Jean-Luc Godard: Un encargado para la misión de la búsqueda científica

Digamos, que, para mí, el cine es un instrumento de pensamiento original que está a medio camino entre la filosofía, la ciencia y la literaturay que implica que uno se sirve de los ojos y no de un discurso ya hecho.
Se han privilegiado los derechos del cine y no sus deberes. No se ha podido, o no se ha sabido, o no se ha querido dar al cine la función que se asignó a la pintura o a la literatura. El cine no ha sabido cumplir con sus obligaciones. Es un útil respecto al cual nos hemos equivocado. Al principio se creyó que el cine se impondría como un nuevo instrumento de conocimiento, un microscopio o un telescopio, pero muy pronto se le impidió desempeñar su función y se hizo de él un sonajero. El cine no ha desempeñado su función como instrumento de pensamiento. Porque se trataba cuando menos de una manera singular de ver el mundo, de una visión particular que después se podía proyectar en grande ante varias personas y en varios lugares al mismo tiempo.
Pero, visto que el cine cosechó enseguida un gran éxito popular, se privilegió su lado espectacular. De hecho, este lado espectacular no constituye más que el diez o el quince por ciento de la función del cine: sólo debería haber representado el interés del capital.
Ahora bien, rápidamente, pasaron a servirse del cine sólo en función de sus intereses y no le dejaron desempeñar su función más importante. Se equivocaron.
(Jean-Luc Godard).

Digamos, que, para mí, pueden llegar a convivir todas las formas de expresión posibles dentro del cine y el arte en general. Está claro que cada uno tenemos la nuestra, inevitable y personal, y está claro que todas ellas tienen cabida, pero siempre cumpliendo con sus obligaciones.
Se puede hacer un cine de investigación bajo la forma de espectáculo, o se puede no hacer cine y hacer directa y sencillamente espectáculo.
No me interesa tanto el contenido como las formas, y Godard, en el cine, me parece el más hábil científico de las formas. Capaz de establecer un pensamiento a partir de una imagen de gente leyendo un buen libro en un jardín; de un grupo de snobs comunistas divulgando sus ideas en pizarras; de una encantadora chica americana vendiendo el New York Herald Tribune en los Campos Elíseos; de los 20 minutos de diálogo que le da a Belmondo para convencer a una chica que haga el amor con él…
Porque la intención es filmar cualquier cosa que provoque un pensamiento y Godard lo consigue haciendo películas que se acercan a la vida. La cotidianidad habitual, todo está ahí.
Quizá sería uno muy atrevido si pretendiese hacer una película de una huelga en la que los obreros piden un aumento de sueldo y un aumento de sus posibilidades culturales. Nosotros, los directores de cine, no vivimos el problema, y los obreros, lo que podían haber hecho la película, no saben hacer cine.
Godard define la Nouvelle Vague como una nueva relación entre ficción y realidad. También como la nostalgia de un cine que ya no existe. Resulta, que en el momento en que finalmente podemos hacer cine, ya no podemos hacer el cine que nos dio ganas de hacer cine.
Ellos quisieron hacer clásicos y, ante la imposibilidad, surgió la Nouvelle Vague. Nosotros, a los que nos gustaría hacer Nouvelle Vague, a los que la Nouvelle Vague nos ha provocado las ganas de hacer cine, nos encontraríamos ahora haciendo otra cosa. Quizá una bonita película, una reflexión reformista, pero otra cosa.
Esta reflexión de Godard sobre las formas me parece clave en estos tiempos cinematográficos. Sobre todo, porque cambiar las formas puede llevar milenios, y me parece un verdadero coñazo soportar estas formas durante tanto tiempo. Y porque pienso que el cine en general (con algunas excepciones) vive ahora acorde a su generación: de forma violenta, ordinaria y antiestética.
Nada más lejos de un instrumento de pensamiento. Nada más lejos del cine.
Espero el final del cine con optimismo. (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch


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