Eva al desnudo: La normalidad de lo extraño

El último recuerdo que conservo de Eva al desnudo fue un fugaz viaje de quinientos kilómetros que recorrí con la película en mi bolso y con mucho dinero escondido dentro de ella. Ni la película ni el dinero volvieron conmigo. Pero yo me había propuesto esta mañana perder la memoria por un buen rato. No quiero quebrarme la cabeza, lo que quiero es un trago.
Los interesantísimos perfiles psicológicos de Eva Harrington y Margo Channing se ajustan, sin desperdicio, a la ingeniosa película que hizo J.L.Mankiewicz basada en la historia real vivida por la actriz  Elisabeth Bergner cuando contrató como asistente personal a una joven admiradora que más tarde intentó destruir su carrera.
El guión, que según Bette Davis, fue uno de los mejores que había leído nunca, muestra, de forma elegante, sarcástica y profundamente perspicaz, la ambición personal más despiadada y el ansia por la influencia y poder desde la postura más ruin y despreciable tras la máscara de una joven Eva Harrington, muchacha de falsa identidad que logra colarse en el camerino de la inefable Margo Channing y convertirse en su máxima confidente hasta arrebatarle el puesto de actriz principal en la obra de su vida.
Con una sutileza extraordinaria digna de seis oscars, la muchacha del corazón de alcachofa, se saltó a toda prisa los peldaños de la escalera del éxito dejándose en ellos todo lo que luego necesitó estando arriba, llevándose por delante a la obsoleta Margo Channing, obsesionada por los años y el paso del tiempo, que acaba desmelenada como una energúmena y gritando hasta el límite de su voz. Retrato este del mundo del teatro como una raza aparte de la humanidad, de personalidad desplazada e ilusoria, dónde los premios se los colocaban dónde debían tener el corazón.
Dos mujeres de perfiles psicológicos inverosímiles, con tres anormalidades en común: un desprecio infinito por la humanidad, una incapacidad desesperada por amar y ser amadas y una insaciable ambición y talento. Y yo las adoro por las tres.
Del resto de mi viaje ya ni me acuerdo.
© Del texto: Sonia Hirsch

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