feb 12 2011

Battle Royale: Instinto asesino

Recuerdo que mi infancia terminó con un acto de violencia. Lo mismo podría decir de la adolescencia. Puede que incluso esos hechos hayan marcado en mí cierta psicopatía a la hora de entablar relaciones de cara a los demás, sobretodo ahora, después de haber vivido muchas y disparatadas aventuras para bien o para mal;  como también acrecentar mi degustación de películas donde la brutalidad y la sangre están a flor de piel, la violencia como el instinto más terrenal del ser, el más deleznable de los defectos, pero a la vez el más humano. No, no estoy loco aunque lo parezca, piensen en ello. Sólo tienen que echar un vistazo a nuestra Historia, desde que el hombre tiene consciencia de sí mismo. ¿Qué es lo que ven? ¿Progreso? Yo no lo veo así. Veo hombres matando a hombres, de un modo u otro, por un motivo o sin él. Victoria o derrota. Honor o humillación. Esas cosas. Estupidez vs. Estupidez. No importa el contexto histórico porque la historia es siempre la misma.
Desde luego, el cine no se iba a quedar corto ante semejante idea. Y así, en pleno cambio de milenio donde el buenrollismo generalizado daba náuseas, surgieron películas como esta de la que les hablo, Battle Royale. Encumbrada ya como pequeña obra de culto después de una larga década, es un clásico que por h o por b siempre me motivará, no sólo por la sangre sino por lo macabro de su argumento, el cual nos sitúa en el Japón de un futuro cercano con un régimen totalitario donde los jóvenes han perdido el respeto por todo y hay superpoblación. En esto que se aprueba una ley que da pie al título del film para escarmiento del sector más puramente adolescente, cuyo objetivo es elegir a una clase al azar de un instituto cualquiera y llevarlos a una isla abandonada donde tendrán que matarse unos a otros. Eso si, hay reglas de juego para darle un poco de consistencia y nerviosismo. Unos collarines controladores en el cuello que explotan si intentas quitártelo o no te mueves de tal zona o si intentas escapar de la isla, las armas te las dan al azar, tienes tres días para matar a todos tus compañeros y lo más importante: sólo puede quedar uno.
No es una película con un gran guión, ni tampoco con una buena fotografía, ni siquiera los protagonistas logran empatizar con nosotros (a excepción del malo de turno, un repetidor, el actor Masanobu Ando haciendo del frío Kazuo Kiriyama, y el gran actor y director Takeshi Kitano como profesor que está hasta los mismos de la niñatería andante), es un film donde la idea inicial eclipsa todos los defectos posteriores, es más, es un experimento sobre el espectador el cual lo que desea en el fondo es que nadie se salve porque son todos tan estúpidos que dan ganas de que sufran y tengan una muerte lenta y dolorosa, y más con esas sobreactuaciones (que a decir verdad, los únicos que están naturales son los dos actores antes mencionados), el fallecido director Kinji Fukasaku simplemente va a lo que va, directo como una bala, a lo más hondo de las entrañas, sin artificios ni pedanterías y en ese sentido es bastante humilde. Ofrece lo que promete, y punto. Y si empiezas con el Requiem de Verdi, mil veces mejor. Casi lo podría catalogar de visionario (por la llegada del nuevo milenio y lo que tendríamos que aguantar estos diez años), en definitiva, la caída del ser humano (aún estamos en proceso de ello, no se alteren). De todas formas, no voy a quedarme con lo negativo de la propuesta ni la parte más frívola y explícita, porque la película da esperanzas. Sí, aunque no lo crean, también es un canto a la vida, es una historia donde nos cuenta que las únicas personas que se salvarán son aquellas que se mantienen ajenas al rencor y el odio, las personas inocentes que no hacen ningún mal, las que no quieren ni van a matar, la gente con principios morales. Tómense la metáfora que les lanzo con sutileza de la forma que prefieran. Y luego reflexionen sobre sus vidas.
Para ser realistas, no sé por qué esta cinta tuvo éxito, quizás por la locura de su propuesta, quizás porque su novela tuvo éxito antes que ella, quizás por todo el merchandising generado a raíz de ello y que hizo furor, no lo sé. O probablemente hubiera muchos jóvenes, que al igual que yo, querían ver a unos cuantos compañeros sufriendo de verdad por todos los males que hacían. Aún hoy sigo pensándolo, y en estos tiempos donde la tontería está a la orden del día, no vendría mal volver a repasar este clásico moderno. Porque, para ser sinceros, y estando en la Universidad, ¿quién no ha resoplado cuando algún compañero pregunta una tontería tras otra? ¿O en el instituto cuando algún majadero putea a otro compañero y no puedes defenderlo porque se te echan veinte coleguitas del abusón encima?
La violencia solo genera violencia. Pero también la paz genera violencia, o peor aún, lo que lleva a ella son defectos como la envidia, el rencor o los celos. El ser humano siempre se buscará una excusa para ser mejor que el otro, superar al de al lado, y así indefinidamente hasta que no quede nadie en este maldito planeta. La vida es un juego. Hoy, la lección es: mataos los unos a los otros. Podéis empezar.
© Del texto: Gwynplaine Thor

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