127 Horas: Del egoísmo al existencialismo

Cuando era pequeño, en una de esas típicas excursiones del colegio donde los más gamberros hacíamos de las nuestras perdidos por el monte, me dio por alejarme de mis amigos, mis compañeros y antes de todo eso, de los profesores. Y sin avisar. Mi afán por descubrir en soledad lo que la naturaleza me deparaba me hacía tanta ilusión que dejaba incluso mi mochila con lo necesario y me largaba a investigar por los bosques montañosos en busca de sitios con los que maravillarme. Huir del ruido y encontrarme el silencio, para muchos un silencio aterrador, pero para mí tenía un cierto encanto. Creía ser parte de un todo. Hasta que caí rodando por un barranco de tierra húmeda y resbaladiza. Y no había otro camino para volver que escalar aquello de nuevo. El mundo se me venía encima y antes de las cinco de la tarde tenía que llegar al campamento antes de que los profesores empezaran a reunir a los alumnos, contarlos e irse en el bus. Tenía muy pocas horas. Y no lo pensé ni un momento. Tenía unos siete u ocho años. Tuve que arrastrarme hasta arriba a través de raíces y tierra mojada, dejándome en el intento las manos ensangrentadas. Vi mi corta vida pasar, y cada vez que miraba abajo rezaba para no caer y partirme la crisma. Al final lo logré. Diez minutos antes de la cinco. Oculté como pude mis heridas, y nadie, ni siquiera mis amigos o mi familia lo supieron. Ni lo saben, y si leen esto, bueno, nadie es perfecto, quiero que sepan que no quería preocuparlos. Solo sé que después de aquello me alegré por estar vivo y ver a mi gente.
Algo parecido (y mucho más duro) le pasaría a un tal Aron Ralston allá por 2003, un hombre como otro cualquiera que un buen día decidió largarse de casa e irse por los cañones de Utah a vivir un poco, eso si, le gustaba la escalada y los deportes de riesgo. En una de su incursiones por una grieta en la tierra, acabó cayendo y siendo atrapado por una roca. Bueno, más bien su brazo. 127 horas estuvo el hombre atrapado, a punto de morir hasta que se lo amputó. Su error, no haber avisado a nadie de dónde iba antes de salir. Nuevo film de Danny Boyle donde nos relata un acontecimiento real desde su punto de vista, un autor que a lo largo de sus obras (Trainspotting, Millones o Sunshine) critica los tiempos modernos en los que vivimos, la sobresaturación de información, las masas sin sentido ni objetivo, la rutina del día a día, estrés y en definitiva, el egoísmo que todo ello genera. Y de ahí sobresale nuestro protagonista, alguien completamente egoísta sin darse cuenta de ello, que huye de una realidad asfixiante, que escapa del núcleo urbano a la naturaleza, al silencio más absoluto. Es un relato que aboga por un sentido optimista de la vida, una corriente existencialista (bebedor de las filosofías de Sartre o Schopenhauer) basada en que el ser humano está aquí para algo importante por muy nimio que sea el objetivo, disfrutar de lo que se nos ha concedido, y en libertad, crear y darle un significado a todo lo que nos rodea, sabiendo en todo momento que el individuo es el único responsable de sus actos, y aquí aludo al tan manido Yo soy yo y mis circunstancias de Ortega y Gasset que todo pseudointelectual utiliza para dárselas de interesante. Por eso en este film asistiremos tan solo al momento en que un hombre tuvo que luchar contra la naturaleza, pero sobre todo, contra sí mismo. La historia de Aron es la búsqueda de lo que de verdad tiene importancia, que no son más que las personas que nos rodean, los amigos, la familia, y todo aquello que no queremos ver, pero que nos acompaña cada día, una gota de agua, el roce de tu gato contra la pierna, una caricia de la mujer amada, un amanecer. Los buenos momentos que hemos vivido y no le vimos ni supimos darle ninguna trascendencia. Sólo se la vemos cuando estamos en un límite entre la vida y la muerte. Eso es el egoísmo del hoy. No saber apreciar lo que de verdad es bueno. Nuestro héroe a lo largo de su periplo y mediante recuerdos y ensoñaciones se dará cuenta de lo que es y de lo que fue, y de lo que necesita cambiar para ser alguien mejor, alguien de provecho, alguien importante.
Hablando más técnicamente de la película, James Franco como el sufrido Aron Ralston simplemente está magnífico y se erige como un grandísimo actor que tiene delante de sí un muy buen futuro. El film es impactante a nivel visual, como todo lo que realiza Danny Boyle, siempre con tonos cálidos, movimientos de cámara imposibles, sus  típicos planos aberrados, y no falta (como de costumbre) un montaje de estilo videoclipero para transmitir ciertas ideas al espectador. Así como una cuidada utilización de la música en todas sus producciones, esta vez a cargo del compositor A.R. Rahman, con quien ya trabajó en su anterior film, Slumdog Millionaire, y que en ésta lo borda. Y ya para terminar, si al final de todo, cuando escuchen el tema de Sigur Ros, Festival, no sueltan una lagrimilla, me da a mí que el pesimismo y la indiferencia es más grave de lo que pensaba. Eso es que están definitivamente enfermos.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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