Reservoir Dogs: La belleza del lado oscuro

El mundo es la suma de lo bello y lo horrible, de la bondad y de la maldad, de lo refinado y lo tosco, de la tranquilidad y la violencia. Nada queda excluido. Todo es sí y no. Aunque muchos se empeñen en mirar hacia otro lado para no ver lo feo e incómodo del universo, nada falta. Y, como eso es lo que hay, conviene que algunos dediquen su esfuerzo a enseñarlo. ¿Es posible realizar una obra de arte tomando como materia prima lo más nauseabundo del escenario? Pues claro que sí. Porque el problema no es lo bonito que sea lo elegido o lo terrible que resulte alguna cosa. No. El asunto es otro bien distinto. Se trata de presentar, de tratar un tema cualquiera desde una perspectiva única que sea capaz de modificar el mundo, de convertirlo en algo nuevo, en eso que puede transitar cualquiera para hacerlo suyo. Una de las características de la obra maestra es su carácter universal. Que sea agradable a la vista, al oido o al tacto, es harina de otro costal.
Pues bien, Quentin Tarantino se empeñó desde el principio en mostrar nuestro bonito mundo desde las cloacas. En 1.992 nos dejó un regalo en forma de película que recorre la zona oscura de la humanidad. Su violencia, su brutalidad, su discurso soez, su autodestrucción, su maldad. Todo lo peor estaba en Reservoir Dogs. Pero estaba envuelto en una tensión narrativa única, en una estética personalísima y abrumadora; en un guión impecable que llevaba al espectador del asco a la carcajada a la compasión o al odio, de escena en escena; envuelto en una banda sonora maravillosa arrancada de las listas de éxitos de los años 70.
Violencia extrema, lealtad, traición y maldad, mezcladas para conseguir un producto difícil de repetir.
Seis delincuentes tienen que robar una joyería. Un trabajo fácil y ordenado que se convierte en un desastre cuando la policía llega como por arte de magia. A partir de ese momento se suceden las muertes y las escenas de violencia delirante. Todo hace pensar que hay un traidor en el grupo. Es necesario encontrar al culpable de lo sucedido. Tarantino va contando todo esto despreciando la linealidad en la narración, convirtiendo la película en una sucesión de escenas que se van explicando unas a otras desde el pasado o el presente. Consigue utilizando este recurso una dinámica que iguala la tensión en cada escena, de principio a fin.
Los actores están estupendos defendiendo sus papeles. Lawrence Tierney (el jefe); Chris Penn (el hijo del jefe); Harvey Keitel (el señor blanco); Tim Roth (el señor naranja); Steve Buscemi (el señor rosa); Quentin Tarantino (el señor marrón); Eddie Bunker (el señor azul) y Michael Madsen (el señor rubio); forman el reparto de la película. Aunque algunos tienen una importancia relativa en el conjunto (el propio Tarantino o Eddie Bunker) logran una credibilidad en sus interpretaciones muy notable. Y son papeles que podían terminar en un despliegue histriónico de cada actor dadas sus características. El trabajo de Tarantino en la dirección de actores es magnífico.
El guión se mueve entre lo sarcástico, lo irónico, lo soez y (siempre) en el terreno de la inteligencia. No hay una sola frase accesoria. Todas están colocadas en el lugar exacto para que los personajes crezcan con una coherencia exquisita.
El montaje de la película se debería estudiar en las escuelas de cine como asignatura fundamental. Una película que podría quedarse anclada en la normalidad se convierte en una sorpresa constante gracias a ese montaje que acaba con la posibilidad de fuegos de artificio narrativos y con todos los pequeños defectos que no podía ocultar la linealidad.
Un clásico. Un peliculón. Una maravilla saber que algunos saben que la cara oscura del mundo existe y se puede convertir en arte.
© Del Texto: Nirek Sabal



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