Cuento de verano: Elecciones ciegas

Una vez leí, en la página de contactos de un periódico antiguo, un misterioso anuncio que decía así: Sólo existen tres cosas que no volverán: una palabra hablada, una bala disparada y una oportunidad perdida.
La rotundidad de la frase, que me persiguió desde entonces, me hizo dudar por un momento si marcar el número de teléfono del misterioso anunciante o pasar página y seguir buscando a otro desconocido que me vendiese un humidificador que humedeciese el aire de mi habitación y aliviase mi fastidiosa sinusitis. Segundos más tarde, yo pasaba página y encontraba un humidificador a precio de ganga que compré enseguida y sin pensarlo.
Me acordaba de este viejo suceso cuando veía el bonito Cuento de verano de Éric Rohmer, que, aunque prescinda de disparos y balas, sí explota las palabras y las oportunidades de cuatro seres pensantes que hablan por los codos, aparentemente extraídos de la realidad, pero que bien podrían corresponderse con prototipos filosóficos kantianos o platónicos.
Gaspard, un tímido matemático y compositor de canciones marineras es tentado por tres chicas durante un verano en Bretaña: Lena, un insípido amor platónico al que espera hasta el fin de la película y con la que planea un romántico viaje a Ouessant. Solene, un segundo plato imperfecto que sustituye a Lena en su ausencia, excesiva en principios, sobre todo sexuales, y con la que Gaspard pretende viajar a Ouessant si le falla Lena, y Margot, la etnóloga-camarera que le sirve de postre e insiste todo el verano en conquistar a Gaspard y acompañarle a Ouessant, si además de fallarle Lena, le falla Solene.
Ouessant se convierte entonces en el destino imposible de Gaspard, condenado a vagar eternamente sin rumbo definido y con el peso de un conflicto sentimental paralizante y desgraciado: el miedo a equivocarse en una elección.
Al no saber qué hacer con sus dependencias e indecisiones, Gaspard se dedica a coleccionar una tonelada de por si acasos en la recámara mientras acaba citado por Lena y Solene a la misma hora para emprender el viaje que también le había prometido a Margot.
La propuesta telefónica urgente con la oferta de un misterioso magnetófono sirve de excusa para huir del lugar en riguroso secreto, resolviéndose así la incómoda situación. Pero antes de partir, se despide de Margot a la que le propone, ya rendido, el renombrado viaje a Ouessant. Pero ya ha pasado tanto tiempo, que a Margot dejó de entusiasmarle la idea y, además, espera a su novio que vuelve de París.
Y así termina un verano de indecisiones y torpezas, con una larga lista de palabras y oportunidades perdidas que me inspiraron la siguiente reflexión:
¿Cómo reconocer una oportunidad? ¿Cómo elegir la opción correcta entre todas las opciones? ¿Acaso no es arriesgada cualquiera de ellas? ¿Que hubiese sido de mi sequedad nasal si en vez de al vendedor de humidificadores hubiese telefoneado al misterioso anunciante de las palabras perdidas? Quizá tuve que pasar la página y consultarlo con un psicoanalista, ya que mi sinusitis resultó ser psicosomática, y mi destino cambió en el momento en el que le salvé la vida al vendedor de periódicos cuando éste estuvo a punto de morir atragantado por un caracol. Nos casamos en junio, compramos un balneario blanco de ventanas amarillas y un West Highland terrier llamado Ortega. No supe exactamente si esa era mi oportunidad, o ya había pasado, o quizá estuviese por llegar. No lograba reconocerla. Me parecía imposible. Eran tantas las elecciones erróneas cometidas que una ya no estaba muy segura dónde estaba el acierto, si acaso existía. Y aunque vivía muy feliz en la humedad natural de mi balneario e incluso vendí todos los ejemplares de mis cuentos de verano, no tuve más remedio que darle la razón a Walter Benjamin cuando afirmaba: Considerada desde la fatalidad, toda elección es ciega y conduce a la desgracia.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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