abr 24 2011

Apolo 13: Viaje a ninguna parte

Apolo 13 trata de ser una película sobre la épica del héroe y se queda en una aventura en la que todo se resuelve con tubos de goma y papel higiénico. Apolo 13 quiere demostrar al mundo entero lo que un norteamericano es capaz de lograr y consigue que nos hagamos preguntas sobre su estupidez, sobre cómo se pueden gastar millones de dólares cuando la cosa va de utilizar basura para que los astronautas regresen a casa, sobre lo superficial que puede llegar a ser la gente de ese país. Apolo 13 intenta ser una película espectacular es cada escena y se queda en un conjunto de secuencias llenas de efectos especiales que ni fu ni fa.
A esta película le pasa lo mismo que a la nave espacial que intentaron llevar hasta la luna. Lograrlo debería ser coser y cantar (lograr una buena película con ese presupuesto, llegar a la luna con ese presupuesto) y el camino se convierte en un enorme problema. En la nave no funciona casi nada. En la película ocurre lo mismo. En la nave van encontrando soluciones chapuceras para regresar. En la película se abusa de una dramatización excesiva buscando en el espectador emociones inexistentes, dejando la narración a un nivel y esos excesos en uno muy distinto; es decir, hacen una verdadera chapuza.
Tom Hanks, Kevin Bacon, Bill Paxton, Gary Sinise y Ed Harris forman el elenco (lo principal de él). Ron Howard fue quien intentó dar forma a todo esto y consiguió contar una catástrofe dentro de otra. Intentó enseñar un drama humano y se quedó en poner a llorar a los personajes para conseguir empatía en el espectador; intentó una cosa grande y le salió un churro enorme. El guión es sensiblero, facilón y superficial. No crean que miento si les digo que no sé si incluyeron una banda sonora en la película. Qué trabajo de Mr. Howars. Qué forma de tirar el dinero.
En definitiva, un desastre absoluto. Puede entretener a los chicos una tarde de domingo. Poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 24 2011

Carles Santos: El cine experimental hace sus deberes

Sobre los deberes del cine ya lo dijo todo Godard cuando los resumió en tres puntos cardinales: el trabajo de investigación, el de pensamiento y, por último, el de espectáculo.
La filmografía de Carles Santos la definiría como la investigación entre las distintas formas cinematográficas más radicales y conceptuales de estimular un pensamiento en el espectador con el procedimiento más espectacular que existe: la simplicidad.
De Carles Santos he tenido el privilegio de ver cuatro cortometrajes: El espectador, Habitación con reloj, La luz y Conversación.
El espectador trata de la silueta de un hombre reflejada en una pantalla blanca. Esta sombra es la única audiencia de un espectáculo, no sabemos cual, en el que durante 35 segundos tenemos la libertad de imaginar a nuestro antojo, de situarnos en el mismo ángulo y contemplarlo todo desde los mismos ojos de esa sombra que somos todos, con los distintos puntos de vista de cada uno. Inventar nuestro propio final o contemplar el bonito paisaje que, misteriosamente, hemos sido capaces de pintar en una pantalla.
Habitación con reloj es la panorámica de una habitación mientras se escucha la voz en off de un hombre repitiendo: tic tac. Esta película, como las otras, nos deja vía libre para imaginar el desenlace y final de una cuenta atrás computada por una voz en off que hace de reloj.
La luz es una imagen fugaz dónde una habitación oscura se ilumina y, seguidamente, un interruptor es encuadrado en primer plano. Los inquietantes sucesos que en esa habitación acontecen corren, solamente, a cargo de nuestra imaginación.
La conversación trata sobre una puerta y una conversación, sobre el rumor lejano e ininteligible que se escucha tras la puerta y que intentamos descifrar en vano. Pero aquí lo importante no es la conversación en sí misma, sino la curiosa emoción que nos produce el espionaje de una conversación privada tras la puerta. Lo que deducimos que ocurre orientados solo por el sonido de unos cubiertos, un trozo de pan que alguien corta en una mesa imaginaria, etc.
En definitiva, Carles Santos consiguió con estas películas hacer un cine de sensaciones más que de técnica, estimular a un espectador mal acostumbrado a un cine mucho más cómodo y evidente.
Cuando miras algo, incluso una pared, ya hay un espectáculo. Me gustaría hacer un film sobre una pared. Miramos una pared y terminamos por ver cosas (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch