Muerte en Venecia: el movimiento del alma

En el vocabulario platónico, belleza es el nombre concreto de lo que solemos llamar perfección. Ateniéndome rigurosamente al pensamiento de Platón, y, por otro lado, contando con la premisa de Visconti, yo definiría Muerte en Venecia con esta reflexión platónica: en todo amor existe un afán de unirse el que ama a otro ser que aparece dotado de alguna perfección. Es pues, un movimiento de nuestra alma hacia algo en algún sentido excelente, mejor, superior. Que esta excelencia sea real o imaginaria no hace variar en lo más mínimo el hecho de que el sentimiento erótico –más exactamente dicho, el amor sexual- no se produzca en nosotros sino en vista de algo que juzguemos perfecto.
Resulta inevitable enamorarse fatalmente de una película que comienza con la Quinta Sinfonía de Mahler acompañando a Von Aschenbach en su viaje en vapor a Venecia. Una Venecia sensual y decadente que hace de escenario perfecto en la historia de un compositor frustrado en busca de la belleza verdadera y absoluta proyectada sobre un pálido Tazdio. Todo ello con las mínimas palabras y en una extraña paz en la que sólo se atisban restos de realidad mediante una epidemia de peste que lo envuelve todo, pero que nos mantiene aislados al protagonista y a todos los estetas platónicos del mundo.
Un verano sofocante y perfecto de perfectas playas y casetas blancas de rayas perfectamente delineadas dónde una familia de mujeres de sombreros idénticos y perfectos desfilan bajo sombrillas de sol junto a un Tazdio con vestimenta  marinera, peinado y bañador increíblemente perfectos.
Para rematar tanto exceso de perfección, el final más perfecto que jamás contemplé desde mi butaca de muelles desafinados: la belleza que Von Aschenbach intenta recuperar en un último amago de juventud, ridiculizado con toneladas de maquillaje y tinte capilar, se desliza en sus mejillas mientras su cadáver contempla desde la hamaca como Tazdio se adentra en el mar haciéndole señas desde la orilla. El sol sobre el agua indica que está atardeciendo y la Quinta Sinfonía de Mahler ultima esta historia perfecta. Perfecta.
Ateniéndome, otra vez, a la teoría platónica, sin el anquilosamiento general del individuo y la reducción de una existencia y un mundo real ¿sería acaso posible enamorarse? ¿acaso afectaría algo al enamoramiento de Von Aschenbach si supiese que ese ideal perfecto llamado Tazdio tuviese realmente miles de taras y desperfectos? ¿Cuál es la tara y el desperfecto para mí, para mi vecina C, para mi peluquero A y cuales para Aschenbach?
Aquí dejo mi texto imperfecto sobre una película perfecta. Yo sigo con Platón.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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