La Gran Familia. Inolvidables (9)

Un ciudadano español con más de treinta o treinta y cinco años de edad sólo puede serlo íntegramente si ha visto La Gran Familia (de Fernando Palacios) entre cinco o seis veces. Más que nada porque antes (cuando sólo había dos cadenas de televisión) era la película que emitían con más frecuencia de todas. En navidad era obligada. Y, por supuesto, en las salas de cine se pudo ver durante bastante tiempo. Incluso hoy, algunas cadenas de televisión privada la rescatan de vez en cuando. Un clásico entre los clásicos del cine español.
Ay, ese Chencho perdido en nochebuena. Inolvidable. E impagable. Ay, esa familia que sumaba hasta diecisiete miembros (padre, madre, abuelo y batallón de hijos) rezumando felicidad y bondad por los cuatro costados.
La película se llena de inocencia y valores gruesos que una sociedad mojigata recibía desde todas las esquinas, desde cualquier panfleto. El dictador quería gente buena y temerosa de Dios (a él ya le miraban con cara de miedo allá donde fuera). Y todo lo que se decía llegaba impregnado de una moral trasnochada que nos colocaba a la cola del mundo moderno. ¿Recuerdan nuestra industria obsoleta, nuestro campo propiedad de los señoritos y el catecismo que siempre nos acompañaba en nuestra piedad?
Sin embargo, La Gran Familia es una de esas películas que existen porque no podía ser de otra forma. Retrata la sociedad española (más concretamente la que se deseaba que fuera) y lo hace desde una amabilidad que convierte nuestros recuerdos en algo grato. El mundo era una mierda y esta película nos hacía soñar con algo mejor. El mundo fue una mierda y lo recordamos con una enorme sonrisa. El cine hacía que el españolito de a pie soñara con un mundo alejado de tanta policía, de tanto cura y de tanta cultura de pandereta. El cine hace que nos sintamos orgullosos por haber salido de aquel pozo.
Alberto Closas interpretaba el papel de padre feliz. Amparo Soler Leal el de madre feliz. José Isbert el de abuelo entrañable. José Luis López Vázquez el de padrino. Y un montos de jóvenes, adolescentes y bebés el de jóvenes, adolescentes y bebés.
El guión era de un blandengue preocupante. Los medios técnicos y, por tanto, los resultados eran justitos. Pero es que eso es lo de menos. Esa película era el reflejo de un sueño por cumplir. De un sueño realizado después. Y el cine debe servir para estas cosas también.
Ya saben, estas navidades habrá que ver (otra vez) a Chencho lloriqueando en medio de la plaza Mayor de Madrid. Lo tradicional de la navidad no se puede perder.
© Del Texto: Nirek Sabal

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