El clan de los sicilianos: El ataque del séptimo de caballería

Hace mucho tiempo, la figura del antihéroe se instaló en la literatura y en el cine. Todo se fusionó en esas nuevas almas de ficción. Los buenos ya no ganaban a los malos porque las batallas eran interiores y estaban perdidas de antemano. Es como si el séptimo de caballería hubiese dejado de cabalgar y con ello nuestras esperanzas de felicidad, de amor idílico o amistad eterna (al menos al enfrentarnos con las historias inventadas). Y es que las parejas ya no se formaban con seres deliciosos sino que parecían de carne y hueso, con sus miserias a cuestas, con los mismos problemas que pudiera tener cualquier espectador. También, con ello se escapaban los sueños llenos de príncipes azules y damas hermosas dispuestas a convertir el mundo en algo idílico y posible. Hasta los amigos podían ser traidores a cambio de una cosa pequeña. Un asco.
A partir de ese momento, la ficción servía para que viéramos un reflejo del hombre sin futuro cierto.
Antihéroes por todas partes. Nosotros en pantalla. Los buenos convertidos en la misma cosa. Pero antes, en un tiempo ya remoto, hubo indios y vaqueros, villanos y héroes, cacos y policías, el mal era aplastado por el bien. Existía esperanza aunque fuera falsa y utópica.
El Clan de los Sicilianos es una película en la que los malhechores son castigados. Los policías no se dejan corromper a las primeras de cambio. Poner los cuernos tiene malas consecuencias. Robar es un delito que no tiene ni pizca de gracia. Y el que escapa tiene un recorrido muy cortito.
Además, es una película excelente. Porque las interpretaciones de Alain Delon, Jean Gabin y Lino Ventura son sobresalientes. Porque el guión está perfectamente diseñado para que la tensión narrativa no tenga altibajos y hasta los topes de frases justas que se hacen inmensas con los silencios adecuados. Y se hacen grandes con la fotografía. Porque la fotografía, que busca un realismo absoluto logra presentar cada secuencia con precisión. Y porque todo está en su sitio. Nada de alardes innecesarios ni rellenos irritantes.
Roger Sartet escapa de un furgón policial con la ayuda de Vittorio Manalese y sus hijos (mafiosos, claro). A partir de ese momento, comienza a planearse un golpe sin precedentes. Sartet tiene información privilegiada que le ha proporcionado un compañero de celda. Los personajes dejan ver su violencia desproporcionada (Sartet), el oficio del criminal tranquilo (Manalese); se enfrentan dos formas de delinquir. La tradición frente a las prisas de la juventud. Todo podría ser perfecto, pero pronto sabemos que con los ingredientes que van acumulándose la cosa se complica. Cuando aparece la nuera del mafioso (Irina Demick) y su primera mirada cruzada con Sartet, presentimos que es cuestión de tiempo que todo se convierta en desastre.
Son 117 minutos de metraje que no permiten viajes al baño o distracciones con moscas impertinentes.
El séptimo de caballería disfrazado de cuerpo de policía atacando sin dudarlo. Y los malos corriendo asustados, sabiendo que no hay futuro posible siendo malos.
Merece la pena sentarse frente a la pantalla y dejarse llevar.
© Del Texto: Nirek Sabal

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