Mother of Mine: Duda envuelta en papel dorado

¿Cuántos puntos de vista puede tener una historia cuando hablamos de cine? Pues tantos como espectadores vean la película en cuestión. ¿Cuántos puntos de vista pueden tener una historia cuando no hay cámaras, ni actores, ni guiones ni nada? Pues, por lo general  sólo debería tener el de sus propios protagonistas sin que el resto debiera importar demasiado.
Para formarse una opinión, sobre todo cuanto tratamos cuestiones íntimas, personales, de las que forman callo, es preciso estar remojado por ellas. No ser simples espectadores, contrariamente a lo que ocurre en el cine. El cine puede proporcionarnos todos los datos y su director nos coloca donde crea que debe hacerlo, ofreciéndonos toda la información que nos lleve hasta ese lugar al que quiere que lleguemos. Sin embargo, en la vida fuera de las pantallas, cada uno nos posicionamos donde podemos, teniendo en cuenta lo que tenemos. Por eso es tan fácil posicionarse ante una historia contada en el cine y es tan difícil hacerlo ante las historias de la vida real.
Mother of mine es la historia de varias personas: un niño, una madre biológica y una madre en acogida. Es una historia sobre cómo colocarse ante las verdades dichas a medias, las mentiras eternas, el egoísmo, el abandono, la trascendencia de las decisiones adoptadas, sobre como asumimos nuestra vida y sobre la culpabilidad. Una historia dirigida por Klaus Häro que en su día fue galardonada con el Oscar a la mejor película extranjera, pero que pasó sin pena ni gloria por las salas de cine.
La historia nos sitúa en Finlandia durante la Segunda Guerra Mundial. Ante el avance del conflicto, cientos de miles de niños finlandeses fueron enviados a Suecia para evitar que sufrieran las consecuencias de la guerra. El protagonista es Eero (Topi Majaniemi), un niño de nueve años. Su padre muere en el frente y la madre, Kristin (Marjaana Maigala), ante la imposibilidad de cuidarle, decide enviar al niño a Suecia que permanece neutral en el conflicto. Eero, se siente responsable de su madre, no quiere dejarla. Durante la travesía, Eero tomará conciencia que su vida no volverá a ser la de antes. Los niños más pequeños, los de sonrisa más bonita, irán desapareciendo a medida que las familias suecas los van acogiendo, todos quieren ser adoptados, ninguno quiere ir a un orfanato, salvo Eero que sólo piensa en volver a Finlandia. Sin embargo, su destino va a ser una familia que perdió, años antes, una hija que se ahogó en el mar. El matrimonio Jönsson acogerá al niño en su casa. Sin embargo, la decepción de Signe (Maria Lundquist) que esperaba recibir a una niña, que va a compensarla de la perdida sufrida, no facilitará, inicialmente, la relación entre ellos. La imposibilidad de comunicarse no surge sólo del desconocimiento que uno y otro tienen de sus respectivas lenguas, sino de la distancia emocional en que se mantienen. Ambos se miran desde la distancia, sin comprometer los sentimientos de uno respecto a los del otro. Con la intervención del esposo Hjalmar (Michael Nyquist), que con paciencia infinita irá introduciendo al niño en la vida del a granja, en su entorno, propiciará un acercamiento entre Signe y Eero. Sin embargo, el acercamiento entre ambos se irá produciendo poco a poco, hasta el día que el niño descubre una carta de Kristin dirigida a Signe en la que les pide se ocupen de su hijo pues ella se ha enamorado de un soldado alemán. Sin embargo, al poco tiempo, cuando Eero y Signe han construido un vínculo de apego absoluto, la madre Kristin, escribe para que el niño vuelva con ella. La vida no será fácil entre la madre y su hijo. Algo se quebró en el camino que no va a poder reconstruirse.
La película empieza con un flashback a la vida de Eero que ya ha alcanzado la edad adulta y tiene que acudir a Suecia a un entierro. El director utiliza el recurso de la fotografía en blanco y negro para retratar el momento actual y el color cuando viaja al pasado. La intensidad de la fotografía mezclada con una banda sonora absolutamente exquisita, escrita por Tuomas Kantelinen, mantienen al espectador sumergido en una atmósfera de absoluta tristeza. Sin embargo, si bien se puede destacar la interpretación que todos los actores hacen de sus personajes, sin lugar a dudas el que destaca es el del Eero niño.
Es una película deliciosamente triste pese a que creo no se le ha sacado todo el partido que se le podía haber obtenido. Quizá hubiera sido deseable que  profundizaran más en los tres personajes centrales de la historia, sobre todo en el de la madre biológica del menor. De haberlo hecho así, nos hubiera permitido comprender mejor a ese personaje que parece relegado en algunos momentos de la película a casi la nada cuando, entiendo, es fundamental. A lo largo de todo el metraje, todos sienten mucho y eso lo transmiten; sin embargo nos faltan los motivos, nos falta el componente psicológico de los personajes, sobre todo, el de Kristin. No podemos comprender ni colocarnos frente a determinadas sensaciones que el director nos muestra en bandeja de plata.
He estado dado vueltas a la película todo el fin de semana, pero me faltan piezas. Me falta saber que le pasa a Kristin, me falta saber que pasó con Signe, como vivió Eero. Necesito entender algunos de sus porqués y me quedo coja con lo que me dan. Los saltos del presente al pasado no llenan nada.
Por eso, supongo, no puedo decir que es una película genial aunque el envoltorio con el que se sirve es magnífico. Me quedo en una historia en la que lo anecdótico no tiene trascendencia, donde quizá el guionista y el director deberían haber construido mejor los personajes, dotarles de una vida que fuera más allá de lo que nos muestra. Unos personajes demasiado asépticos que me dejan la sensación de haberme perdido algo que quedó en el tintero, o en la mente de quienes pensaron en esta historia. Sin embargo, pese a ello, se la recomiendo, porque pese a todo me ha gustado y aunque mi gusto, como habrán podido comprobar, en ocasiones deja bastante que desear, es el único que tengo y es el que me vale.
© Del Texto: Anita Noire


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