dic 12 2010

Megamind: Animados para nadie

Cuando alguien entra en una sala de proyección para ver una película de animación; acompañado por dos niños; cargado de palomitas y refrescos; gafas para poder ver la película en 3D y la sonrisa dibujada de antemano; espera que la hora y media siguiente se llene de risas y diversión. Cuando alguien sale de la sala de proyección sabiendo que las sonrisas han sido pocas (las de los adultos porque la de los niños no han hecho acto de presencia); acompañado por los críos con cara de poker y ganas de volver a casa; espera que alguien se plantee qué es lo que está sucediendo con las grandes producciones de animación (salvo la tercera parte de Toy Story me han aburrido todas las estrenadas este año).
Está muy bien que se inserten gags para que los adultos  (acompañantes seguros de los pequeños) se diviertan, pero el cine para niños no puede convertirse en cine de animación para mayores a los que acompañan un batallón de enanos devoradores de palomitas. La vocación de este tipo de cine debería ser la que siempre fue. Aunque los padres paguen la entrada.
Megamind cuenta la historia del bien contra el mal (disfrazado de superhéroe y de villano); cuenta la historia del bien que se camufla con el propio mal para que alguien se fije en él; cuenta una historia más de mayores que de niños chicos.
La versión en 3D no está conseguida del todo. Sí técnicamente, no argumentalmente. Algunas escenas hubieran lucido mucho mejor con un 3D más espectacular. No parece que sea más atractiva esta versión por esta razón. Efectos muy justitos.

Y los personajes no crean que pasarán a la historia del cine por sus cualidades o por los valores que representan entre frases ramplonas y superficiales en exceso para un adulto y algo cargadas para un crío. Tuve la sensación, desde el principio, de escuchar frases muy parecidas a otras de otras películas, de estar frente a un refrito que reducía a la nada el todo que fue.
Los niños no se rieron. Los mayores sonreímos (tal por hacer rentable el precio de las entradas y las palomitas; luego dicen que la gente no acude a las salas de cine cuando lo han convertido en un artículo de lujo). Y creo yo que nadie salió satisfecho. Megamind habla del arrepentimiento (entre los seis millones de temas que forman este batiburrillo). Era  premonitorio. Todos nos preguntábamos qué hacíamos allí. Arrepentidos y con sed después de tanta palomita salada.
© Del Texto: Nirek Sabal

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dic 12 2010

Las noches de Cabiria: Poética exquisita

El mundo es rotundamente injusto con los inocentes, con los que rozando la ingenuidad pretenden hacer la vida de los demás un poco más dulce. De nada sirve la bondad, ni la preocupación por el prójimo. La vida es una selva y los habitantes de este mundo un compendio de sujetos que se mueven por puro egoísmo, donde no importa nada que no sea uno mismo. Te uso pero no me uses; Te uso pero no me molestes; Te uso pero no invadas mis espacios; Te uso y, cuando me canso, te tiro. Esa realidad, vigente hasta el mismísimo día de hoy, la reflejó como nadie Federico Fellini en su película Las noches de Cabiria.
María Ceccarelli es Cabiria (Giulietta Masina), una prostituta de los arrabales de Roma. Una mujer que, pese a la vida que lleva, es pura inocencia y sensibilidad. En sus andanzas por la ciudad, tropezará con distintos hombres, tres en concreto (aunque los relevantes son dos de ellos), que nos mostrarán las fatalidades con las que uno se puede topar. El primero de ellos, el actor Alberto Lázaro, que encarna la frivolidad, el lujo inalcanzable y el trato humillante; el segundo Óscar (François Périer) la compasión y la posible felicidad como engaño. Un paseo por el desastre personal. Pero Cabiria es capaz de sobreponerse a todo eso, pasar por encima de las humillaciones de los que se creen mejor que ella para seguir su camino. Un drama exquisito, poético.
Podría extenderme en los cientos de momentos que la película encierra, todos ellos de una profunda intensidad, pero creo, sinceramente lo digo, que nada de lo que escriba, puede llegar a ponerles en situación de lo que realmente son las escenas de una de las películas más bellas del cine. Giulietta Massina, esposa de director, está espectacular, una interpretación sobrecogedora como pocas. El contraste de un físico menudo, encantador, una cara que es capaz de decirlo todo y que contrasta con la angustiosa vida que le proporciona el director. Pasión y compasión, eso es Cabiria. El contraste constante entre la noche y el día, la vida disoluta de la prostituta y la vida deseada de orden y familia.
La fotografía, pese a ser una película en blanco y negro, tiene una luminosidad especial. Es capaz de trasladarnos desde lo sórdido y decadente a lo más puro y limpio. La música de Nino Rota es espectacular y consigue que cada uno de los momentos en que aparece, precisamente durante las noches, se conviertan en momentos especiales de la cinta.
Una de las mejores escenas, la noche final, la que finalmente cierra la película, la del desengaño, donde la realidad más tozuda se impone de nuevo pese a la sonrisa y a la mirada de María, unos ojos que, sin rendirse, me llevan a pensar que la dulce e inocente vuelve a situarse en la casilla de salida para que la vida la patee de nuevo. Un triste y poco esperanzador Game Over.
Se la recomiendo altamente, olvídense de pensar en neorrealismos, en si Fellini se rodeaba de actrices con físicos espectaculares para terminar casado con la mujer más menuda que encontró, olvídense de si el contenido narrativo de Las noches de Cabiria prima por encima de la psicología de los personajes, olvídense de todo ello y siéntense a gozar de una de las mejores maravillas del cine. Y es que, ya lo he dicho en otras ocasiones, Fellini me puede.
© Del Texto: Anita Noire


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