El discurso del rey: Inseguridades

¿Quién no ha temido hablarle a una muchedumbre alguna vez? ¿Quién no se ha quedado en blanco por culpa de eso que llamamos pánico escénico? ¿Quién no la ha cagado a la hora de lanzar un discurso?  Creo que nadie. Todos hemos pasado por esos momentos desde que íbamos a la escuela, era puro miedo el tener que exponer unas ideas, un tema específico o el mero hecho de que estuvieran pendientes de ti cerca de 40 compañeros en un mismo aula, y un profesor también. Terror a caer en el ridículo, o en todo caso, aburrir a los demás. Lo cierto es que muchas veces esos miedos no se van ni siquiera en la madurez, como nos demuestra la historia de esta película basada en una pequeña (y casi desconocida) parte de la vida del monarca Jorge VI de Inglaterra, un hombre que padecía de un tartamudeo feroz y un miedo ininteligible a expresarse en público, o incluso hablar abiertamente de sus sentimientos. Un rey que fue coronado tras la muerte de su padre, Jorge V, y la abdicación de su hermano, Eduardo VIII. Todo ello a marchas forzadas y sin quererlo. Una persona que arrastró gran parte de su vida un absoluto complejo de inferioridad y que logró superar gracias a otras personas, su amada Isabel II (que sería la futura reina madre), y sobretodo, un hombre en la sombra: Lionel Logue, logopeda de profesión. Gracias a estas dos últimas figuras, el monarca inició un viaje en búsqueda de una seguridad y autoridad que necesitaba para hacer frente al poder nazi que se extendía en la década de los treinta y ya con la guerra en los 40; un viaje hacia sus frustraciones más profundas, aquello por lo que se quedaba paralizado y que Lionel libera de manera asombrosa en esta minúscula aunque importante parte de su vida; un viaje de aceptación de lo que realmente es, un hombre más en el mundo.
Es destacable la crítica que, en parte, se hace durante gran parte del film a la aristocracia inglesa, a todo aquello que viene de lo que llamamos sangre azul, ya que todos los personajes de esta clase social se retratan de una manera prácticamente burlesca, con grandes complejos y manías, con demasiados miedos a todo aquello que le rodea y que no responde a su autoridad, de cómo unos hombres con muchísimo poder son, en el fondo, seres inferiores. Para quien la haya visto, le recomendaría que volviera a ver la escena donde Jorge VI y Lionel se ven por primera vez (en la consulta del mismo logopeda), que viene a dar muestra de lo que resumo en líneas anteriores. Cambiando de tercio, lo que el director Tom Hooper nos propone es una película para dejarnos llevar por la ambientación de los años treinta londinenses, de preciosa factura, con unos decorados cuidados al detalle, con una recreación histórica envidiable (trajes, peinados, caracterizaciones), adornado con una planificación compositiva casi perfecta (algunas veces parecerá que estemos viendo lienzos), una música de corte clásico donde primará el piano como instrumento central creada por Alexandre Desplat, y sobretodo, una obra sustentada en todo momento por las magníficas interpretaciones de Colin Firth como el monarca tartamudo y Geoffrey Rush como su asesor y logopeda, dos actores en estado de gracia que hacen que no decaiga una historia con un guión que en manos de otros actores podría llegar al tedio, ya que éste discurso no da para más. Michael Gambon, Helena Bonham Carter o Guy Pearce vienen a completar el reparto.
En definitiva, estamos ante una cinta que podríamos definir como cuento bonito, que no daña la vista ni el cerebro, pero que no viene a contar nada nuevo, es el biopic que toca tragarse todos los años, con un duelo interpretativo soberbio que se llevará muchos premios y que será olvidada este mismo año o en los siguientes. Una pena. Bueno no, no es una pena. Yo me he divertido de lo lindo viendo actuar a Geoffrey Rush, porque ya salga en un castañazo o en una peli de puro entretenimiento, lo borda con su carisma. Otro apunte más: queda terminantemente prohibido verla doblada al castellano, bueno, eso y todas las películas que no sean de habla hispana, las obras hay que verlas tal y como se conciben. Y ya solo me queda decir una última cosa: God save the quee….the King.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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