El experimento del Dr. Quatermass: La deliciosa inocencia

Hubo un tiempo en el que los cohetes espaciales (los que aparecían en las películas de cine o en los cómics) tenían la forma de un cohete. Ya saben, esos que terminaban en punta y se sostenían sobre tres enormes patas. Y hubo un tiempo en el que los seres monstruosos eran pura gelatina, tenían ojos de pulpo y se movían dejando un rastro de materia amorfa. Babas, diría yo.  Era cuando el terror a lo desconocido llegaba en forma de seres extraterrestres que podían acabar con la humanidad. El hombre aún no era consciente de ser ese monstruo con capacidad destructiva ilimitada.
El Experimento del Dr. Quatermass es una película deliciosamente inocente aunque terrorífica hasta límites insospechados. Dirigida en 1.955 por Val Guest, cuenta cómo un cohete, enviado a la órbita terrestre, regresa a la tierra. Dos de sus tripulantes han desaparecido. El tercero, el astronauta Víctor Carroon (Richard Wordsworth), llega en condiciones extrañas y sufre una mutación que le convierte en un ser agresivo y monstruoso. Serán policías británicos, científicos y el propio Dr. Quatermass (Brian Donlevy) los que inicien la captura de Carroon.
Es emotivo ver estas películas cargadas de inocencia. Al menos una inocencia superficial. Los malos son malos; los buenos muy buenos; y los tontos más tontos que pichote. Pero es tan emotivo como interesante echar un vistazo a lo que queda bajo la superficie. En concreto, en El experimento del Dr. Quatermass, los personajes van creciendo desde las contradicciones internas (es el caso de Víctor Carroon), desde las convicciones absolutas (lo representa el Dr. Quatermass) o desde la duda metódica o la improvisación más absoluta (pareja formada por el médico y el comisario de policía). De este modo, el guión del propio Val Guest y Richard Landau, nos da una visión poliédrica del comportamiento humano ante una situación desconocida y extrema. El terror aparece en esa zona en la que nada se ve con claridad porque faltan puntos de vista complementarios. Es el conjunto, la suma de todos ellos, lo que puede resolver el entuerto.
La película tiene un ritmo narrativo maravilloso, consistente y ágil. Los diálogos chisporrotean sin parar, cargados de ironía, contrapuestos a una situación terrorífica que quita el habla. El elenco defiende sus papeles a la antigua cuando se trataba de cine de género. Con soltura y sin grandes sorpresas. Interpretaciones algo planas, pero suficientes.
Es verdad que algunas cosas están poco o mal justificadas en la trama (la llegada de una sola esposa al lugar del accidente, curiosamente la del superviviente cuando nadie sabía si quedaba alguien vivo, por ejemplo). Pero hay que tener en cuenta las limitaciones presupuestarias, las del metraje estandar del momento y el tipo de cine que se quería conseguir.
La película carece de efectos especiales espectaculares. Y los pocos que se muestran son muy ridículos (hoy en día, claro). Pero el director consigue una película exquisita que pone los pelos de punta. Por cierto, no falta el niño que eleva la carga dramática de la narración, ni el tonto de capirote que merece rellenar el hueco de los fallecidos. Por listillo. Qué contradicción.
En familia se puede disfrutar sin problemas. Incluso los más pequeños (esos ya no se asustan con tan poca cosa). Palomitas, refrescos y hora y cuarto de buen cine. Corran, corran en busca de una copia.
© Del Texto: Nirek Sabal


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