Dos en la carretera: Nueve con veinte

Nos gustaba el Dry Martini y el sexo anal. Solíamos viajar con las ventanillas bajadas, la ropa interior en la guantera y la canción cinco de Tiny Yong con Henri Salvador. Nos gustaba visitar las casas de escritores célebres y dejar nuestras huellas en la pared. Alguna vez posamos para un reconocidísimo artista que terminó haciendo postales con nuestras fotos. Estas postales acabaron recorriendo todo el mundo, hasta los macizos de Altai. Hicimos todo el viaje con nueve con veinte céntimos debido a un error informático en nuestra oficina bancaria. Viajábamos a lugares remotos que no distaban más de 150 kilómetros. Una vez, un grupo de golfistas posaron para nosotros vestidos de azul y rojo en un flamante car robado de algún hotel de lujo de la zona. Hicimos con ellos un bonito travelling hasta verlos desaparecer en el césped verde y continuamos por un desolado camino hacia una playa sembrada de pinos.
Hacíamos sexo en Nueva York, de madrugada y sin ventanas. Nos alimentábamos de los carbohidratos que nos vendía un viejo italiano afincado en la ciudad. Quesos y mortadelas, tagliatelle con alcaparras, uvas típicas de Toscana…
Yo silbaba todo el viaje, todo tipo de canciones. Infantiles, antiguas, Mancini, horteras, Vangelis, tontas…
Incumplimos todas las promesas. Nunca hicimos dieta, ni ejercicio, ni dejamos de fumar. No conseguimos ahorrar nunca, ni siquiera guardar las alfombras en el trastero. Vivíamos como ajenos a un mundo que nos era indiferente, flemático. No es que nos molestase, sino que no colaboraba con la gran cosa que teníamos en el nuestro.
Las arrugas se multiplicaban con las risas. Ni las carcajadas ni los gritos bajaron nunca de volumen, por muchos kilómetros que recorriésemos. Pero, a la vez, nos íbamos haciendo más y más pequeños, casi imperceptibles.
Yo escribía con un camisón muy largo, casi victoriano. Hablaba en sueños idiomas de otras épocas y otros lugares. Quizá un idioma inexistente como emisora de mensajes secretos que calmaba mi hermetismo particular. Él era tan sensible al sueño que apenas se le podía rozar. Él era un hombre precioso.
Una vez tuvimos la tentativa de concluir el viaje, pero rompimos una docena de ventanas e hicimos un inventario con todos nuestros recuerdos, los suyos y los míos. Aprovechamos los suyos y los míos en una fogata en Palermo e hicimos con los nuestros un gran collage. Así que proseguimos, como si nada, la excursión.
Una vez, guardé un mensaje suyo que decía: “Funciona!”. Esa palabra la guardé en una carpeta especial dónde guardo todas las palabras importantes. Luego, se nos hizo de noche, y ya nos fue imposible encontrar el camino de vuelta. Imposible.
La imbecilidad transitoria, que según Ortega y Gasset nos caducaría a los cuatro meses, ya va por cuatro siglos. El frenesí original se dilató en el tiempo condenándonos a un estado imbécil perpetuo sin más citalopram que el deseo mayúsculo de seguir agotando estos nueve con veinte céntimos hasta el fin, porque no contamos con más.
Esta es la crónica matrimonial más íntima que se me ocurrió para opinar sobre Dos en la carretera.Esta es, más o menos, la idea que yo tengo sobre el matrimonio. Todo lo demás, incluida la maravillosa banda sonora de Henri Mancini, prefiero omitirlo porque ya resulta demasiado evidente.
Cada cual, en su matrimonio, tiene un tope y un sistema para gastar. Todo depende de lo que cada cual haga con sus nueve con veinte: si comprar un caserón en Saint Tropez y dos Bugattis del 23 con garantía o invertir en un viaje incierto sin final feliz garantizado. Y sin parar de silbar todo el viaje.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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