Sacrificio: Aceptar sociedades es imposible

La nostalgia, podría calificarse como la enfermedad anímica que nos produce la ausencia, sea de momentos, lugares o amantes, da igual. Es un sentimiento que aparece en brotes ocasionales en unos y como un estado anímico y persistente en otros. Pero en todas las ocasiones resulta una emoción triste y desalentadora sin antídoto.
Esta fue mi impresión de Sacrificio, la película que hizo Andrei Tarkovski con una infinidad de referencias a Ingmar Bergman, una exquisita imagen en un color casi blanco y negro, unos travellings casi imperceptibles, y, como argumento, una fe filosófica que yo comparto, mucho más, descrita con las formas suaves y delicadas de Tarkovski.
La película va al grano desde el principio cuando Alexander, un filósofo y autor teatral, le explica a su hijo pequeño, afónico y aquejado de amigdalitis, como cuidar un árbol nuevo para que florezca. El discurso existencialista de Alexander con su hijo regando el árbol, es una escena clave que va dando paso, con una suavidad extraordinaria, y con el cumpleaños de Alexander como fondo, a toda una historia dónde el tema primordial es, sin duda, la fe y el existencialismo y que termina en una catarsis absoluta.
Por la noche, en la celebración de cumpleaños, cuando los invitados están reunidos alrededor de la mesa, se comunica por televisión la noticia del comienzo de una tercera guerra mundial. La reacción de Alexander ante el suceso consiste en el sacrificio de ofrecerle a Dios todas sus propiedades materiales y sentimentales a cambio de auxiliar a un mundo insalvable y catastrófico del que reniega y deserta incendiando su hogar mientras su familia y amigos dan un paseo por el campo.
La escena final de incendio purificador con Alexander corriendo en pijama y sin zapatos alrededor de su casa en llamas, termina con los camilleros de la unidad psiquiátrica llevándose a Alexander en una vieja ambulancia y con un bonito plano de su hijo regando el árbol y hablando por fin.
Cuando veo esta película o cualquier otra de Tarkovski, o leo las ensoñaciones de Walter Benjamin, las meditaciones de Descartes o las del Quijote que en estos tiempos modernos de nuevas tecnologías y profundos trastornos mentales resultan tan anacrónicas, siempre, en cada línea, escena o ensayo, entiendo la misma premisa:
El hombre rinde al máximo de su capacidad cuando adquiere plena consciencia de sus circunstancias. Creo que en estos años de circunstancias tan modernas y maravillosas, la sociedad no hace más que agotar sus energías en vender una forma de administrarse, fortalecerse, pensar en general…, en una cultura colectiva, digital, humanitaria…, porque resulta algo muy frívolo y egoísta dedicar una gran parte de su energía  al enriquecimiento  de una vida y de un mundo mucho más íntimo e individual que exigiría procedimientos superiores, prohibitivos.
Las personas como Alexander o como yo, que no logramos aceptar nunca esta sociedad porque pensamos que todas las maravillas, innovaciones y prodigios de esta época tuvieron que estrecharse y encogerse algún día para pasar por el corazón de un hombre, un individuo, tenemos varias opciones: pegarnos un tiro en la sien, tirarnos por la terraza de un piso muy alto, inyectarnos una tonelada de benzodiacepinas o, por último, adaptarnos a un mundo en el que no hay un afuera dónde desertar.
Como uno no cuenta fácilmente con una pistola, vive en un piso muy bajo y sabe que para escapar a base de benzodiacepinas tendría que caerle a uno encima un camión farmacológico, pues uno acaba viviendo inadaptado, incendiando bonitas casas campestres y corriendo en pijama por los charcos. Con, eso sí, la completa seguridad de que este mundo tampoco logra adaptarse a nosotros, pero eso, a Alexander y a mí, nos importa un bledo.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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