El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante

Un día, en 1989, esperé una larga cola en un cine pequeño. Aquel cine era tan pequeño que nunca sabías si podrías entrar o si debías intentarlo al día siguiente o al otro.
Se convirtió en una costumbre ir a esa sala para no ver casi nunca nada.
Así me pasé unos años, atravesando la ciudad, con la excusa de no ir siempre al mismo cine-club, del que acabé un poco harto de su peculiar olor (ese que ahora hecho tanto de menos y que daba tanta vida) o a otros que estaban mucho más lejos.
Los días que iba nunca cogía la moto porque, pensaba, no se puede salir de un cine a tanta velocidad (ahora veo uno y echo de menos la moto).
El cine pequeño estaba situado en un pequeño centro comercial, con la idea de centro comercial que se tenía en 1989, es decir, una galería oscura en el que en vez de haber dos bares había cinco, al lado de una tienda de ropa (sólo una, gracias a dios) y una tienda de fotos que, gracias a la cultura digital y al sistema ACTS, no echo nada de menos.
Ese día hubo suerte, aunque solo suerte para mí, pues tuve que dejar a tres amigos en la calle y entrar yo solo con una amiga (quedaban dos entradas). Los amigos tampoco estaban muy enfadados dado que los cinco bares del pequeño centro comercial estaban todos abiertos y prometieron esperarnos a la salida del cine, cosa que cumplieron, dos horas más tarde.
No sabría decir, al cabo de ese tiempo, quién estaba más perturbado: si ellos después de ciento veinte minutos trasegando ensaladillas y cócteles baratos con sombrillas de colores, o yo después de haber visto esa película.
Por la forma en la que dije vamonos de aquí, me obedecieron y nos fuimos.

La posmodernidad fue un estado media tonto e influyente, sin duda, desde su óptica de novedad de caleidoscopio.
En una persona como yo, por supuesto.
¿Que orden sería aquí el de las prioridades? El cine, la literatura, la música, el cómic… sin duda me quedaba con la master ópera que para mí englobaba aquella cultura de fascinante descubrimiento: las revistas. Desde principios de la década las publicaciones fueron algo que dejaron un sustrato maravilloso en mí, un rastro que sigo buscando de forma futil y que sólo fueron sustituidos en adelante por los catálogos. Los buenos catálogos, siempre lo he sostenido, son mucho mejor que las buenas exposiciones, con excepciones. Si un catálogo es bueno la labor está hecha. Los comisarios deben ocuparse más de los catálogos que de las formas de exhibición, por otro lado (y con razón) bastante demodés.
La publicación forma parte del todo maravillosamente revuelto que fue y sigue siendo la cultura del siglo XX.
Me da pereza hablar de antigüedades, pero no así de modernidades, con lo que es imposible olvidar El Europeo o El Paseante.
Por supuesto, ningún tiempo pasado fue mejor que este. De momento porque yo vivo en el tiempo que me da la gana y también porque yo -que fui incapaz de pronunciar mi querida R hasta que mi padre me trajo una casete con unos maravillosos ejercicios que oscilaban entre la logopedia y los nuevos movimientos artísticos (alrededor de 1973)- me llamo Rubén ahora y siempre.
Me quedo, siempre, conmigo.
Cualquiera diría que a estas alturas no tengo más remedio y yo no tendría nada que objetar a eso.

Ahora se vive mejor. Mucho mejor.
En 1979, diez años antes de esperar colas en aquella diminuta sala, tenía unos amigos que presumían de que ya lo habían hecho todo.
Yo pensaba que qué triste debía ser haberlo hecho todo.
En 1999, veinte años después de aquello, me sentí tan tranquilo que le di la espalda a todo y me puse a tomar el sol.
En 2009, diez, veinte y treinta años después de todas aquellas cosas, busqué la cartelera y comprobé que el cine pequeño había desaparecido (seguramente en su afán por ser tan encogido). Hacía ya tiempo (desde noviembre de 2003) que no tenía moto, lo que no me impidió coger de nuevo velocidad.
La película era The cook, the thief, his wife and her lover de Peter Greenaway, estrenada en Sevilla en el otoño de 1989 en la sala 1 de los Cinematógrafos Corona Center, en la calle Salado nº 2.
Texto cortesía de  Rubén Barroso ©


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