El Rito: Miedosa de mala

Pues nada. La gente se empeña en contar, una y otra vez, la misma historia. Y, además, lo hacen utilizando los mismos ingredientes, de la misma forma y con la misma cantinela enana de otras veces.
El Rito es una película que narra la historia de un seminarista en plena crisis de fe. Comunica su deseo de abandonar sus estudios al superior y este le ofrece convertirse en exorcista de la diócesis. Le pide que acuda a Roma para instruirse y allí conoce a un sacerdote viejo que practica exorcismos desde mucho tiempo atrás. El diablo, que como todo el mundo sabe es malísimo, aparece en escena para convertirse en protagonista y destrozar la vida de todos, pero la cosa se le va de las manos y el bien termina triunfando. Más o menos, la trama se podría resumir de este modo. ¿Les resulta familiar? No me extraña en absoluto.
Nada se salva del desastre en este bodrio. Anthony Hopkins no hace gran cosa para arreglar el desaguisado; la música se convierte en un ruido estridente para que el espectador se sobresalte o sienta un miedo atroz ante algo que se parece poco a una película del género de terror; la fotografía es normalucha; la puesta en escena ramplona; el maquillaje justito y el guión nefasto. Tal vez alguien pensó que, anunciando al comienzo de la película que está inspirada en hechos reales, la cosa no necesitaba nada más para que funcionase. Pero, claro, se equivocó. Incluso hay un momento en que (tras un exorcismo, el primero) el cura mayor le pregunta al diácono si esperaba puré de guisantes y cabezas dando vueltas. Sin duda un aviso del guionista: Eh, eh, que esto es real; que esto no es como las cosas de películas. Y sí, es como las películas, como las malas películas.
Si entramos en el terreno de la justificación de la acción el asunto se pone imposible. Dejan caer cuatro idioteces sobre las Sagradas Escrituras y sobre Satán para que todo parezca muy cierto. Así creen que consiguen que lo construido se mantenga en pie. Por supuesto (si es que había algo que mantener derecho) se vuelven a equivocar porque no queda ladrillo sobre ladrillo.
Y si entramos en el terreno de los personajes la cosa se transforma en un chiste. Por ejemplo, aparece en pantalla una periodista que no está poseída, ni es monja, ni es guapa, ni es lista, ni llegamos a saber cómo es su trabajo, ni nada de nada. ¿Para qué está? Ni idea. La meten con calzador diciendo que un hermano se suicidó y que el diablo se lo recordará para que sufra. Pues qué bien. Es un ejemplo, pero no se libra ni uno.
Si Dios existe no debería consentir este tipo de cosas. Casi dos horas aguantando bazofia es mucha tela.
© Del Texto: Nirek Sabal


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