Un día en el cine: Quiero matar a alguien

Ayer estuvimos viendo la magnífica Enredados. Pero como ya se ha dijo todo lo que era necesario sobre la película en este blog, hablaré de la vergüenza que pasé en la sala de proyección.
Ciné Cité. Méndez Álvaro. Sala cinco. Sesión numerada. Seis y media de la tarde. Las taquillas hasta los topes. Y las dos (sí, dos) máquinas en las que se pueden recoger las entradas reservadas a través de internet, hasta los topes también. Me quedo esperando mi turno mientras mi mujer va a intentar comprar palomitas y refrescos. Yo tardo veinte minutos en llegar a las máquinas dichosas. Ella y los niños no logran comprar palomitas. Un solo mostrador (el resto sin servicio), cientos de personas. Convencemos a los críos que, aburridos, acceden a entrar en la sala sin palomitas, sin agua y cansados de esperar.
He dicho sala cuando debería haber dicho estercolero. Palomitas en los asientos, en el suelo. Vasos en los asientos, en el suelo. Cada pisada era un chof. No sabría decir si se pisaban restos de comida, de comida o restos humanos. Una madre (en la fila anterior) dice a sus hijos que no apoyen la cabeza en el asiento mientras se queja de lo asqueroso que está todo. Nos sentamos con cara de asco y nos preguntamos sobre el paro en España. En ese cine caben unos cuantos desempleados. Faltan personas en los mostradores, en el servicio de limpieza y algún acomodador (de los antes) que ponga orden. Porque lo peor está por llegar.
Comienza la película. Entran tres maleducados (sus niños ya están sentados con las mamás) cargados de palomitas y refrescos. Se pasean por su fila diez minutos. Sí, diez minutos repartiendo la compra. Y no crean que se agachaban o algo. No, no. Como si estuvieran en su casita. Tranquilos. Cuando se sientan, el tipo que hay detrás ¡¡hace una llamada desde su teléfono!! Increíble, pero cierto. Cinco minutos. Un niño con un catarro de mil demonios no para de toser durante toda la proyección (¿no estaría mejor en la camita?), si los niños hablan allí no hay un padre que les invite a estar en silencio. Un auténtico desastre. Y, todo esto, entre porquería y soportando un olor a ñu que jamás olvidaré.
Desde luego, no volveré a pisar ese cine. Pero, además, se me están quitando las ganas de ir a cualquier otro para soportar como comentan la película los de la butaca de al lado, para escuchar cómo suenan las patatas fritas al crujir, para soportar la mala educación de los bobos que no saben guardar las formas durante hora y media. Es vomitivo, de verdad. Luego dicen que ya no vamos al cine. ¿A quién le gusta acudir a lugar de irritación?
Aunque (estás son las buenas noticias) a pesar de estar rodeado de chusma, disfrutamos de una película encantadora, entrañable, divertida, inquietante, una película que aporta a uno de los personajes más malos de la historia de la animación, de una excelente banda sonora. No se pierdan la historia de Rapunzel. Es extraordinaria.
© Del Texto: Nirek Sabal


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