abr 11 2011

Cotton Club: Cuando Ford Coppola se dejó arrastrar por el dinero y no por su intuición

No es lo mismo rodar El Padrino con música que rodar una película de gangsters, música y chicas. Las dos cosas las dijo Robert Evans, productor de Cotton Club, sobre esta película. Francis Ford Coppola, director, no lo tuvo claro desde el principio. Y por esa razón, casi seguro, ni consiguió El Padrino con música ni una buena película de gangsters, música y chicas. Cotton Club se estrenó y consiguió buenas críticas aunque la taquilla fue un desastre total. Eso es lo mismo que decir que le gustó a muy pocos y que sólo se fiaron de la opinión crítica algunos. Desde  luego, al que escribe le parece una película menor y con una importancia muy limitada dentro de la historia del cine. Salvo la banda sonora de la película que rebosa música del enorme Duke Ellington (eso es apostar a caballo ganador), todo es mediocre, todo se puede olvidar un par de minutos después. Destaca, también, la interpretación de Gregory Hines haciendo un bailarín que se abre camino en el mundo del espectáculo. Bueno, en realidad, también destacan Richard Gere y Bob Hoskins por lo fatal de su interpretación. Todos los actores en esta película sobreactúan, parecen estar en otra cosa, se aburren, no se creen nada de lo que hacen o dicen y parecen estar deseando acabar. Ford Coppola tiene buena parte de culpa porque, aunque Richard Gere es lo que es y no se puede pedir más, las cosas se podrían haber hecho mucho mejor. Por ejemplo, no contratando a ese marmolillo. La puesta en escena trata de ser lo más de lo más y se queda en la línea de salida. El vestuario cuela así como el maquillaje. O sea, que más mediocre que otra cosa en su conjunto.
Lo que nos cuentan en Cotton Club es, efectivamente, una historieta de gangsters, chicas y música. Justo antes de la gran depresión, el local de moda es el Cotton Club. Allí se reúne lo mejor del baile y del jazz. Los malos quieren ganar mucha pasta y quedarse con las chicas guapas. Las chicas guapas quieren gastar mucho dinero y se quedan con los malos, pero desean que mueran lo antes posible para estar con los buenos y bondadosos. Durante la proyección mueren bastantes. Y, finalmente, la cosa queda preparada para que puedan ser felices.
De verdad que no se me ocurre un resumen más amable con la película. Tan sólo un detalle. Mientras Sandman Williams baila, el ruido de sus puntas metálicas y de sus tacones se funden con el ruido de las ametralladoras que escupen balas para acabar con los gangsters. Estéticamente lo mejor de la película. Una metáfora estupenda sobre lo que representa llegar al final de cada cosa. Unos a la muerte, otro al éxito, aunque el ruido de fondo es idéntico.
Cuando vi por primer vez Cotton Club me aburrí mucho. Un segundo intento buscando excelencias que algunos críticos habían encontrado, no hizo más que confirmar dos cosas: me aburrí del mismo modo y que algunos críticos hablan de algunos directores como si fueran infalibles. La tercera y última vez significó, para el que escribe, una especie de colapso cerebral. Todo tiene un límite. Hay mucho que hacer y con un par de oportunidades hubiera sido suficiente.
© Del Texto: Nirek Sabal
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abr 11 2011

La caja Kovak o cómo convertir la ciencia ficción en una irrisión

Todo lo que va mal puede ir a peor. Nunca podemos enfrentarnos a un problema pensando que nada puede estar por encima. El ser humano debe estar preparado para cualquier cosa. Incluso para ver la película La caja Kovak. La firma Daniel Monzón y la protagonizan Timothy Hutton y Lucía Jiménez (¿Quisieron los tres poner fin a su carrera o pasaban por un momento bajo de moral y financiero?). Se incluye (la película) en el género de ciencia ficción. Al menos eso pretendió la productora. Se queda en un intento innecesario y aburrido.
Hacía mucho tiempo que no me topaba con un guión tan mal armado, tan carente de solidez y coherencia interna y lleno de todo lo malo que puede tener un guión cinematográfico, sobre todo de material previsible.  La interpretación de Hutton es muy justita aunque dadas las circunstancias podría haber aspirado al óscar. De un personaje comparable a una patata consigue un personaje normalucho. La de Lucía Jiménez es horrorosa. De un personaje patético se llega al ridículo más escandaloso. El resto es la mediocridad absoluta. Tremendo.
Alguien debería avisar a los interesados de algo tan sencillo como que la ciencia ficción no consiste en contar historietas disparatadas (a toda velocidad) que sean imposibles en la realidad conocida. Los disparates, las majaderías o las idioteces son universales y no van bien en género alguno.
La caja Kovak cuenta cómo un escritor pierde a su mujer. Se lanza por la ventana y muere. En realidad, todos se tiran desde lugares altos y mueren (tal vez era lo que querían el director de la película y su elenco y no sabían cómo hacerlo) Conoce a una joven que, naturalmente, saltó desde su ventana y se libra al rebotar en un hermoso y resistente toldo. El escritor conoce a Kovak que es el que hace que todos salten desde los lugares más insospechados. Es malísimo. Investigó con seres humanos en lugar de hacerlo con monos titís. El tal Kovak le ha preparado un circo al escritor de miedo para que logre una obra maestra de la literatura de ciencia ficción. Introduce un microchip en la cabeza de un pasaje completo del vuelo jk1234 (esto del número es cosa mía, es que quería poner mi granito de arena). Entonces, si el sujeto escucha una canción se lanza al vacío o, en el mejor de los casos, se rompe la crisma contra una pared (esto les pasa a los que desesperados viven en la planta baja). Y poco más. Disparate tras disparate van pasando los minutos. Tontería tras tontería la paciencia del espectador se va acabando. Idiotez tras idiotez el sopor se instala sobre nosotros. Lo mejor de la película llega cuando aparecen los créditos de despedida.
Yo pensaba que había visto lo peor del cine mundial. Pensaba que nada podría causar efecto en mí. Pero no. La caja kovak constata que eso no era cierto. Lo peor está siempre por llegar.
© Del Texto: Nirek Sabal


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