Entre copas: Pequeños instantes de felicidad

Basada en la novela homónima de Rex Pickett (Sideways), relata la curiosa despedida de soltero de Jack (Thomas Haden Church), un actor fracasado que la semana anterior a su boda emprende un viaje por la California vitícola visitando bodegas y catando vinos con su compañero de habitación de la universidad, Miles (Paul Giamatti), aspirante a escritor y deprimido por no haber superado su divorcio.
Sin embargo las expectativas de cada uno en este viaje resultan ser bien diferentes, tan diferentes como lo que una misma copa de Chardonnay puede evocar a un enamorado de los vinos y a un simple aficionado con más ganas de darse un último revolcón antes de subir al altar que de conocer las diferentes variedades de uva. Así son Jack y Miles, dos hombres corrientes y molientes que nos harán pasar un buen rato con sus personalidades confrontadas.
Pasando de puntillas por la calidad artística cinematográfica, los puntos fuertes de esta película son los efectos rebote entre uno y otro personaje, que salpican a su vez al espectador. Y digo esto porque, en función de su estado de ánimo, ésta puede ser una gran comedia (por algo se ha ganado el Globo de Oro 2005) o puede arrastrar a su público a una dramática posición (sobre todo si es espectadora) de odio hacia los hombres y a la vez añoranza de lo puro del amor. Y es que no es más que la aventura de dos hombres con dispares pretensiones: una loca historia de pasión prematrimonial y clandestina, en la que la extravaganzas de Jack – impulsivo y desvergonzado – nos harán pasar un buen rato, frente al idealismo de Miles, apasionado del Pinot Noir, por lo especial de esta uva, cuyo tacto y breve contemplación le supone ese pequeño instante de felicidad (que pocos sabemos encontrar) ante su desilusionada y frustrada vida: una ruptura sin superar y un libro sin publicar. Y aún conociendo a una estupenda mujer, amiga de la amante de Jack, sigue prefiriendo el Pinot.
Tras una semana de locuras, indecisiones y unos cuantos brindis, afortunadamente para los dos, el viaje se acaba y, aunque con algunos daños colaterales, (al final va a ser verdad eso de que la ignorancia es la felicidad) ambos retornan a su vida real. Una vida con la que cada uno se tiene que conformar – los habrá más y menos autoexigentes – pero que, en cualquier caso siempre brinda segundas oportunidades, a pesar de la suciedad que puedan ocultar las primeras: segundas oportunidades para intentar seguir escribiendo, para atar lazos hasta que la muerte sea la causa de la separación, para desatar aquellos que se habían quedado enganchados y, quien sabe, si volver a brindar acompañado.
© Del Texto: Coletas


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