En un mundo mejor: En el nombre del padre

‘’En una nación en guerra de África, Anton, un médico danés, trabaja en una misión humanitaria en un campo de refugiados. Su mujer se queda mucho tiempo sola en Dinamarca con el hijo de ambos, Elia, que sufre el maltrato de sus compañeros de colegio. Entonces llega un nuevo compañero a la clase, Christian, un niño que ha crecido sólo con su padre tras la muerte de la madre. Este niño traduce todo su dolor en violencia, y Elia se siente atraído de inmediato por su fuerte personalidad. La amistad entre ambos niños se convierte en un peligroso juego de venganza y rabia, que llega a poner en duda los ideales de Anton y tambalea la vida de ambas familias.’’

Sinopsis extraída del sitio web Filmaffinity.

Vista la sinopsis, muchos pensarán que es otro dramón más, típico de un telefilm de los sábados por la tarde que no ve ni Cristo cargando la cruz. No les culpo, de hecho cuando vi esta película en un festival fui pensando en eso mismo, pero lo cierto es que me llevé una muy grata sorpresa, quizás una de las películas más interesantes y una de las más tapadas de este escaso y penoso año cinematográfico salvo contadas excepciones.
La película es un fiel reflejo de los problemas sociales actuales, no hablo de pobreza, ni de crisis, ni de las típicas memeces hippies que predican ciertos estamentos o grupos urbanos que no son más que pura hipocresía panfletística. Hablo de la falta de comunicación, del vive y deja vivir, de los problemas de la infancia que luego afectan a la madurez, a la misma personalidad, el yo, la individualidad y el pensamiento propio. Hablo de la falta de entendimiento entre padres e hijos, de cómo ciertos comportamientos a una edad temprana pueden marcar el destino de los que vienen luego, del egoísmo innato en el ser humano. Es un film con una construcción de unos personajes perfectamente definidos por sus miedos, sus complejos, todo ello por las acciones de un pasado traumático. ¿Quién puede no verse reflejado en algunos de los personajes de esta historia? ¿Quién no se ha perdido alguna vez en una espiral de odio irracional porque no encuentra a ninguna persona que le eche una mano? ¿Quién es el culpable de nuestros actos? Y he ahí el verdadero problema. Nadie cree tener la culpa de lo que le pasa, siempre echaremos nuestra mierda a los demás, sea una molécula o un perro que pasaba por nuestro lado. Nadie dice he sido yo. El miedo a aceptarse a sí mismo es el principal problema del siglo XXI digan lo que digan, todos los problemas que surgen en nuestra vida diaria vienen condicionados por el pasado, los valores y principios que poco o nada o demasiado nos inculcaron, por la lucha estúpida entre generaciones. Una lucha eterna.
La película relaciona a su vez infancia con la madurez, y cómo lo que sufren los hijos de ahora, también lo sufrieron nuestros padres, y la crítica precisamente radica en eso, no podemos seguir así, se necesita el cambio, estamos en plena etapa de cambios, muy rápidos, quizás insignificantes, que están marcando una línea nada esperanzadora, decadente, cuesta abajo y sin frenos. Eso o acabaremos destruyendo todo por cuanto se ha luchado desde el principio de los tiempos, la perpetuación del ser humano como un ente creador, somos creadores, no debería ser al revés. Porque esto va de ratones y hombres. De miedos y libertad. Del yo soy yo y mis circunstancias. Hay que liberarse de la estupidez, del sentimiento de culpabilidad, de la oscuridad de nuestros corazones. Dejar de joder a los demás y joderse a sí mismo. Eso es.
En el plano técnico es bastante discreta aunque muy bien realizada, una fotografía digamos que bonita, con unas actuaciones más que notables, un guión maravilloso que une a la perfección diferentes historias relacionadas entre sí, y una música que evoca en todo momento a esa infancia perdida, triste y lejana, pero dura a la vez. Es una lástima que este tipo de producciones europeas lleguen con cuentagotas y apenas se sepa nada de ellas, salvo cuando van a festivales.
Les recomiendo que la vean si tienen la oportunidad, no les defraudará. Si después de eso salen del cine con un par de lagrimillas en los ojos a eso de medianoche, van caminando solos por la calle y le dan diez euros a un anciano violinista que toca el Canon de Pachelbel como solo sabría hacerlo un ángel, se sentirán de putísima madre esa noche, o como gilipollas consumados, no importa.
Debo dejar de ser tan moralista. No va conmigo.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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