Solo en el cine

¿Ha ido usted alguna vez al cine solo? Es una experiencia fascinante ¿verdad?
Uno entra en la sala. Apenas hay gente porque es un día de diario. Dos muchachas tienen las piernas sobre las butacas delanteras y comen palomitas. Un tipo está parado en mitad de la escalera pensando en cual de las trescientas treinta butacas libres se sentará. Una pareja se besa sin atender a nada. Ocupa un asiento cualquiera. Las luces tenues le permiten echar un vistazo a los asientos vacíos, a la pantalla blanquecina. Alguien entra en la sala. ¿Será un loco? ¿Será que viene buscando sexo fácil? ¿Tendrá un machete en la espalda con la que descuartizará a los espectadores uno a uno? Comienza la proyección. Siete personas en la sala y ruido de palomitas, papel de caramelo y refresco que se acaba. El caso es que no pasa nada por poner los pies en el asiento delantero. Total no hay nadie. La película es un paquete. Una cabezada. Nadie se enterará. La estridencia de la música le despierta. Es lo que tienen las películas de terror que no valen un pimiento. El director lo arregla todo con ruidos y casquería. Oh, Dios santo. El vigilante de seguridad en la puerta. Mira fijamente. A usted. Pone los pies en su sitio y finge estar más fresco que una lechuga. Durante una escena muy luminosa echa un vistazo atrás. La pareja no está. ¿Tal vez tumbados? Las chicas se besan. El hombre solitario se cambia de sitio. Debe ser que no termina de encontrar un lugar cómodo. Y el posible asesino duerme a pierna suelta. Usted piensa. ¿Qué tipo de gente viene al cine a estas horas y, encima, solo? Acaba la película.
Como las cosas no pueden ser tan extrañas, lo intenta una segunda vez. Al llegar al cine (que está en el culo del mundo) advierte con asombro que la cola de la taquilla es inmensa. ¿Cómo puede ser? Las cuatro menos cuarto de la tarde. Imposible. Se acerca. Cientos de venerables ancianitos esperan su turno. La espera es una tortura. Entra diez minutos tarde. No encuentra una butaca libre y se sienta en las escaleras. La película va de algo, por lo visto, muy gracioso. Los ancianitos se parten de risa. A usted no le hace ni puta gracia. Sentado en un escalón nada le puede hacer reír. Una mujer (ancianita, claro) le dice que allí hay una butaca para usted. El problema es que la mujer está en el otro extremo del cine. Los demás se animan. Pero hombre, no se quede usted ahí, vaya, vaya. Todos los espectadores dejan de mirar la pantalla para mirarle a usted. Por supuesto, va. Es aclamado por el camino. Incluso le ofrecen un bocadillo que no se pueden comer por la dentadura. Acaba la película y los ancianitos tardan tres cuarto de hora en salir. Usted se queda en la butaca. Petrificado. ¿Qué tipo de gente viene al cine a estas horas y, encima, solo?
Pero a la tercera va la vencida. Vuelve a presentarse. Sesión de las cuatro de la tarde. Quiere ver una de dibujos animados. Entra en la sala y siente que todos los padres le miran con desprecio. Se sienta en la localidad que le ha tocado y el padre de familia dice al niño (al que tiene a su lado) que le cambie el sitio. Miradas llenas de sospecha. Parece que se preguntan (todos los adultos) ¿será pederasta este cabrón? Un niño pequeño se pone pesado. Delante de usted. Y con toda su buena voluntad le ofrece un caramelo para que deje de dar el coñazo. Se masca la tragedia. Los padres miran. Y usted, fingiendo un ataque de pis, se despide amablemente y deja su localidad.
¿Qué tipo de gente va al cine a estas horas y, encima, solo?
© Del Texto: Nirek Sabal


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