Los gritos del silencio

En la historia del cine existen cientos de películas que hablan sobre la guerra de Vietnam, circunscritas a aquel país. Curiosamente, existen infinitamente menos que traten la situación que se vivió en Camboya durante los años setenta. El conflicto en el sudeste asiático no sólo se centró en Vietnam sino que se extendió a todos los países que conformaron la antigua Indochina (Vietnam, Laos, Camboya). La guerra sobre Camboya fue especialmente cruel, la población civil sufrió enormemente con bombardeos continuos a los que les sometieron los vecinos vietnamitas del Sur junto con los estadounidenses. En Camboya, la práctica totalidad de la población vivía en el campo, en la jungla para ser más exactos. La poca operatividad del gobierno camboyano ante los furibundos ataques de los soldados de Vietnam del Sur y los EEUU, dio lugar a la aparición, de nuevo, de los Jemeres Rojos. Camboya se convirtió en un infierno. Aún hoy en día, si ustedes tiene la posibilidad de viajar a aquel país, se les avisará conveniente y repetidamente de la inconveniencia de salirse de las rutas marcadas, el suelo aún hoy, treinta años más tarde, se encuentra poblado de minas que, sistemáticamente, continúan mutilando a la población civil y podrán comprobar cómo la recuperación del país, aún hoy, no ha sido posible.
Una de las pocas películas que nos explican que se cocía en la  Camboya del conflicto bélico de los años 70, fue Los gritos del silencio de Roland Joffé. Esta película se basó en unos reportajes que años antes habían aparecido en el New York Times.
Syd Schanberg (Sam Waterson) es un periodista del New York Times destinado como corresponsal de guerra en Camboya. Desde su llegada trabajará mano a mano con Dith Pran (Haing S. Ngor) un joven camboyano que le hará las funciones de intérprete y de guía. Los contactos del segundo y el conocimiento de lo que se cuece en el país le proporcionan al periodista valiosas informaciones que le permiten enviar  una excelente cobertura del conflicto.  Uno de los hechos que cubren en exclusiva el bombardeo de un poblado por los norteamericanos, un ataque a un lugar equivocado. Los únicos periodistas que presencian la masacre son Syd y Dith Pran. Los ataques terroristas de los Jemeres Rojos empiezan a dominar el país. La relación entre el periodista y el intérprete se irá estrechando a medias que van sufriendo el avance de la guerra. La familia de Pran es evacuada pero él decide continuar junto al periodista para que éste pueda continuar cubriendo la guerra. El asedio de los terroristas convierte a la capital camboyana en un auténtico campo de refugiados para la población falta de toda información. Los periodistas intentan refugiarse en las embajadas. Syd y Dith Pran lo harán en la embajada inglesa donde coincidirán con el fotógrafo estadounidense Al Rockoff (John Malkovich). Una situación completamente desbordada en la que la población civil intenta encontrar refugio en las embajadas sembrará el caos en la ciudad de Phnom Phen. El desastre está servido y cuando empieza la evacuación de los periodistas, las autoridades de ejército revolucionario que controla el país, impedirán que Pran pueda abandonarlo. Las penalidades por las que pasarán uno y otro, terminará con un reencuentro entre los dos que, pese a lo sufrido se reconocerán como amigos.
Una película sobre unos hechos reales, donde lo visual y lo tramado a lo largo de una historia brutal, te mantiene pegado a la silla con la sensación de que el hombre es un animal salvaje que no ha aprendido nada en los miles de años de su existencia. Los actores están soberbios, sobre todo, (Haing S. Ngor), un actor amateur. Es, posiblemente, la mejor interpretación de todo el film, quizá porque el mismo vivió en primera persona los horrores de la guerra y el campo de refugiados. Existen momentos de gran intensidad dramática sin caer en lo folletinesco. Puede considerarse una película fundamental para acercarse, desde el punto de vista cinematográfico, a uno de los conflictos bélicos más sangrantes del siglo XX que se prolongó mediante el régimen del terror de Pol Pot.
La banda sonora compuesta por Mike Oldfield ha pasado a la historia aunque en su momento, por la mezcla entre la música típica camboyana, mezclada con elementos electrónicos, no terminó de gustar a todo el mundo. Al parecer tras esta incursión de Oldfield en el mundo del cine, con sus aportaciones musicales, no le quedaron demasiadas ganas de volver a intentarlo tras las nefastas críticas recibidas. Sin embargo, a mí me parece una banda sonora estupenda, fuera de lo corriente que no ha sido valorada como debía. Si algo debería eliminarse, en cuanto a música se refiere, es el tan manido Imagine de John Lennon; no le hace justicia a una película que huye de los tópicos y (que me perdonen sus fans) Lennon no deja de ser un tópico de aquellos años.
La fotografía es espectacular pero, eso, en Camboya, no es difícil. Las escenas más dramáticas o las que se centran en el conflicto son casi un documental  y, también en este caso, es realmente buena, muy potente
Si les gusta el cine sobre periodismos, conflictos bélicos, relaciones humanas, no dejen pasar esta película; es fundamental, que no les acobarde las más de dos horas de duración, les aseguro que bien vale la pena.
© Del Texto: Anita Noire


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