Banderas de nuestros padres

La guerra es algo terrible, un episodio que se repite cada cierto tiempo y destroza la vida de las personas, de pueblos enteros. En la guerra mueren personas, se destrozan objetos, cosechas enteras. En la guerra sobreviven personas, objetos y los campos (pasado un tiempo) vuelven a dar sus frutos. En la guerra hay vencedores y vencidos. Pero ¿es posible saber quién gana o pierde? ¿Es posible tener una vida normal después de combatir en una batalla viendo cómo mueren miles de hombres alrededor? ¿Es el fruto del campo lo mismo que fue cuando, ahora, se abona con miles de muertos?
Sobre esto reflexiona Clint Eastwood en su película Banderas de nuestros padres; sobre el desastre que siempre representa una guerra; sobre el precio que paga un país que batalla; sobre lo estéril que resulta algo tan grotesco como matar a seres humanos. Intenta Eastwood enseñar la cara más sucia de todo esto. Intenta explicar que la historia cambia, no por el valor de los guerreros, sino por el dinero que son capaces de generar para que la maquinaria no deje de funcionar. Porque el valor no lo es casi nunca. Es más el miedo lo que hace que se muevan los ejércitos que cualquier otra cosa.
El escenario elegido es Iwo Jima. El eje central de la narración la famosa fotografía en la que aparece un grupo de soldados elevando el mástil de la bandera norteamericana. Los personajes son los supervivientes de esa batalla, los grandes perdedores del conflicto, los que tuvieron que regresar para dedicarse a cualquier cosa porque la guerra les había arrancado lo que tenían. Héroes efímeros y olvidados con rapidez.
La crudeza con la que narra Eastwood la batalla se contrapone a la crudeza con la que narra la forma de vivir la guerra por parte del pueblo norteamericano. Todo se confunde; malos y buenos, héroes y villanos. La guerra parece un juego. Eso dimensiona el horror de forma espectacular en cada escena en las que no se escatima con el espectáculo, ni con los medios, ni con los esfuerzos técnicos. Y todo ello para dejar claro que las mutilaciones, el miedo, la cobardía, la confusión o la crueldad son los verdaderos generales en las batallas.
La película avanza y retrocede en el tiempo histórico modificando el punto de vista y, así, lograr que conozcamos la guerra individual de cada protagonista. Esto genera varias piezas de un puzzle que terminan encajando con exactitud. De este modo, además, los personajes se van desarrollando con firmeza para que la trama avance sin sobresaltos inexplicables.
Espectaculares las escenas bélicas. Sobre todo las que corresponden al desembarco del ejército norteamericano. El elenco defiende con dignidad sus papeles aunque, a decir verdad, ninguno de ellos entraña una dificultad excesiva.
El conjunto aparece como una película llena de reflexión (a veces con excesiva moralina alrededor) intentando desmitificar capítulos de la historia que fueron un verdadero horror. Tal vez excesiva en su medida ya que el director intenta explicar todo. Una pena, puesto que mucho de lo que aparece en pantalla se explica por sí solo y la intensidad expresiva se resiente con tanto dar vueltas al mismo asunto para que quede claro. Esto desarrolla cierta lentitud en el desarrollo argumental y una repetición de ideas que no aporta nada al conjunto.
En cualquier caso, se trata de una buena película, de la que se pueden extraer ideas interesante.
No conviene verla con niños cerca. Algunas de las escenas son extraordinariamente violentas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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