Las Ciervas: Versión del mundo en el 68

Claude Chabrol cuenta la historia de una burguesía sin ética mediante una patológica relación entre Fréderique, una lesbiana rica y caprichosa con muchas ganas de poner a prueba su superioridad y Why, una joven sumisa e inexperta con una notable impresionabilidad y sentimentalismo. Fréderique encuentra a la víctima perfecta cuando tropieza con Why pintando ciervas en las calles, y Why lleva mucho soñando con el billete de 500 francos que Fréderique arroja en el suelo sobre uno de sus dibujos.
La relación entre las dos mujeres en la ostentosa hacienda que Fréderique posee en la costa azul se desarrolla con una fingida normalidad que va tornándose cada vez más mórbida y enfermiza cuando aparece Paul Thomas, un atractivo arquitecto, ligón y sin escrúpulo alguno, que no duda en aprovecharse de las circunstancias, seduciendo primero a Why, a la que deja atolondrada y taciturna, y terminando fugándose con Fréderique a París. El afán de poder de Fréderique sobre Why, a la que utiliza y somete a su antojo, es capaz, finalmente, de obligarla a marcharse con el amante de Why con la única intención de demostrar un dominio y tiranía ilimitada sobre la joven. Por otra parte, el atractivo Paul Thomas demuestra una inmoralidad absoluta, primero tomándose a Why como sonajero, y luego vendiéndose a Fréderique por una modélica vida de lujo y grandiosidad.
Finalmente, una perturbada Why viaja a París presentándose en el apartamento de una victoriosa Fréderique a la que apuñala por la espalda, como suele ocurrir en estos casos.
Esta sería la sinopsis formal de Las ciervas. La que se contaría a la salida de un cine francés allá por el 68. Sin embargo, yo creo que cuando hablamos de una película, deberíamos hablar en el lenguaje de la película más que en nuestro propio lenguaje sobre ella. Así que si alguien me preguntase por Las ciervas a la salida de un cine francés allá por el 68, yo diría que el azul de Saint Tropez resulta un azul perfecto para este tipo de relaciones mórbidas y envenenadas que me encantan; que las perversiones de Fréderique me parecen encantadoras, que adoro la elegancia y astucia de ese tipo de personajes infames sin piedad; que me gustan sus joyas, y sus tocados, y su bañera, y su forma de decir acércate, y sus pijamas, y su chal de hilo negro en la piscina; que las novatadas de una joven Why me producen indiferencia e hipotensión; que aborrezco a Paul Thomas como aborrezco a todos los hombres mentirosos; que una puñalada en la espalda me parece siempre el final perfecto, y que, una vez, alguien me dijo que si yo fuese una palabra sería ajedrez;si fuese un libro sería Fahrenheit 451. Y, esta tarde, escuchando a un lejano Antón García Abril, diría que si yo fuese un personaje de película, no me importaría ser Fréderique, el arma envenenada.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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