feb 21 2011

Cisne negro: La ambigüedad del ser

Hay razones para esperar que mi experiencia fuera, total o parcialmente, una alucinación; una alucinación que, de hecho, puede achacarse a no pocas causas. Y sin embargo, su realismo fue tan espantoso que, a veces, encuentro tal esperanza imposible.
Estas palabras que releo y resuenan en mi cabeza las escribió H.P. Lovecraft hace más de medio siglo en un relato llamado La sombra más allá del tiempo. Cuán cerca estaría de lo que nos propone Aronofsky con su versión de El lago de los cisnes en su nueva película, Black Swan (Cisne Negro). Sombras, sombras y más sombras.
El argumento nos relata el día a día de una bailarina de una compañía de ballet llamada Nina, obsesionada completamente con su trabajo y el mundo de la danza. Un día conoce a Lily, una nueva compañera con la que empezará una extraña relación de amistad que se desvirtuará por el camino cuando a Nina la elijan como protagonista para la nueva versión de la obra de El lago de los Cisnes de Tchaikovsky.
El director Aronofsky (Requiem por un sueño, El Luchador) sostiene así un relato que habla sobre la competitividad del ser humano, las ansias por poseer, la ambición desmedida, la envidia que corroe por las entrañas a cualquiera, ese egoísmo impreso y finalmente, la pérdida de la inocencia. Nos cuenta cómo el afán por ser el mejor en todo logra hacer caer a una persona en un auténtico infierno de forma física pero sobre todo y lo más importante, psíquicamente. Por ello, en la película que nos ocupa, siempre habrá una fricción entre qué es real y qué no lo es (gracias a la utilización de elementos oníricos) a medida que transcurre una obra que absorbe por su oscuridad, que deja al espectador en estado de parálisis desde el primer minuto, ya sea por su espectacularidad visual y narrativa, o ya sea por el reflejo de nuestros corazones en una pantalla gigante. Es un film sobre la envidia como un elemento desvirtuador de toda personalidad: consigue lo que deseas, y lo que otros desean antes que tú y te crearás enemigos a la vuelta de cada esquina, y éstos a su vez te obstaculizarán el camino de alguna manera, ya sea porque se aburren con sus vidas o porque en realidad no tienen ningún talento, pero de lo que uno puede estar seguro es de que si alguien te jode, es porque está tan podridamente frustrado que no sabe otra cosa que extrapolar sus sentimientos negativos hacia los demás. ¿Y qué se consigue? A veces, el envidioso pierde. Otras, es el envidiado el que se ve atrapado al borde de un abismo en el que acaba cayendo de manera inevitable; inevitable por la soledad adyacente en todo momento, porque toda persona no puede luchar en solitario, ninguna, ni siquiera contra sus demonios interiores. Es cierto, muchas veces se cae a un abismo tan oscuro como la pluma de un cisne negro, y es en esa oscuridad donde el envidiado se pierde en una jauría de grillos y parásitos, viendo lo que no hay, creyendo en una verdad que no es tal, ahogándose en un estanque de agua envenenada. Y qué mejor que contar todo esto con el trasfondo de El lago de los cisnes, obra sobre la caída de un ser que una vez quiso amar y le engañaron. Sigfrido y Rothbart, Odette y Odile. Esa ambigüedad recalcitrante grabada a fuego durante la obra de Tchaikovsky, y que a su vez ha usado con maestría Arofnosky, no ya en términos narrativos, sino simbólicos (Nana y Lily, Odette y Odile por ejemplo); o en los componentes del decorado, fotografía, vestuario y dirección artística que juegan entre el negro y el blanco, la oscuridad como un elemento negativo, poderoso y tentador del ser; y la luz blanca como el elemento purificador, la sensatez o la inocencia en su máxima expresión. Un viaje a los infiernos del corazón humano y a ese yo que nunca queremos dejar salir al exterior, de cómo la oscuridad absorbe la luz hasta el punto de destruir lo que un día fue algo bello, maravilloso, puro, dejando nada más que un destello agonizante. Natalie Portman como la bella Nina sostiene, gracias a su destreza interpretativa, una obra que está llamada a ser un clásico instantáneo por lo real de la propuesta, porque habla de los tiempos que vivimos, unos tiempos de competitividad destructiva y autodestructiva. Otra cosa a destacar es el enfoque que da Aronofsky (y en cuyos anteriores films ya hablaba del tema) al sexo, las drogas y el alcohol como la baza para pasarse, por decirlo de un modo coloquial y freak, al lado oscuro del ego. Esa tentación que todos tenemos delante y con la que a veces nos dejamos llevar más de la cuenta y acabamos perdiendo el norte, o dicho de forma más explícita: el sentido del deber, de la verdad y de la realidad.
En definitiva, estamos ante una obra que dará que hablar, que retrata la sociedad de una manera agresiva, frívola y desvirtuada. Una sociedad carente de principios, sin ilusión, sin personalidad, con unos objetivos enfocados a la simple satisfacción egoísta. Por esto y por más, recomiendo encarecidamente su visionado no solo una, sino dos y más veces.

Puede que los que me lean digan que soy demasiado moralista, incluso hiriente, muchos/as dirán que soy infantil. A veces me han llamado predicador. Y han llegado a decirme que me repito demasiado. Si, me repito y mucho. Ahora mismo lo hago con esta reseña. Me gusta y la verdad es que me da realmente igual. Pero probablemente es porque Arofnosky y yo, en el fondo, pensamos lo mismo (y eso que lo odiaba). Y como cualquier autor a lo largo de su obra, su mensaje es repetido de mil formas distintas, pero aún así, sigue siendo el mismo mensaje. Pero al contrario de lo que sufrió la bella Nina, y que puede que haya sufrido el director del film, y que en parte sufrí a lo largo de mi vida (algún día haré mi propio biopic), yo no caeré ni me condenaré. Está de moda condenar y condenarse. Yo, como Kubrick en Eyes Wide Shut diré que hay algo más importante que debemos hacer, y me preguntaréis qué es. Yo os responderé sin vacilación: Follar.
Posdata, Clint Mansell es Dios.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

Imagen de previsualización de YouTube


feb 21 2011

Fuego en el cuerpo: La asfixia del calor humano


Bajo los efectos de una inolvidable melodía de John Barry, Lawrence Kasdan nos cuenta la intensa historia de deseo entre Ned Racine, un abogado vividor y mujeriego de un pequeño pueblo de la costa y Matty Walker, una misteriosa y atractiva mujer casada con un rico empresario al que deciden asesinar para poder disfrutar libremente de su relación, y, de camino, quedarse con la suculenta herencia.
Una calculadora y ambiciosa Matty Walker logra embaucar al abogado Racine, al que arrastra hasta el asesinato, sin contar con que ella también acabaría loca por él. Aún así, Matty no renuncia a sus ambiciones y sigue adelante con su plan, dejando a su amante entre rejas y largándose ella con la fortuna a un país exótico como tenía planeado.
Si bien la trama no se diferencia mucho de otras historias del cine clásico negro, sí me gustaría destacar la agobiante atmósfera  que se recalca constantemente de ese verano tan anormal de exageradas temperaturas, dónde desde el principio aparece el fuego como protagonista cuando, en la primera escena, Racine contempla por la ventana como se quema su pasado, hasta el final, cuando es testigo de la explosión dónde supuestamente muere Matty. Este fuego que rodea a los personajes y que está presente en toda la historia, destacando la escena en que Racine y Matty se conocen durante un caluroso concierto de abanicos junto al mar, es lo que yo creo más significativo de este thriller. Este fuego es el verdadero protagonista de la película. Las distintas formas internas que toma un mismo calor físico, el motor que mueve a cada uno, ya sea sexual o económico. La fuerza de la codicia, de los sueños por cumplir, de las obsesiones.
Herencia, cigarrillos, falsa identidad, pasado oculto, sombrero, John Barry, despacho atestado de humo, descapotable, pueblo en la costa, sudor, campanillas en la terraza, ventiladores en el techo, bañera con hielo y una mujer que sueña con ser rica y vivir en un país exótico. Bonita película y bonito sueño.
© Del Texto: Sonia Hirsch

Imagen de previsualización de YouTube