El Resplandor: Loco de felicidad

Quería que me dejasen en paz y que siempre fuesen las 4 de la madrugada. Aquejada últimamente de repentinas crisis de melancolía y en un constante estado de mal humor, creí que estaría bien ausentarme una temporada en cualquier sitio desértico sin rastro de humanidad. Contaba para mi retiro con una destartalada Olivetti, regalo de la editorial Planeta en el 74, una maleta llena de libros de Metafísica y Estética, unas cuantas botellas de vino de postre y varias toneladas de cigarrillos, rubios y negros. Pensé que me bastaría, y que, en caso de situación extrema, no tendría más que volver y enfrentarme definitivamente al mundo lleno de intrusos que formaban mi vida.
Me interesaba mucho el hotel Overlook, el magnífico parador dónde se alojó Jack Torrance con su familia, dónde hizo de vigilante del hotel y dónde intentó, en vano, aprovechar el aislamiento y la concentración para escribir su novela. Un escritor frustrado, alcohólico y aplastado por la soledad y la impotencia, que acaba volviéndose loco en un encerramiento, en un principio superficial, y que, después, se hace cada vez más profundo hasta dejar al protagonista aislado de su familia y de todo contacto con la realidad. Ni las leyendas cinematográficas ni la distancia que me separaba del hotel Overlook me hicieron dar un paso atrás en mi decisión. Además, siempre pensé que Jack Torrance ya estaba loco antes de pisar ese hotel, y que su familia era el motivo principal de esa locura. Creo que Jack Torrance sufría la impotencia del que aspira a vivir sólo y exclusivamente para la creación, pero que vive soportando a una familia y a una sociedad cada vez más molesta e inoportuna. Jack Torrance encontró en el hotel Overlook la oportunidad de vivir como quería y decidió eliminar, hacha en mano, todo obstáculo que se le pusiera por delante. A Jack Torrance no le sentó tan mal el aislamiento ni la soledad del lugar como dicen, todo lo contrario, creo que le sentó tan bien que se volvió loco de felicidad. Y a eso, exactamente, aspiraba yo.
Así que el lugar me pareció el apropiado, tanto de retiro de verano como de invierno. Los espaciosos interiores de estética setentera y perfectamente enmoquetados con diseño geométrico, el diseño de baños rojos y blancos de la época, la exagerada despensa llena de víveres para todo un invierno y anexa a la cocina con todos los útiles necesarios, junto a las zonas ajardinadas del exterior, laberinto de tuyas incluido, me parecía, además del escenario perfecto para esta película, un lugar encantador para desintoxicarme de pesados e impertinentes.
Tomaba mi aperitivo de las 8 cuando buscaba como loca la localización exacta del hotel Overlook, y después de leer que Shelley Duvall fue ingresada en una clínica psiquiátrica tras el rodaje, que Stephen King se negó rotundamente a la realización de la película por no estar conforme con la adaptación final del guión y que el brazo articulado de una recién estrenada steadycam revolucionaba los pasillos del hotel, me dejé caer patidifusa con parte de mi zumo de tomate cuando leía que mi preciado destino, mi hotel Overlook, no exístia en el mapa, sino que estaba repartido en trocitos por todo el mundo.
Hundida en zumo de tomate, leía, atónita, que el director artístico de la película se pasó meses fotografiando hoteles por América y se construyó un decorado basado en las fotografías que más gustaron. De esta manera, los encantadores exteriores del Overlook están basados en un hotel de Colorado; mi baño preferido rojo y blanco se encuentra en un hotel de Phoenix (Arizona); la fachada principal, mi pasillo de dibujos geométricos, escaleras y salón, en el Timberline Hotel de las montañas de Oregón; el laberinto de tuyas se construyó y se usó durante el verano en los viejos estudios de la MGM y en el plató número 1 de los estudios EMI de Londres en invierno.
Lo último que fui capaz de leer fue que la nieve fue simulada con sal y espuma aplicada sobre las ramas.
Mientras limpiaba la alfombra de restos de tabasco y tomate, pensé que quería que me dejasen en paz y que siempre fuesen las 4 de la madrugada. Que quizá estaría bien que alguien me viniese con un billete de avión a Orlando, dónde no sé si hace frío o calor y dónde, dicen, hay tanta gente con orejas de ratón. Un día pasé por la puerta de una agencia de viajes, compré dos billetes a Orlando y le llamé. Él comprendió que tenía que hacer las maletas.
El cine no es más que una imagen de una imagen de una imagen de una imagen… (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch


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