda de los ovnis (inciso: hay que ver lo que gustaban los ovnis en esa época) y la llegada de la democracia, con la chanson, las poses de Gainsbourgh, la voz ronca de Brel, la triste de Françoise Hardy, los cómics que me traía mi primo de Bélgica, la literatura y un sinfín de cosas que no enumero por no aburrir y entre las que estaba, por supuesto, el cine.
Odio la nostalgia y me distancio enconádamente de ella, lo que no quita que la referencia y el ejercicio de situación sea absolutamente necesario. Lo digo porque ya que me había pasado mis primeros años cantando bajito La Marsellesa (mi madre me decía que no lo hiciera muy alto, que estaba prohibido; y yo la cantaba bajito, pero a todas horas, para fastidiar a quién fuera que se le había ocurrido prohibirme algo); a partir de los once años comencé a descubrir los cine-clubs y las salas de arte y ensayo. Algo tan francés como aquella canción de Boris Vian donde hablaba del snobismo de ir a ver películas suecas mientras soñaba que cuando muriera lo cubrirían con un pañuelo de Dior.
Por cierto, que Boris Vian murió en una sala de cine mientras veía de incógnito una adaptación de su novela Escupiré sobre vuestra tumba.
Y justo el mismo año que se inauguraba la veda de la Nouvelle Vague con A bout de souffle (Jean-Luc Godard, 1959)
Las cosas de la vida, que dice mi madre…
Me tragué sin pestañear ciclos enteros de todo lo que ponían en aquellas salas llenas de tipos con Sartre bajo el brazo y de chicas con bolsos con la cara del Ché.
Y es que cuando eres pequeño te tragas de todo, más si intuyes que eso te va a gustar aún sin saber muy bien entonces de que iba. Los nombres de Chabrol, Truffaut, Godard, Malle, Resnais, Cocteau, Vigo y sus congéneres europeos como Fassbinder, Fellini, Antonioni, Bergman o Pasolini; comenzaron a formar parte de mi imaginario, mi lenguaje y mi forma de visitar el mundo. Fue entonces cuando casi todos mis amigos comenzaron a decir que era un plasta y un pedante.
En líneas generales se podría decir que el cine francés es la avant-garde de la cultura francesa, una continuación exacta de las demás artes. Eso no sería decir mucha novedad, ya que el cine es un compendio de todas ellas y más cosas, pero aquí es exactamente eso, y además se lo toman como algo muy serio.
O al menos se lo tomaban entonces, en el atardecer brillante del cine. Porque el cine murió, pero lo hizo de una forma espectacular sin duda.
Total, que como casi todo en la vida, las cosas te las construyes tú mismo, adaptándolas a tu forma y a tu visión. Así que yo me construí mi film francés y me declaré afrancesado por la misma razón que, sin gustarme el fútbol ni haber pisado jamás un estadio, me declaro incondicional del Barça.
Es un estado de sitio, más o menos.
Y eso que nunca se me ocurrió pedir la doble nacionalidad, aunque sería divertido.
Digo la doble nacionalidad compartida entre Francia y la República de San Marino, claro.
© Del Texto: Rubén Barroso


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ago 7 2011

Secretos del corazón: Dentro del laberinto

Una de las cosas que mejor hacemos los adultos es proteger a los niños. Al menos, eso creemos. Evitamos que los críos conozcan la realidad hasta que no alcanzan una edad que consideramos suficiente. Intentamos que todo parezca lo que no es, que todo sea una especie de nube de algodón azucarada. Lo que olvidamos con frecuencia es que los niños manejan una serie de parámetros al pensar que nunca casan con los nuestros; creemos que, ante un hecho determinado, reaccionarán de la misma forma que nosotros. Eso es, sencillamente, el gran error de los adultos cuando se enfrentan a los pequeños. Olvidamos con rapidez que sólo un niño puede percibir el mundo y cambiar esa percepción con facilidad para crecer, sin llenar la mochila de mierda, de rencor o venganzas inútiles. Les protegemos muy bien de nada, de nuestros problemas y de nuestras miserias, pero de nada que les haga ser más o menos felices. Cundo están listos para incorporarse al laberinto de la mentira, cuando se hacen mayores, nada puede parar un proceso natural contra el que los adultos luchamos sin el más mínimo sentido. El laberinto de la mentira ordena la vida de las personas. Mentiras para proteger a los niños, para proteger a los mayores o para no proteger nada.
Montxo Armendariz suele contar cosas corrientes en sus películas. No le hace falta inventar grandes tramas llenas de violencia, o de ruinas personales, o de catástrofes naturales, para hacer buen cine. Él sabe que la profundidad no se alcanza con lo espectacular, que la superficie es el vehículo más adecuado para llegar a lo profundo. Lo cotidiano se puede convertir en cine de calidad sin recurrir a grandes recursos que terminan por dejar sin relevancia a lo esencial. Es un magnífico director de cine que arriesga en la elección de sus actores y actrices, que escribe sus propios guiones y que imprime un carácter muy especial a todo lo que rueda. Tiene algo que muy pocos saben utilizar con acierto y, sobre todo, con valor: hay más por debajo de lo que se ve que lo que enseña. Algunos directores son tan cicateros con la información que convierten sus películas en acertijos imposibles; algunos se ponen tan extraordinariamente poéticos que todo se reduce a una imagen o un gesto que si pasa por alto convierte la película en otro acertijo imposible. Armendariz mezcla información y expresividad  con maestría. La dosis de una cosa y otra es justa. El resultado es buen cine, historias cotidianas que se elevan hasta convertirse en cosas universales. La planificación de las secuencias en el cine de este director son prodigio de sensatez al narrar.
Secretos del corazón es una película excelente. Todo encaja y funciona con perfección. La dirección de actores arrastra a todos al lugar justo. Andoni Erburu logra defender su papel de una forma insólita para tratarse de un niño, Vicky Peña se cree su papel y disfruta con él (lo que se traduce en una interpretación notable), Charo López (como de costumbre) parece que nació para hacer ese papel, Carmelo López más discreto (su papel tampoco da para más) no deja de estar más que correcto. En fin, todos bien. El vestuario y la peluquería son estupendos. Armendariz siempre se rodea de profesionales que más de uno quisiera al rodar películas carísimas y malísimas. Todo encaja bien en esta película. Todo.
La historia que cuenta Armendariz está salpicada de lo que sucede cada día en una casa cualquiera. No en todas pasa lo mismo, pero tomando de aquí y de allá retrata ese viaje de cualquier niño hacia su juventud. Todo lo que ese niño ve es una caricatura de la realidad. El crío no entiende nada y es incapaz de avanzar. Sólo cuando aparece la verdad el camino se hace recto y claro. Por si alguien aún no ha visto esta película, no entraré en detalles sobre la trama.
Es posible que los guiones de Armendariz no sean los mejores de la historia del cine, pero son los que llevan a poder estructurar una película con una tensión narrativa impecable, los que permiten montajes en los que sobra lo justo porque, en realidad, lo importante reside en un gesto, en una frase que dice más que cien de las otras por su carga expresiva.
Si no han visto la película corran y háganlo. Si ya la vieron, corran y repitan. Y traten de relacionar la función de los escolares con lo que va pasando. Traten de descubrir cada guiño al espectador para que este vaya descubriendo. Disfruten de la película.
© Del Texto: Nirek Sabal


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