La Misión: Mucha cáscara para tan poco huevo

Es muy común (mucho más de lo que parece) que los profesionales del cine y la literatura cuenten poca cosa, pero que adornen el asunto de modo que el producto final quede más bonito que un San Luis. Es decir, un continente espléndido y un contenido cutre. En cualquier caso, el milagro se produce. Con una idea o dos como mucho se monta un espectáculo llamativo que logra premios y un gran éxito en la taquilla o en las librerías.
Es el caso de la sobrevalorada película de Roland Joffé, La Misión, que llena de diálogos pomposos, personajes desdibujados y propuestas que se quedan en la superficie termina dejándose ver gracias a la puesta en escena (eso no está nada mal), un vestuario muy cuidado, la fotografía de Chris Menges (excelente y apabullante) y la impresionante banda sonora de Ennio Morricone. La defensa que hacen de sus papeles Robert de Niro y Jeremy Irons es más que notable, pero aquí nos topamos con un problema grueso. Por más que ponen de su parte no logran sacar adelante a los personajes puesto que están más vacíos que otra cosa. Todo lo que hacen o lo que piensan (poco) se encuentra en esa frontera tan peligrosa que marca la falta de justificación y la imposibilidad de comprensión por parte de los espectadores que se ven obligados a imaginar lo que nadie dice ni sugiere. A esto hay que sumar un pequeño desastre narrativo que se encuentra desde las primeras escenas y se agrava a medida que avanza la acción. Joffé elige un punto de vista que no le sirve para narrar lo que quiere. El director, ni corto ni perezoso modifica esa voz narrativa cuando le parece y de una forma casi grosera. Es casi un insulto al espectador tratar de ocultar este tipo de cosas detrás de una fotografía espectacular o cualquier elemento técnico que puede ser fascinante y engañoso al mismo tiempo.
La propuesta de La Misión consiste en presentar al ser humano como destructor del medio ambiente, de culturas, de sí mismo, allá donde esté. Consiste en contrastar la fe y la espada, la bondad y la maldad que llegan de la misma mano disfrazada con hábitos o armaduras. Pero la propuesta se queda en eso, en lo que acabo de decir, sin profundizar lo más mínimo. Y, por supuesto, eso es una cosa enana y ligera. Ahora bien, la selva se ve en todo su esplendor. Ahora bien, mueren niños y mujeres para que la cosa se ponga tensa. Ahora bien, la película se deja ver aunque no pensar. No hay nada que pensar. El hombre es muy, pero que muy malo. Nada nuevo ni sorprendente. Ni siquiera aprovecha este director la oportunidad para profundizar un poco en lo que fueron esas culturas exterminadas.
Un jesuita bueno intenta salvar a los indígenas de la esclavitud. Un hombre malo que dedica todos sus esfuerzos a conseguir esclavos para los señores españoles y portugueses se convierte en jesuita y, por tanto, en un ser muy bueno. Cuando las misiones de estos frailes se ven amenazadas, el malo que ahora es bueno, agarra la espada y decide defender la obra como sea (es que mató a su hermano y es capaz de todo con ese expediente). El jesuita que siempre lo fue sigue a lo suyo. Bondad y eucaristía. Y, claro, cuando llegan los soldaditos, allí no queda ni el apuntador. Ya sé que este resumen podría haberlo hecho Holden Caulfield, con la misma mala leche. Pero no he podido evitarlo. Más que nada porque no hay más.
Es esta una película que, sin tanto alarde técnico y una interpretaciones sobresalientes, estaría condenada a no ser nada. Pero, sin embargo, nadie puede olvidar la música de Morricone, nadie puede olvidar esas escenas de una selva imponente, nadie puede olvidar a De Niro arrastrando su penitencia que terminará siendo la causa de su propia muerte.
Una enorme cáscara de huevo de avestruz. La clara y la yema de un pollo minúsculo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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