Supergolpe en Manhattan: Los malos no van al cielo

Desde niño me han gustado las películas de policías y ladrones. Los buenos corriendo tras los malos para dejar las cosas donde deberían estar desde el principio, perpetuas. Los malos intentando repartir el mundo de un modo más justo aunque dudoso, con sus motivaciones, con sus amores verdaderos, con sus cosas de malvados. Además, siempre me gustaron esas películas porque acaban bien. Aunque los malos triunfen acaban bien. Los malos detenidos, por eso, por malos hacen que el final sea feliz. O al contrario. Los malos logrando escapar por ser listos. O muriendo por codiciosos. Los buenos bebiendo una copa tranquilos mientras esperan un nuevo caso por resolver. O huyendo como cobardes. O muriendo como codiciosos de los peores. Todo se mezcla en esas películas, todas las miserias y bondades se presentan dibujando el mundo.
Supergolpe en Manhattan (The Anderson Tapes) es una película entretenida de principio a fin. Los malos son malos; los buenos son buenos; los traidores son solo eso y se merecen lo peor; las rubias son sensuales; las ancianitas son adorables; los tontos lo son de remate; los violentos, despreciables del todo; y el mundo un lugar en el que todo está en su sitio porque, a pesar de lo enorme y caótico que parece, algo funciona y ordena sin parar.
La trama de Supergolpe en Manhattan es precisa y está muy bien trenzada. No hay excesivas vueltas de tuerca para que la cosa funcione (en este tipo de cine suele darse este problema). Sólo las justas.
Los diálogos van de lo profundo (pocas veces, todo hay que decirlo) al chiste; de lo irrelevante a lo esencial; pero encajan bien al acompañarse de la acción con gran habilidad del guionista.
La música (la partitura la firma el mismísimo Quincy Jones) matiza más que bien la imagen. Uno de los asuntos que enfrenta esta película es el uso de la nueva tecnología en la investigación policial (en esos años todo se reducía a micros ocultos del tamaño de una alcachofa, cámaras de seguridad, escuchas ilegales y cosas parecidas que eran el bombazo tecnológico).
Sean Connery está bien. Dyan Cannon está bien. Martin Balsam lo mismo. Alan King acompaña. Y un jovencísimo Christopher Walken ayuda a que todo vaya sobre ruedas.
El caso es que Duke (Sean Connery) sale de la cárcel y lo primero que hace es planear un gran robo en un edificio del East Side de Nueva York. El golpe se planea con cuidado y la ejecución va bien hasta que Duke trata de evitar violencia gratuita y se fía de la voluntad y apariencia de las personas.
Son 95′ de película. Son 95′ de buen cine. Es verdad que no ha envejecido demasiado bien y se ve algo inocente, pero merece la pena. Sidney Lumet fue quien la dirigió y siempre ha hecho buen cine. Suele ser una buena garantía.
Supergolpe en Manhattan, con seguridad, no pasara a la historia del cine como una superproducción inolvidable. Eso seguro. Tanto como que una tarde de domingo, comiendo palomitas en casa (los niños pueden verla sin problemas), se pasará mucho mejor. Un tipo de cine concreto sirve para eso. Y está muy bien que así sea.
© Del Texto: Nirek Sabal


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