jul 10 2011

Los Bingueros: Mi dios es el tiempo

Una vez me dijeron que sólo debía dedicarme a sonreír y, cuando me acuerdo, es lo único que hago.
Se me da estupendamente, tanto quizá como hablar del tiempo y el tiempo sí que es estupendo.
En cualquiera de sus formatos. Estupendo.
A mí me encanta hablar del tiempo.
Aunque ahora mismo sería obvio hablar del tiempo que hace en esta ciudad sureña -que, escuchando encima el Body and Soul de Coltrane, se vuelve muy tentador-, prefiero hacerlo sobre esas líneas que se unen, en el tiempo, y que hacen que eso del Cronos resulte tan atractivo.
Si hace ya algún tiempo, cuando escribía en la revista cultural de la academia donde estudiaba BUP, me hubieran dicho que hiciera una reseña sobre el cine de entretenimiento español de los setenta, no hubiera podido dormir pensando en la forma en que Godzilla podría comerse a Mariano Ozores.
En cambio hoy, que duermo estupendamente, es un placer hacerlo.
Hablar del cine en España es una cuestión que se despacha rápidamente, pues no hay mucho de lo que hablar -aunque de lo poco que hay se pueda hablar mucho-. Desgraciadamente no se le puede aplicar el título que ponía aquel visionario que fue José Val del Omar a sus películas, que terminaban siempre con un Sin Fin.
Para mí tuvo un comienzo, precisamente con la arrebatadora visión picto-lumínica-audio-táctil del genial granadino y un final interestelar, galáctico e ibérico entre Venus y Plutón: Yo creía estar al borde del arrebato total, iniciando mi sendero a la gloria. Ya en el viaje en tren me invadió una euforia loca. Segovia-Madrid resultó ¡Venus-Plutón! (Arrebato, Iván Zulueta, 1979)
Total, que de principios de los años cuarenta a final de los setenta. No es mucho, no, pero ¿que se puede esperar de un cine que se dejó matar por el teatro malo, lo mismo que la estrella de la radio por el efecto de una vulgar cinta VHS?
Al contrario del cine británico, cuya meticulosa afición por lo teatral trasladada al celuloide le hizo crear una nueva y magnífica forma de afrontar el viejo dilema (algo que también se podría decir, en otros términos, del cine alemán), el cine español se fue enviciando de su propio y decimonónico aburrimiento escénico.
Pero, que le vamos a hacer. Si pensamos como mi querido Duchamp, que no existe solución porque no existe ningún problema, y dejando sentado que no existe el más mínimo problema, vamos a hablar de Los Bingueros como una de las películas fundamentales del cine español.
Lo primero que quiero recordar es que la película es de 1979, con lo que entraría en el anterior periodo de vigencia. Por poco, pero entra. Lo segundo es que, repito, Los Bingueros es una de las películas fundamentales del cine español. Una película de resonancias míticas, de esas que incluso es mejor no ver para tener un recuerdo de ellas, que basta pronunciar el título para desatar toda una serie de emociones que muy bien podrían viajar en tren de Segovia a Madrid y antes de llegar a Atocha despegar y dirigirse a una galaxia remota en el tiempo.
La memoria hay que destruirla a martillazos mientras uno sonríe. El tiempo, mi Dios, Val del Omar dixit, es estupendo entre otras muchas cosas, por eso, porque lo que hace tiempo te resultaba vomitivo hoy te ves defendiéndolo a capa y espada (inciso: ¿veis, veis lo mala que es la herencia escénica hispana?) y ya no sonríes, sino que te ríes a carcajadas.
Y veo a mi hermano, que tiene nueve años más que yo ya que nació en 1955, desternillarse de risa al recordar aquellas películas mientras me comenta que, sin el más mínimo problema, podía ir al cine a las cuatro de la tarde a ver Los Bingueros y a las diez a ver Cuerno de Cabra (Metodi Andonov, 1972), Z (Costa Gavras, 1969) o Saló (Pasolini, 1975).
Lo de las cuatro de la tarde era por dos motivos fundamentales: uno, que en esa época los cines estaban debajo de tu casa, daba igual donde vivieses, dos, que tenían aire acondicionado. Mi tío José Luis iba todas las tardes de verano a dormir la siesta al cine Regina, por ejemplo.
Los Bingueros se ha convertido en una referencia absoluta, yo podría afirmar que en el top de las películas españolas, entre Aguaespejo granadino y Pánico en el Transiberiano, esta cinta merece un lugar de honor, no tanto quizá por el material que aportó a la crítica especializada (sin ninguna visión de futuro) sino por el tremendo poso que dejó en la sociedad española, pudiendo considerarla, llegado el caso, como la última visión astracánica que tuvo el cine español antes de morir sumergido en la comedia madrileña de los ochenta.
El verano pasado, en un improvisado cine delante de la ventana, vi Los Bingueros. No sé si era la primera, la cuarta o la decimoséptima vez que la veía. Aunque tengo la sensación de que no la había visto nunca, podría de hecho haberla visto cien mil veces.
Es lo que tiene lo mítico.
Yo recomiendo no verla, no destruir esa sensación especial de hablar de algo que intuyes pero que en realidad desconoces. Si alguien cree que la ha visto, hace treinta años o recientemente, en cualquier colección dominical, aconsejo que no acceda a la tentación. Que siga alimentando su memoria y debatiendo ampliamente sobre la construcción de ella.
Este es un país que se pone tan feo a veces que no tenemos más remedio, para seguir sintiéndonos de aquí, que inventarnos nuestro propio país y salir corriendo a tomar caracoles al Pumarejo mientras hablamos de la Alta y la Baja Cultura y una gitana baila una canción de la Lole y el Manué a una niña de cuatro años, con los ojos como platos.
Sin lugar a dudas, mi Dios es el Tiempo, así que como me dijeron aquello de dedicarme en exclusiva a sonreír -por lo bien que se me da- voy y sonrío.

Rubén Barroso, 8 de julio de 2011, entre las siete y las nueve de la tarde, mas o menos.


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jul 9 2011

Los próximos tres días: El disparate que se veía venir

Cada uno de nosotros sabemos o podemos imaginar dónde están nuestros límites morales, éticos o físicos. Sabemos o imaginamos que están más o menos cerca, más o menos lejos. Podemos llegar a pensar que esos límites están en lugares extraordinarios, pero eso no significa que nos creamos que, realmente, están si otro nos lo dice. Las cosas se convierten en inverosímiles cuando alguien las intenta hacer realidad. Eso es lo que pasa en cine o literatura. Salvo que la historia se encuadre en el género de ciencia ficción (y no tiene porqué parecer creíble) la reglas de lo verosímil son las que son. Tendemos a levantar la ceja cuando nos encontramos ante una historia convencional que traslada las fronteras hasta más allá de lo que cualquiera de nosotros podemos llegar a creer.
Dicho de otra forma, nos creemos lo que nos parece lógico. Y sólo cambiamos esa percepción ante un género determinado o un lenguaje que reconocemos como vehículo útil para traspasar lo convencional.
Paul Haggis parece no saberlo. Agarra una película de Fred Cavayé (Pour elle) rodadá en 2008 y filma un remake sin aportar nada nuevo (nada es nada, salvo tres o cuatro detalles circunstanciales), dejando el disparate servido. A Cavayé ya se le había ido la mano, pero, al menos, utilizaba un código más cercano a lo que podía convertir lo contado en algo medio sensato. Haggis, no. Utiliza el lenguaje convencional para intentar contar un verdadero disparate. ¿Qué tenemos como resultado? Un disparate sin pies ni cabeza. Es verdad que la tensión durante la película es amplia y que la puesta en escena hace llevadera la cosa, pero el espectador va sumando aspectos increíbles con un único objetivo: pasar un rato frente a la pantalla. Nada más. Los diálogos son pésimos. Algunas de las conversaciones que se pueden escuchar llegan a sonrojar. Todo el código gestual y expresivo que Cavayé intentó utilizar para limar aristas narrativas desaparece. De este modo, Haggis opta por mostrar sin dejar nada por debajo de lo que cuenta, arranca de su sitio al espectador sin miramientos. En fin, Haggis dedica su tiempo a contar una historieta que tiene como único interés para el que mira el saber si aquello terminará como cree. Y, efectivamente, así es. Lo previsible en esta película es lo más notable.
Los límites para los personajes parecen no existir. Todo es posible. Incluso lo imposible. John Brennan (Russell Crowe) ve cómo su mujer ingresa en prisión por un asesinato que no cometió (eso dice ella, eso cree él y eso está condenado a saber el espectador desde el principio). Es profesor de literatura, amable, educado y tranquilo. Pero decide sacar a su mujer de la cárcel. Un tal Damon (Liam Nesson) ha escrito un libro sobre fugas y su estancia en distintos centros penitenciarios. Brennan acude a él para enterarse de qué va eso de fugarse y cómo hacerlo. Mientras, Lara Brennan (Elizabeth Banks) espera que todo se aclare sin saber que no hay nada que hacer. A partir de aquí se produce el milagro. No hace falta que les cuente lo que ocurre.
Con un guión lamentable lo que se puede conseguir es una mala película. No negaré que para alguien que quiere pasar dos horas frente a la pantalla para olvidarse de todo, es una buena opción. Pero nada de pensar en lo que se ve. Si lo hace se acabó lo que se daba. Se salva un Russell Crowe empeñado en hacer lo que puede entre tanta tontería. El resto acompaña el desastre con toda la amabilidad que puede. Por cierto, un aviso para los seguidores de Neeson: aparece tres minutos y su papel es más que secundario. La puesta en escena se libra gracias al despliegue de medios que se realiza. Es más cosmética que otra cosa, pero se salva. El resto, normalucho.
No hace falta decir que el asunto que trata Haggis no queda ni perfilado. Casi hay que inventárselo. Profundidad nula.
Si tienen cosas que hacer, mejor las hacen. Y cuando tengan un rato libre intenten ver Los próximos tres días. A ver que pasa. Pero no piensen sobre lo que ven. Sería una pérdida de tiempo y de dinero.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 7 2011

Blade Runner: El triunfo de una puesta en escena fatántisca

Rick Deckard es un veterano Blade Runner. Dedicó su tiempo a retirar seres fabricados  a través de la ingeniería genética denominados Nexus 6. Esos seres son réplicas humanas con una inteligencia y fuerzas muy superiores a los propios humanos. Está semiretirado, pero es llamado por su antiguo jefe (Bryant) puesto que media docena de Nexus 6 han llegado a la tierra procedentes de colonias interestelares. Dos de ellos ya han muerto. Quedan cuatro considerados altamente peligrosos por su violencia. Aunque es reacio a aceptar el encargo, bajo presión de Bryant, dice sí al trabajo.
Estamos en Los Ángeles. Noviembre del año 2019. La ciudad se ha convertido en un laberinto de mercados interminables, en una mezcla de razas delirante, en una ciudad caótica y decadente en la que siempre cae una lluvia plomiza. Todo ser vivo puede fabricarse y son casi imposibles de distinguir  de los verdaderos seres vivos.
Deckard persigue a los Nexus 6 que tienen como objetivo llegar hasta su creador para que les otorgue la posibilidad de vivir más tiempo (fueron fabricados para que pudieran vivir cuatro años y, además, están faltos de empatía y sentimientos). Han desarrollado la capacidad de crear sus propios sentimientos al plantearse la posibilidad de morir. Por el camino Deckard irá eliminando a los Nexus 6 y correrá peligro de muerte frente a ellos cada vez que se cruza en su camino. Conocerá a Rachael, otro ejemplar de replicante que no sabe que lo es. Esta, al contrario que el resto, le salvará la vida y terminará enamorada del Blade Runner. Igual que Deckard de ella.
Deckard termina su trabajo eliminando a los replicantes (uno de ellos, el lider Roy le perdona la vida) aunque no termina con Rachael. El Blade Runner y Rachael terminan huyendo hacia un futuro incierto y desconocido para ellos (y para el espectador) puesto que  Gaff (ayudante de Bryant) les permite escapar en el último momento.
Este podría ser el resumen argumental de la famosísima y algo sobrevalorada Blade Runner del director Ridley Scott. Me temo que muchos dejarán de leer este análisis después de encontrarse con el sacrilegio que consiste en decir que está sobrevalorada. Pero estoy convencido de ello y, por eso, lo digo.
En dos de los diálogos de la película se concentra buena parte del tema principal que Scott quiere tratar.
La conversación entre Tyrell (director de la compañía que crea los Nexus 6) y Roy Batty (lider de los replicantes) es, con seguridad, la que expresa mejor el objetivo temático de la película. Es este:
RB: No es cosa fácil conocer a tu creador.
T: Y ¿qué puedo hacer yo por ti?
RB: Puede el creador reparar lo que ha hecho.
T: ¿Te gustaría ser modificado?
RB: ¿Y quedarme aquí? Pensaba en algo más radical.
T: ¿Qué es lo que te preocupa?
RB: La muerte.
El creador, Dios, frente a lo creado. Un replicante o un ser humano. El silencio de Dios. Lo inaccesible que puede llegar a ser. ¿Puede Dios cambiar las cosas? El tiempo que se acaba con la muerte y hace preguntarse a los seres vivos (¿lo es un Nexus 6?) sobre su futuro. El miedo a lo desconocido. La necesidad de encontrar respuestas en la filosofía y en la teología.
Sobre esto es sobre lo que se ordena el fondo ideológico de Blade Runner. Y, a decir verdad, lo deja enunciado, pero no termina de profundizar. Plantea, pero no resuelve casi nada.
En otra intervención de Roy Batty se enuncia el problema del tiempo que corre sin parar hacia la nada:
RB: Es toda una experiencia vivir con miedo ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.
Hace referencia a la llegada de la muerte, a la imposibilidad de modificar la fecha de caducidad que un replicante tiene, que un hombre tiene aunque no sepa cual es. Es muy interesante el planteamiento que hace Scott sobre la falta de pasado (a los Nexus 6 se les implantan recuerdos falsos) que lleva a la imposibilidad de un futuro cualquiera y que convierte el presente en algo sin sentido, vacío de cualquier contenido y torturador.
El resto de la película no deja de ser una historia de amor, una historia policiaca con un antihéroe (el Blade Runner) que lucha contra el que se convierte en héroe desde su villanía y el relato de una sociedad que puede terminar con su esplendor al vaciarse de humanidad
En la película todo es afixiante, tétrico y oscuro. El mundo se ha convertido en una masa informe decadente en la que se mezclan columnas griegas y pirámides con escaparates iluminados por neón y edificios que fueron estandartes de un progreso que desapareció. Las luces de la policía aparecen en cualquier habitación de la ciudad puesto que los vehículos no dejan de sobrevolar todo el espacio. Es un mundo que se sobreprotege de sí mismo.
Blade Runner presenta una estética cyberpunk (esto no era novedad aunque alguno piensa lo contrario) que encaja muy bien con el escenario y la puesta en escena de la película. Los Sex Pistols ya habían tomado como suya la expresión no hay futuro. Y es eso lo que parece defender Scott durante todo el metraje.
Conviven en la pantalla los grandes edificios que representan la modernidad con los viejos que representaron lo mismo y ahora se caen a trozos. Y dentro de ellos, viven los representantes de eso mismo.  Las calles se llenan de personas que mezclan un vestuario muy parecido que les hace similares entre ellos, parecen uniformados y carentes de personalidad.
Scott es un gran director, pero lo que mejor hace es convertir la idea en imagen. Su puesta en escena es magnífica. Por ello, crea un clima perfecto para desarrollar lo que quiere decir. Y es esto uno de los grandes logros de Blade Runner.
En Blade Runner el tiempo es un contador que te hace saber o intuir cuanto te queda para morir. Ni más ni menos.
Los seres humanos viven en un espacio lleno de individuos que parecen formar parte de una sociedad, pero, en realidad, están solos, hartos de un mundo del que terminan huyendo a bases construidas fuera de la Tierra. No parece que vivan ilusionados por un futuro puesto que allí no cabe nada ni nadie (esto es literal puesto que nos encontramos con una superpoblación inmensa y todo lo que había se deshace por una decadencia absoluta. Tan sólo brilla aquello que es ficticio y ajeno al propio ser humano). El tiempo es un viaje a ninguna parte.
Los replicantes son creaciones de los hombres. Incompletos. Carecen de pasado, sólo tienen presente y con ello no pueden imaginar un futuro. Además, ese futuro tiene un límite temporal puesto que fueron diseñados para que vivieran durante cuatro años.  El tiempo reside en un contador que suma segundos y les resta existencia de forma irremediable. El tiempo, otra vez, es un viaje a ninguna parte.
Los humanos van perdiendo su condición y, cansados, no parecen temer a la muerte.  Nada tiene sentido. Los Nexus 6, al contrario, cuando desarrollan la capacidad de sentir, cuando se van pareciendo a lo que es un hombre, comienzan a necesitar tiempo para vivir. El temor a la muerte aparece para amargarles la existencia. Viene bien un poema de Rubén Dario en el que se expresa esa sensación de vértigo que sólo el ser humano es capaz de sentir. Se titula Lo fatal y dice así:
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
/y más la piedra dura porque ésa ya no siente,/
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
/ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
/y el temor de haber sido y un futuro terror…
/¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,/
y sufrir por la vida y por la sombra y por
/lo que no conocemos y apenas sospechamos,
/y la carne que tienta con sus frescos racimos,
/y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos/
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos…
Parece que los Nexus pueden llegar a ser personas en el momento de tener alma (esto queda representado por la paloma que Roy tiene en las manos justo antes de morir y que suelta justo antes de que ocurra; una imagen gastada y bastante flojita) y eso sólo se consigue si aman, odian, se enternecen, perdonan o sienten miedo ante la muerte. Sólo pueden ser hombres cuando se preguntan si lo son. Los seres humanos de la película parecen haber olvidado esa pregunta y se dejan llevar. Se desintegra y con ellos la sociedad. Tal vez sea al revés. Eso en la película no queda claro. El caso es que el problema se plantea en términos de destrucción individual y colectiva cuando desaparece la humanidad de las personas.
Es curioso que sean los replicantes los que representan la búsqueda filosófica y teológica del sentido de la vida, los que se hacen la pregunta que se hace el hombre desde que lo es: ¿qué soy?
La puesta en escena que lleva a cabo Scott es espléndida, Ya estaba dicho. Las interpretaciones, salvo la de Rutger Hauer que está soberbio, son el reflejo de lo que debió ser el rodaje de la película. Algo aburridas. Sean Young guapa y sosa. Harrinson Ford hasta las narices. La estética es deudora excesiva de Metrópolis. La música de Vangelis algo excesiva dependiendo de los tramos. Y el ritmo es desigual en exceso, tanto argumentalmente como en su carga de contenido.
En definitiva, una muy buena película, sin duda. Pero que se queda a medias en sus propuestas filosóficas y en la que no encontramos nada que la puedan convertir en esa obra maestra indiscutible que muchos dicen que es.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 6 2011

Nueve reinas: Todo puede ser más fácil

Juntar un buen guión, un par de actores espectaculares y montar el resultado del rodaje con gusto y eficacia, suele tener como resultado una buena película. Eso por lo menos.
Si el guión es excelente y uno de esos actores es Ricardo Darín, el resultado es Nueve Reinas. Una película divertida, imprevisible, lleno de momentos divertidos, tensos, emotivos y deslumbrantes; llena de ingenio, buen humor y mucha ironía.
Nueve Reinas es una muestra de cómo es el cine argentino. Muy agradable, muy inteligente y profundo aunque la trama tienda a lo superficial o parezca hacerlo.
Lo que cuenta esta película es la historia de un gran timo. Lo que cuenta esta película es que nada en el mundo es lo que parece. El universo es un conglomerado de matices difícil de adivinar que unos aprovechan para sobrevivir y otros para vivir. El vehículo que utiliza Fabián Bielinsky para enredarnos entre personajes y trama es el mundo de los bajos fondos (muy bajos y empobrecidos por la realidad más cercana a todos nosotros). Con un ritmo que no da tregua a nadie, Bielinsky logra una película muy entretenida que puede ver cualquiera sea cual sea su edad.
Ricardo Darín, Gastón Pauls y Leticia Brédice son los tres actores principales y encarnan a los habitantes de ese mundo tan mezquino como real. Defienden sus papeles con una solvencia exquisita y logran que creamos todo lo que dicen, todo lo que hacen. El resto del elenco logra un nivel notable aunque sus personajes son mucho menos relevantes. Y es que cuando los actores tienen un buen personaje y cosas que decir la cosa es mucho más fácil.
Técnicamente, la película no es nada del otro mundo. Todo es correcto y poco más. Pero tampoco creo yo que nadie quisiera hacer alardes de iluminación o maquillaje. Lo importante es lo otro. Guión, interpretaciones, dirección (de actores sobre todo) y un montaje que no deja huecos a las dudas. En Nueve Reinas nada pasa sin razón, todo se justifica entre sí, no hay una sola elipsis que descoloque o deje una laguna absurda en lo narrado. Si lo fundamental funciona todo funciona.
Darín es un excelente actor. Ya lo era cuando rodó esta película. Ha ido creciendo con el tiempo. Mucho. Pero en Nueve Reinas ya es capaz de agarrar lo grueso del trabajo y echárselo a la espalda para no dudar ni hacer dudar. Le divierte su trabajo. De eso no hay duda alguna. Sería injusto no decirlo así de claro.
La película es de una amabilidad con el espectador fuera de lo corriente. Sin obligaciones, va introduciendo aspectos que implican al que observa haciendo que se formule preguntas que no tendrán respuesta hasta el final de la proyección. Por ello, es muy recomendable para los jóvenes. Disfrutarán con toda seguridad. Terde de verano. Aire acondicionado. Palomitas. Y Nueve Reinas. Pocos planes pueden ser mejores.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 4 2011

Los 400 golpes: De quién estuve enamorada

Esta es la historia de un hombre marcado por el recuerdo de una niñez atormentada, que llegó a ser el crítico más atrevido de París y el autor más sensible del cine contemporáneo (Dominique Fanne, 1972).
No he podido evitar cerrar mi libro y dejar por aquí algún rastro de esta película cuando he leído que Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) sufrió severas crisis depresivas provocadas por la muerte de François Truffaut. No he podido evitar que me afectase. ¿Hasta qué extremo de identificación puede llegar un actor con su personaje y con su autor para caer enfermo de tristeza tras su desaparición? ¿Acaso es posible crecer en la vida y en la pantalla y morir igualmente fusionado sin remedio a un personaje de ficción basado a la vez en su autor?
François Truffaut franqueó la fosa que separa al cinéfilo del cineasta con esta película dedicada a André Bazin y profundamente autobiográfica en la que detalla una infancia atormentada y carente de afectos, basada en los hechos, los libros y las películas que formaron parte de ella. Aquí nace Antoine Doinel que interpreta al niño que era Truffaut, para luego representar su juventud en Besos robados o su matrimonio en Domicilio conyugal. Antoine Doinel es Jean-Pierre Léaud y a la vez François Truffaut. François Truffaut es Antoine Doinel  y a la vez Jean-Pierre Leaud. Las mismas miserias que vivió Truffaut en vida las vivió Antoine Doinel en pantalla. A la misma edad fumaron los mismos cigarrillos, sufrieron los mismos castigos, robaron exacta Olivetti… El mismo travelling los persiguió en su misma carrera desesperada hacia el mar. El mismo objetivo congeló sus rostros en la orilla. Los dos renegaron de la sociedad, la familia, la educación. Leyeron los mismos libros, vieron las mismas películas.
Este triste cuento urbano sirvió de impulso definitivo a la nouvelle vague, dónde las panorámicas, los travellings, la cámara en mano y, en general,  un subrayado espíritu artístico unido a una interesante propuesta temática, se llevaron el premio a la mejor dirección en el festival de Cannes de 1.959.
La curiosa empatía existente entre François Truffaut y Jean-Pierre Léaud fue única en la historia del cine.
Jean-Pierre Léaud adopta a Antoine Doinel en Los 400 golpes para no abandonarlo jamás. Para Truffaut la vida era la pantalla y la muerte también.
Con su banda sonora, esa que escucho ahora, pero que ya me hubiese gustado escuchar en París en 1.950, retomo mi lectura sobre las severas crisis depresivas de Jean-Pierre Léaud sin dejar de preguntarme: ¿De quién estuve realmente enamorada todos estos años? ¿François Truffaut? ¿Antoine Doinel? ¿Jean-Pierre Léaud?
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jul 3 2011

De dioses y hombres: Lo viejo visto desde la mirada nueva


El hombre es capaz de hacer la mayor de las atrocidades si es en nombre de la religión. Pero, también es verdad, el hombre es capaz de sacar lo mejor de sí mismo cuando lo hace en nombre de Dios.
Existen cientos de relatos, de películas, cuadros y esculturas que hablan de esto mismo. Por ello, es difícil de encontrar algo nuevo sobre el asunto. Nuevo u original aunque esté ya contado. Pueden variar los dioses, los hombres de fe, el concepto de maldad, los mecanismos de tortura o los límites hasta los que alguien puede llegar; pero el fondo (casi siempre la forma) es el mismo.
Sin embargo, acercarse a una película como De dioses y hombres constituye una experiencia nueva. Cuenta lo que ya sabemos, es algo predecible en su desarrollo y no aporta una sola idea que esté separada de lo sabido. ¿Dónde está la originalidad entonces? Pues en el espectador. La película arrastra a zonas que siendo viejas se encuentran lejanas a la modernidad. El mundo es muy distinto a lo que era hace cuarenta años, cien o dos mil once. El mundo es diferente a lo que era hace quince minutos. Es posible que haya cambiado en esos minutos lo que en los últimos doscientos años. Y eso es posible, entre otras razones, porque hemos entrado en una dinámica en la que lo importante es el momento, lo material, lo que se puede tocar. Yo no sé si eso es bueno o es malo, pero es. Por tanto, conocer que alguien, todavía, maneja como fundamental el concepto de fe o de religión (sea cual sea) nos causa sensaciones que están fuera de la normalidad. Desde el más absoluto rechazo hasta la admiración más profunda. Por eso, De dioses y hombres es impresionante.
El monasterio cisterciense del Atlas (Argelia) está ocupado por una pequeña comunidad de monjes franceses. Conviven con los habitantes de la zona en calma. El fanatismo de algunas facciones islámicas hace muy peligrosa su estancia. Pero, también, el ejército regular argelino representa una amenaza. El acoso de una parte y otra se espesa por momentos. Nadie entiende nada. Sólo los dioses parecen excusas consistentes para dar un paso adelante. Es posible que ustedes conozcan el desarrollo y desenlace de la trama puesto que la película se centra en un hecho ocurrido durante los años noventa.

Emotiva, pausada y llena de matices que interesan a cualquier tipo de espectador, la película va envolviendo todo en su lentitud, en la profundidad de su fotografía y en unos diálogos muy bien armados. Xavier Beauvois, su director, logra recrear un momento que nos resulta lejano aunque existe y es habitual en muchos lugares del mundo. Seguramente gracias al asesoramiento sobre vida monacal y sobre el problema religioso en la zona del norte de África. Pero, también, gracias al afán por hacer buen cine. Fotografía, partitura, sonido, vestuario y guión se funden para conseguir una buena película. Eso es, al fin y al cabo, el cine.
Todos los actores están a la altura del conjunto. Todos son capaces de expresar con cada gesto lo que esconden, lo que hay que ver por debajo de cada toma, lo que hay que oír por debajo de cada frase.
Merece la pena ver y tratar de entender lo que quieren decirnos. Escuchar con atención y ver con los ojos muy abiertos, para luego preguntarse sobre uno mismo, sobre el mundo o sobre la zona espiritual que parece no tener cabida en las sociedades actuales.
Merece la pena. De verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal


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