El último tango en París: Yo y mi ego

Unos títulos de crédito iniciales adornados con pinturas de Francis Bacon, y el posterior plano que baja en picado hacia Marlon Brando marcan las pautas de lo que el director, Bernardo Bertolucci, nos retrata en las siguientes dos horas; una historia que va de cómo bajar a los infiernos; la caída de dos seres perdidos en París.
Bertolucci (que firma el guión junto a Franco Arcalli) nos muestra con este relato la falsa ilusión de lo nuevo, lo que llamamos bohemio (un mero estereotipo social, idealizado por muchos, defenestrado por otros), que no es más que la falta de personalidad y de principios; todo ello adquirido por creencias y complejos. Lo que lleva a Jeanne (Maria Schneider), una joven mujer ilusa e inocente a crearse un síndrome de dependencia (tanto fisiológico como psicológico) cuando empieza a conocer a Paul (Marlon Brando), un hombre maduro en sentido físico y aparentemente (en un primer momento) también en lo concerniente al pensamiento; a perderse en una ola de depresión sexual e impersonal. Es decir, un síndrome de dependencia a ese vacío existencial con la fachada del sexo y los fuegos artificiales que produce la figura autoritaria del hombre sobre la mujer.

El director con ello critica cómo el ser humano es completamente manipulable y manipulador según la experiencia del individuo observado desde el punto de vista psicológico y social; de cómo se crean lazos o vínculos con otras personas que son irremediablemente autodestructivos, enmascarado todo ello en un principio con lo que podríamos denominar a modo coloquial buen rollismo. La hipocresía como una forma de vivir y no de pensar.
El hecho de que, tanto Jeanne como Paul, apenas lleguen a conocerse (y no sepan sus nombres hasta el final) retrata una realidad deprimente, frívola, angustiosa, donde impera el placer por el placer, sin tocar el ámbito de los sentimientos ni las causas personales de cada uno; vivir el presente por vivirlo, sin objetivos o metas, y esto es tan aplicable a la sociedad actual como hace treinta años. Bertolucci también nos habla de distintos modos de ver la hipocresía, tanto desde Paul, como del prometido de Jeanne, un joven cineasta francés que vive inmerso en su burbuja fantasiosa, es decir, no importa si se es viejo o joven, la mentira puede estar presente en ambos. El problema es ese cliché social y completamente falso de decirse de que alguien con más edad, es más maduro, responsable y con experiencia. Eso es un error. La mayoría de relaciones que se dan en estos casos acaba como en las películas, uno de los dos personajes cede a la locura del otro, y acaba tornándose en un sin vivir, lo que nos lleva a una sola consecuencia: todo acaba realmente mal. Otro tema importante es cómo se relaciona durante toda la película la sexualidad con la muerte, a medida que transcurre el relato observamos cómo Jeanne va sumiéndose en un pozo sin fondo con cada encuentro sexual debido al autoritarismo de Paul, que la lleva a la sumisión, una imagen nefasta de lo que el machismo puede llegar a hacer, de cómo a través de la psicología (y por qué no, un uso de las ideas y el lenguaje manipulador y satisfactorio) someter a una persona y hacerle creer que no es más que un mero objeto para un fin, o ninguno.
También es de destacar, a modo anecdótico, cómo el director critica el nuevo cine francés que surge entre los 60 y 70, a ese grupo de cineastas vanguardistas llamados Nouvelle Vague, un cine que consideraba vacío y estúpido, y lo hace a través del prometido del personaje de Jeanne.

En lo concerniente al ámbito técnico del film, la fascinante fotografía de Vittorio Storaro entre tonos fríos y cálidos muy contrastados y ese color amarillento que impregna muchos pasajes del relato; así como la música de Gato Barbieri y el buen uso del saxo como un elemento afrodisíaco más hacen de esta, una obra maestra del séptimo arte.
En conclusión, la mantequilla, el altar al falo masculino, el sexo por el sexo y la sodomización quedarán ahí, en la superficie, con los fuegos artificiales (esto es lo que se queda el público mayoritario) de los que hace gala Bertolucci para contarnos una historia que trasciende más allá de todos esos elementos. Y es que el ser humano es bueno por naturaleza, solo se vuelve posesivo y destructivo cuando se convierte en un animal social. Tal y como se dice en un momento dado del film: La libertad es asesinada por el egoísmo.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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2 Respuestas en “El último tango en París: Yo y mi ego”

  • anonimo ha escrito:

    Me encanto tu critica en si analisis , vengo buscando uno asi y la verdad es que no encontraba algo tan bueno , la mayoria del publico habla tan mal sobre las peliculas solo saben ver con los ojos y no mirar con el alma, saludos.

  • Mario Salazar ha escrito:

    Felicitaciones por la critica, es estupenda, da pautas para apreciar el filme, como bien has dicho, la gente se enfoca en lo más simple, en lo pedestre y polémico y no ven las ideas que hay detrás, el sexo y la dominación, el vacío en las relaciones, un autoritarismo patriarcal y una mirada de la sociedad moderna. También estupenda la mención del falso mito de la edad, algo muy torpe de la gente creer que vejez es síntoma de sabiduría, ya que lo importante es el individuo y su bagaje cultural, su noción del mundo y eso no es una regla del tiempo, ayuda claro pero es mucho más que esa simpleza, la experiencia se basa en la riqueza contextual, en el poder ver y eso puede ser en cualquier momento. Interesante esa critica velada de la nouvelle vague, voy a ver el filme nuevamente, me ha despertado la curiosidad por ella. Un abrazo.