Un perro andaluz: Una bonita postal

Cuando subía esta tarde de retocar mi peinado, me acordaba de él y de Richard Wagner, de los desayunos con cerveza, las palomitas a medianoche, los labios rojos desde el amanecer, las bicicletas, los para ti, los tangos, las horas, los saxofones y las solapas, las solapas tirantes contra la pared.
No tenía excusa para escribirle, aunque lo prometí muchas veces. Tampoco tenía ninguna esperanza de respuesta. Así que me busqué la excusa de ver Un perro andaluz para escuchar a Wagner, recordarle y escribir con la esperanza de que tal vez él me leyese, algún día, desde algún sitio.
Un ciclista accidentado, una mujer que lo rescata y lo recompone sobre su cama. Unas hormigas corriendo en la mano abierta del ciclista. La axila que se vuelve erizo. Una extraña andrógina atropellada en la calzada abrazada a un cofre con una mano dentro. La excitación sexual en el apartamento, los senos de ella, el desnudo imaginario, el éxtasis, las ganas, la persecución alrededor de una mesa, encima de la cama, tras las cortinas. El piano que arrastra asnos y frailes atados, y…  hacia las 3 de la madrugada un intruso que llama al timbre, la discusión entre los dos hombres. El ciclista con dos libros en las manos y contra la pared es obligado a tirar sus pertenencias por la ventana.
Dieciseis años antes, el hombre ya se había dado la vuelta en la misma pared, pero ahora son revólveres y no libros lo que tiene en las manos. Dispara al otro, que cae muerto, no en el apartamento, sino en un idílico bosque sobre el  cuerpo desnudo de una bonita mujer, que, naturalmente, desaparece, y un grupo de paseantes se acerca a examinar el cadáver, retirándolo después y alejándose en el bosque.
De nuevo, la mujer contra la puerta, sin solapas. Una bonita mariposa sobre ella, el hombre en frente sin boca, la boca que se hace axila, la mujer, que pinta la suya de rojo, que hace una burla, que se marcha. Una bonita playa que encuentra a la salida, un chico atractivo a la orilla del mar que le da la hora. Un beso apasionado y un paseo por la arena dónde encuentran el cofre destrozado y los demás enseres del ciclista mojados de agua de mar. En la primavera, dicen, los dos cuerpos se enterraron en la arena hasta la cabeza.
Ésta me pareció una bonita postal. Para estas cosas es mucho mejor siempre el cine mudo.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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