De dioses y hombres: Lo viejo visto desde la mirada nueva


El hombre es capaz de hacer la mayor de las atrocidades si es en nombre de la religión. Pero, también es verdad, el hombre es capaz de sacar lo mejor de sí mismo cuando lo hace en nombre de Dios.
Existen cientos de relatos, de películas, cuadros y esculturas que hablan de esto mismo. Por ello, es difícil de encontrar algo nuevo sobre el asunto. Nuevo u original aunque esté ya contado. Pueden variar los dioses, los hombres de fe, el concepto de maldad, los mecanismos de tortura o los límites hasta los que alguien puede llegar; pero el fondo (casi siempre la forma) es el mismo.
Sin embargo, acercarse a una película como De dioses y hombres constituye una experiencia nueva. Cuenta lo que ya sabemos, es algo predecible en su desarrollo y no aporta una sola idea que esté separada de lo sabido. ¿Dónde está la originalidad entonces? Pues en el espectador. La película arrastra a zonas que siendo viejas se encuentran lejanas a la modernidad. El mundo es muy distinto a lo que era hace cuarenta años, cien o dos mil once. El mundo es diferente a lo que era hace quince minutos. Es posible que haya cambiado en esos minutos lo que en los últimos doscientos años. Y eso es posible, entre otras razones, porque hemos entrado en una dinámica en la que lo importante es el momento, lo material, lo que se puede tocar. Yo no sé si eso es bueno o es malo, pero es. Por tanto, conocer que alguien, todavía, maneja como fundamental el concepto de fe o de religión (sea cual sea) nos causa sensaciones que están fuera de la normalidad. Desde el más absoluto rechazo hasta la admiración más profunda. Por eso, De dioses y hombres es impresionante.
El monasterio cisterciense del Atlas (Argelia) está ocupado por una pequeña comunidad de monjes franceses. Conviven con los habitantes de la zona en calma. El fanatismo de algunas facciones islámicas hace muy peligrosa su estancia. Pero, también, el ejército regular argelino representa una amenaza. El acoso de una parte y otra se espesa por momentos. Nadie entiende nada. Sólo los dioses parecen excusas consistentes para dar un paso adelante. Es posible que ustedes conozcan el desarrollo y desenlace de la trama puesto que la película se centra en un hecho ocurrido durante los años noventa.

Emotiva, pausada y llena de matices que interesan a cualquier tipo de espectador, la película va envolviendo todo en su lentitud, en la profundidad de su fotografía y en unos diálogos muy bien armados. Xavier Beauvois, su director, logra recrear un momento que nos resulta lejano aunque existe y es habitual en muchos lugares del mundo. Seguramente gracias al asesoramiento sobre vida monacal y sobre el problema religioso en la zona del norte de África. Pero, también, gracias al afán por hacer buen cine. Fotografía, partitura, sonido, vestuario y guión se funden para conseguir una buena película. Eso es, al fin y al cabo, el cine.
Todos los actores están a la altura del conjunto. Todos son capaces de expresar con cada gesto lo que esconden, lo que hay que ver por debajo de cada toma, lo que hay que oír por debajo de cada frase.
Merece la pena ver y tratar de entender lo que quieren decirnos. Escuchar con atención y ver con los ojos muy abiertos, para luego preguntarse sobre uno mismo, sobre el mundo o sobre la zona espiritual que parece no tener cabida en las sociedades actuales.
Merece la pena. De verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal


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