may 8 2011

La invasión de los ladrones de cuerpos: Paranoia colectiva

Las buenas películas no pasan nunca de moda. Es posible que hoy se pudieran filmar incluyendo unos efectos especiales asombrosos, que el maquillaje fuera una exquisitez y que se consiguieran resultados igual de buenos. Pero no dejarían de ser copias de excelentes películas conseguidas con medios técnicos muy cortos y presupuestos infinitamente menores.
La invasión de los ladrones de cuerpos es una de esas películas que funcionan desde el primer día y que no dejará de hacerlo nunca. A pesar de rodarse con un presupuesto muy bajo para la época, Don Siegel logra crear un clima perfecto de histeria colectiva y de opresión inaguantable, tanto en sus personajes como en los espectadores. Mejorando la novela de Jack Finney que abusaba de diálogos absurdos y, sobre todo, de personajes descontrolados, cuenta cómo unas semillas que vagan por el espacio terminan cayendo en la tierra (en un pequeño pueblo de Estados Unidos). Logran arraigar y crean unas vainas gigantes que son capaces de crear réplicas de cuerpos humanos y de robar la mente a los individuos. Si duermes junto a una de esas vainas, la mañana siguiente paseará por tu pueblo una réplica de ti.
Esta es una lectura literal a la que se le pueden sumar el clima obsesivo, la extrañeza que causa todo, lo horrible de la situación y la sensación de irremediable que aporta la trama. El guión original era mucho más brusco y no dejaba hueco a la esperanza. Pero la productora obligó a rodar un prólogo explicativo (de paso la voz narrativa se hace mucho más solvente al tener un momento de reposo ante un desastre de tal magnitud y, con ello, mucho más fuerte puesto que narra desde le recuerdo, sabiendo lo que ha pasado) y un epílogo que, aún dejando abierto el desenlace, deja ver luz al final del túnel.
Conviene ver la película haciendo una lectura paralela. El miedo al stalinismo (persecución de los disidentes, al entramado soviético de espías, deshumanización de la sociedad y del propio individuo) está presente de principio a fin. Es una característica muy común de un cine determinado rodado en Estados Unidos en esa época. La guerra fría se colaba por todos los huecos posibles. Pero también se aprovecha para hablar de una paranoia descomunal y general generada tras la caza de brujas promovida por un senador de aquel país llamado Joseph McCarthy.
Con ambas lecturas el disfrute está garantizado. Porque la defensa que hacen de sus papeles Dana Wynter y Kevin McCarthy no están mal. Porque el ritmo narrativo es el adecuado. Porque la ideal es original y aterradora. Y porque nos muestran la posibilidad de que lo lejano se encuentre frente a nosotros. Muy cerca. Tal vez, la normalidad, vista desde el prisma adecuado sea lo más horrendo que uno puede mirar.
Los jóvenes; tan acostumbrados a las grandes producciones, a lo espectacular de los efectos; pueden disfrutar de esta excelente película. De paso se pueden enterar de qué era eso de la guerra fría, de cómo se las ingeniaban antes para crear terror entre el personal y, sobre todo, que el hombre siempre fue capaz de imaginar aunque fuera en blanco y negro. Espero que no pasen mucho miedo, queridos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 8 2011

Madres e hijas: Relaciones tácitas

Llevo varios días discutiendo con mi madre sin llegar a ningún acuerdo ni conclusión, solo espalda frente a espalda, alejándonos en direcciones opuestas. Creo que antes de hacer las paces entre nosotras, cada una tiene que reconciliarse consigo misma.
Sobre esta línea se construye la historia de Madres e Hijas, escrita y dirigida por Rodrigo García: un largometraje que tiene como protagonistas a varias mujeres para las que la maternidad ha sido, es o será un condicionante en su vida. Entre ellas tenemos a una demacrada Annete Bening, en el papel de Karen, que con 14 años y ante la insistencia de su madre dio en adopción a su hija, Naomi Watts, como Elizabeth, a quien la orfandad la convirtió en una abogada muy segura de sí misma, atrevida de carácter decidido, fuerte, independiente, pero sola. Además de ellas, Rodrigo García nos retrata varios perfiles de mujeres, cada una con una historia particular sobre el amor de madre.
Un mosaico de historias que se entremezclan entre sí con grandes saltos en el tiempo cuando es preciso porque no hay ni una sola imagen gratuita. Cada escena habla por sí sola y transcurre al ritmo que las madres y las hijas necesitan. Las palabras no se malgastan porque los sentimientos son tácitos.
Cada mujer de esta historia lleva una pequeña mochila a la espalda con su deseo de ser madre, o de no serlo, de ser hija o de no querer serlo. La vinculación. Una búsqueda de amor incondicional que afecta a la identidad y en la que los hombres son meros complementos circunstanciales.  Es el momento en que se acepta esa búsqueda cuando la rabia, el dolor, el arrepentimiento y la tristeza  transforman el rencor en humanidad y se abre el camino de la reconciliación. Cuando la escala de grises y negros por la dureza del principio del filme comienza a aclararse a la par que los personajes evolucionan, culminando en el rostro radiante de Karen, iluminado por el sol. Y acaba oliendo como a primavera amarga, a satisfacción y alegría resignadas. A tranquilidad, pero sin final  feliz, ni mucho menos, porque esta película es un gran reflejo de la realidad. Un drama positivo, de arriba abajo, que nos lanza preguntas sobre nuestra identidad, y quién ha tenido que ver en ella.
Por cierto que, a pesar de todo, la vi con mi madre, y dijo: Esta película puede hacer que muchas parejas se planteen tener hijos solo para arreglar sus problemas.
© Del Texto: Coletas


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