Leaving Las Vegas: Lo sucio del amor

Remover la zona oscura de la vida puede ser peligroso y, sobre todo, doloroso. Pero esa zona existe y conviene no negarla por sistema. Existe y es donde residen un buen montón de personas de todo el mundo. Existe y es donde estaremos; antes o después, poco o mucho tiempo; los privilegiados que vivimos en el lado amable de todo este lío.
Lo que tiene que ver con la prostitución, el alcohol, el dinero y el juego, forma parte de ese territorio. Pero también se incluye en el paquete el amor, el poder, el dinero, el lujo y alguna cosa más que se considera luminosa. En cualquier lugar encontramos unas cosas mezcladas con las otras.
¿Deja de ser bello el amor mezclado con grandes dosis de alcohol de violencia o de depravación? ¿Es terrible y nauseabundo el amor cuando un alcohólico y una prostituta se enamoran?
Viendo Leaving Las Vegas todas estas preguntas se suceden. Escena tras escena. El estómago revuelto. Al mismo tiempo, un intento de ternura en la punta de la lengua.
Leaving Las Vegas es una película con un guión bastante limitado y una banda sonora notable. Es una película que, sin embargo, crece desde la primera secuencia gracias a la interpretación de Nicolas Cage. Posiblemente, lo mejor que ha hecho en cine. A pesar de que el personaje invita a la falta de contención interpretativa, Cage es capaz de entender a un alcohólico completamente desbocado, en el límite de lo que un ser humano puede llegar a aguantar. Su trabajo es impecable. Su compañera de reparto, Elisabeth Shue, mantiene el tipo con bastante solvencia ante el despliegue majestuoso de Cage aunque no está a la misma altura. El trabajo de dirección de actores a cargo de Mike Figgis (con ambos) es sobresaliente.
¿Dónde se encuentra la línea que separa la posibilidad de una vida en la que existe una normalidad y el infierno en el que se diluye todo lo bueno para convertirse en un horror constante? Esa es la pregunta. La respuesta la encontrarán en Leaving Las Vegas.
Una advertencia. Se trata de una historia muy dura y muy poco digerible. Más por lo que el espectador puede imaginar que por lo que se ve. Si no están dispuestos a pasar un mal rato, es mejor que ni lo intenten. Pero no estaría mal que, de vez en cuando, todos nos asomásemos a ese espacio tan real como odioso. A la zona oscura (esa en la que el amor o cualquier tipo de belleza convive con lo soez, lo vomitivo o lo desagradable), la zona oscura que acecha.
© Del Texto: Nirek Sabal


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