El diablo sobre ruedas

De la existencia de Dios y de la necesidad de la guerra ya ha hablado mucho Spielberg a lo largo de su cargante filmografía explayándose en una larga lista de títulos que me niego a mencionar por un motivo importante: el único fin de mi colaboración en este blog es la difusión del cine. Entendiendo por cine todo aquél que ya no existe, y que,  desde mi punto de vista, cumple con sus deberes. Esto es: investigación, experimentación, pensamiento y espectáculo. Como mi lista de películas catalogadas dentro de la casilla cine es tan infinitamente extensa, como cada una de ellas requiere un tiempo precioso de revisión, documentación y reflexión, y, como ante todo, esta es una actividad sumamente placentera para mí, yo me niego a perder un sólo segundo en publicitar, todavía más, esa cosa de masas y palomitas, porque si, como dicen, solo es cuestión de pasar un buen rato, tengo yo una graciosa colección de TBOS de Angelito, Hug el troglodita y La terrible Fifí que, con un cocktail saladito y un tanque de cerveza no me muevo  de la cama en semanas.
A pesar de mi aversión por Steven Spielberg, incluyo en esta lista cinematográfica mía, personal, El diablo sobre ruedas porque sí he encontrado en esta película el punto cinematográfico al que me refiero unas líneas arriba. Y no sólo lo he encontrado, sino que la he disfrutado repetidas veces y durante muchos años. Años en los que yo era una aficionada al terror y esta película una de mis pesadillas preferidas.
Esta vez, Spielberg, después de intentar convencernos, en vano, de que Dios existe y la guerra es necesaria, nos cuenta la historia de un tipo amargado de la vida que sale en su coche de viaje de negocios dejando atrás una vida convencional que nos pinta perfecta, pero que, parece, no convence al protagonista. El matrimonio, la paternidad, el adosado con jardín y un tedioso trabajo de viajante parece ser el ideal americano que Spielberg insiste en vendernos, porque mientras más se aleja David de todo eso, más se le castiga. Esta vez, el castigo tiene la forma de un inmenso camión cisterna que no deja de acosar a David en un viaje sin fin. El conductor de este camión cisterna no muestra su rostro en ningún momento, por lo que el propio camión se convierte en el verdadero antagonista. Brillante idea de Spielberg.
David es ridiculizado y menospreciado durante toda la película, resultando un calzonazos simplón reducido por una máquina y sin recurso alguno para pasar un día fuera del adosado con jardín.
Esto, el empequeñecimiento de un hombre por una simple máquina que, sin razón aparente, le hace el viaje imposible, y a la que es inútil suplicar que se detenga, me pareció el truco infalible de Spielberg en esta película. Lo que me encandiló a los 12 y a los 20 y lo que me sigue encandilando a los 37.
Desde luego, la imposibilidad de llegar a alguna parte cuando uno se desvía del camino establecido, la claustrofobia de las carreteras rectilíneas, la inseguridad de los moteles desolados y la atmósfera polvorienta del desierto le quitan a uno las ganas de salir corriendo. Mucho mejor un estilo de vida conservador y puritano dónde vivamos seguros con un Dios que nos protege siempre y una guerra que nos salva, que acabar al atardecer al borde de cualquier carretera lanzando piedrecitas al vacío. Bonito plano final éste. Insoportable Spielberg.
(Por cierto, no sé si Spielberg se escribirá así. Ustedes me disculpan, en cualquier caso).
© Del texto: Sonia Hirsch


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