El último exorcismo: Lo tonto de lo diabólico

El asunto de lo diabólico, del exorcismo, de la fe que desaparece para hacer un hueco a lo oscuro y del misterio que rodea todo lo que tenga que ver con Satán, está contado. Libros, películas, cómics, pintura, escultura, música. Está por todas partes. Por ello, hay que ser muy original, hay que elegir un punto de vista especialmente adecuado para conseguir algo que interese a los demás.
Daniel Stamm se estrena como director con la película El último exorcismo. Elige narrar la historia con la cámara al hombro. Y comienza de forma francamente interesante. Pero, a medida que pasan los minutos, va desapareciendo lo que interesa y va quedando lo más estúpido de la narración. Plantea una trama estupenda y quiere terminar con una chapuza descomunal. Lo terrorífico, lo verdaderamente diabólico da paso a la tontería más escalofriante. Abre expectativas de altos vuelos y las intenta saldar con un cuento para lo que debe creer que es un espectador. Esto es, un imbécil que se traga lo que le echen.
Cotton Marcus (Patrick Fabian)es un reverendo que se gana la vida haciendo trampas con las cosas de la fe. Un niño muere mientras le intentan practicar un exorcismo. Y él, que lo hace a diestro y siniestro (no matar niños, pero sí simular sacar demonios de cuerpos humanos) decide acabar con el engaño. Le avisan desde una granja. Allí hay una muchacha poseída por el diablo. Avisa a unos periodistas y les invita a rodar un documental para dejar al descubierto la gran mentira del exorcismo. Pero la cosa se complica y eso termina como el rosario de la aurora.
La película está grabada cámara en mano. Un gran acierto hasta que se convierte en un desastre. La película va de mucho a nada. Todo se vacía de sentido a medida que el guionista intenta ir resolviendo problemas que ha ido planteando como si no fuera a pasar nada. Se libra Bell Ashley que interpreta a la cría endemoniada. El resto se tiñe de patetismo de mitad del metraje en adelante.
Espero que con esto sea suficiente para que no pierdan el tiempo con esta chapuza. Pero si alguno de ustedes insiste en echar un vistazo a la película, no continúen leyendo. Ya les he advertido de lo que hay. Y paren o se enterarán de cosas que les destrozaría (mucho más) la hora y media de cine.
El despropósito es tan enorme que la justificación de lo narrado desaparece por completo. Llegado el final de la película, lo poco que quedaba en píe se derrumba. Y, francamente, el inicio (la primera hora de película llega a ser fascinante). Lo que enseña Stamm es el documental que se rueda. Desde el primer minuto. Eso es la película. Integramente. El documental está perfectamente editado (en la ficción) y aparecen los nombres de los que van apareciendo sobreimpresionado en la pantalla. Muy bien. Pero, por ejemplo, al final de ese documental (al final de la película) no queda títere con cabeza salvo la secta satánica. Entonces ¿cómo editaron ese documental? ¿Cómo es que podemos estar viéndolo? ¿Lo han hecho público los malos? ¿Qué coño es lo que ha pasado? Todo se viene abajo.
La trama, llevada con maestría en un principio, comienza a liarse de forma absurda. Lo que podía ser una narración estimulante se convierte en un galimatías al introducir sectas, idas y venidas absurdas de personajes que se mueven sin ton ni son, un ser demoniaco que aparece por arte de magia y de forma inexplicable y, desde luego, muy mal explicada. Lo demoniaco se convierte, sin venir a cuento, es una sucesión de muertes violentas que acaban con todo porque eso no hubiera sido capaz de arreglarlo ni el mismísimo diablo. Un desastre absoluto.
Una perdida de tiempo. Una pena. No pierdan el tiempo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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