El nido vacío: Cuando los padres descubren lo que son

Padres y madres son aquellas personas que apuran su tiempo cada día para que sus hijos terminen en la cama recién bañados, para que durante el día tengan todo lo que necesitan. Padres y madres son aquellas personas que se hacen mayores sin darse cuenta porque sólo se fijan en cómo crecen sus hijos. Padres y madres son aquellas personas que un buen día tienen todo el tiempo del mundo, toda una casa para ellos, dinero para sobrevivir sin grandes aprietos, algún capricho que otro. Después de una vida deseando que eso ocurra, padres y madres, se encuentran desplazados por una soledad querida que ahora repudian. Y, de pronto, todo se agrieta, todo aparece con la falta de ruido y ocupaciones.
Daniel Burman filmó el año 2008 la película El nido vacío. Protagonizada por un estupendo Óscar Martínez y una serena Cecilia Roth, nos cuenta ese momento en el que la casa se vacía con la marcha de los hijos, ese momento en que la edad te juega malas pasadas en todos los territorios, esos cambios personales que se producen entre el miedo y la esperanza que proporciona la necesidad de gestionar el tiempo de forma distinta. Lo hace desde la figura del escritor que, desde la ficción, casi desde una postura surrealista, imagina y vive, vive e imagina, confundiendo, a veces, una cosa con la otra. Tal vez sea este el ingrediente más sorprendente de la película. La paternidad es un territorio menos explorado de lo que se cree, una forma de vida rodeada de tópicos y de imágenes que rozan la falsedad. Desde la figura del escritor y desde la vida soñada e imposible por ser descartada. El deber de un padre está por encima de casi todo y sólo la fantasía tiene un hueco para sus alegrías. Aunque, uno de los mensajes de Daniel Burman es muy claro: todas las historias de familia son siempre ciertas. Más que interesante esta exploración por el campo de la ficción.
La partitura de la película es sensacional. Santiago Río es el que la firma (Ravel, reminiscencias del jazz de Evans). Acompaña Jorge Drexler. Y el conjunto es un guante para la imagen. Igual que la fotografía. Especialmente la parte filmada en Israel que corresponde al final de la película.
A pesar del ritmo lento con el que se desarrolla, el espectador no puede aburrirse en ningún momento. Cada escena reserva una pequeña sorpresa, un gesto que nos sugiere eso que está aunque no se deje ver. Es una película que está llena de cosas pequeñitas, de detalles que a los ojos de cualquiera se convierten en imágenes gigantescas. Y no sólo la imagen nos desplaza a esas zonas. Los diálogos están muy bien construidos, escapan de lo fácil y se meten de lleno en la construcción de los personajes que terminan apareciendo en todo su esplendor.
Un viaje que todos los padres tienen que hacer y que todos los hijos deben conocer para llegar mejor preparados a él. No dejen de verla porque merece la pena. Y mucho.
© Del Texto: Nirek Sabal


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