dic 8 2010

Con la muerte en los talones: Espías en el país de las maravillas

Una confusión, por pequeña que sea, puede cambiar la vida de cualquiera. En realidad, la vida sigue su curso entre millones y millones de pequeñas o grandes confusiones. Todo es confusión en un universo que queremos ordenar y nos lleva ventaja en todas las ocasiones.
Esto podría ser excusa para grandes discusiones sesudas y eternas o, por el contrario, convertirse en una de las mejores películas de suspense de la historia. Alfred Hitchkock se decantó por la segunda de las opciones afortunadamente para todos. Con la muerte en los talones es una película fantástica por su ironía, por su ritmo, por lo bien contada que está; por las interpretaciones de Cary Grant, Eva Marie Saint (a decir verdad, algo sosita) y James Mason; por uno de los mejores guiones escritos para una película de suspense (lo firmó Ernest Lehman huyendo de las trampas, de escatimar información y esas cosas que se suelen hacer en este tipo de películas y son un insulto a la inteligencia del espectador) y por ser uno de los rodajes mejor diseñado de la historia del cine.
La dirección de actores de Hitchkock es soberbia. Logra que Eva Marie Saint pase desapercibida (insisto algo sosita) y eso es todo un éxito. De la interpretación de Cary Grant saca petróleo (este actor tenía unas limitaciones muy importantes al defender cualquier papel que se le diera).
La elección de los escenarios aportan una grandeza a la película que no tendría (seguramente) si se hubiera rodado con otros diferentes.
El punto de vista, como siempre fue en las películas de Hitchkock, es el exacto.
En fin, todo en su sitio. Brillantez.
Un ejecutivo del mundo de la publicidad se ve envuelto en una trama peligrosa por una confusión. Alguien le reconoce como un agente de la CIA que, ni siquiera, existe (el agente porque, desgradiadamente, la CIA existe y mucho). Esto le lleva a huir acusado de robo, de asesinato y de cualquier delito que ocurra cerca de él. En esa huida conoce a una mujer bellísima, sosísima y misteriosísima, que será fundamental en el desarrollo de las peripecias del pobre ejecutivo. Y a los malos. También va conociendo malos que quieren acabar con su vida. Kilómetros de escapada, intentos de asesinato, asesinatos terminados, agencias de inteligencia, aviones estrellados o una persecución por el Monte Rushmore, son algunos de los ingredientes de la trama.

La película es, entre otras cosas, una sátira sobre ese mundo tan oscuro y peligroso que protagonizan los espías y las personas sin escrúpulos que desean ganar dinero a costa del bienestar mundial. Con Hitchkock todo eso se convierte en un desastre absoluto, el territorio perfecto para enamorarse, en una ridiculez. Algo sin pies ni cabeza.
El guión se salpica de inteligencia en su conjunto, de ingenio para que se luzca Cary Grant, de nostalgia sobre la que se construye el personaje femenino y de maldad en la que se rebozan los forajidos. El resultado es una fina ironía que cubre el mundo.
Esta es una película que nunca falla. Los jóvenes se divierten, los adultos se divierten. Puede verse en familia y disfrutarse en cualquier momento.
Posiblemente se puedan decir cosas mucho más profundas sobre Con la muerte en los talones. Se han escrito libros completos sobre la película. Sin embargo, yo lo dejo aquí. A veces, lo mejor es tomarse las cosas con calma, sin tanto interés por el fondo de las cosas, sabiendo que tanto pensar puede quedar en nada por un despiste del lector o del que escribe, por un pequeo detalle que lleve a la confusión total. Lean esos libros. Yo me conformo con recordar que esta película es estupenda, que hay que verla y, sobre todo, disfrutar con ella. Es algo que estamos perdiendo de vista con tanta palabrería: el cine hay que disfrutarlo.
© Del Texto: Nirek Sabal.


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dic 8 2010

Reservoir Dogs: La belleza del lado oscuro

El mundo es la suma de lo bello y lo horrible, de la bondad y de la maldad, de lo refinado y lo tosco, de la tranquilidad y la violencia. Nada queda excluido. Todo es sí y no. Aunque muchos se empeñen en mirar hacia otro lado para no ver lo feo e incómodo del universo, nada falta. Y, como eso es lo que hay, conviene que algunos dediquen su esfuerzo a enseñarlo. ¿Es posible realizar una obra de arte tomando como materia prima lo más nauseabundo del escenario? Pues claro que sí. Porque el problema no es lo bonito que sea lo elegido o lo terrible que resulte alguna cosa. No. El asunto es otro bien distinto. Se trata de presentar, de tratar un tema cualquiera desde una perspectiva única que sea capaz de modificar el mundo, de convertirlo en algo nuevo, en eso que puede transitar cualquiera para hacerlo suyo. Una de las características de la obra maestra es su carácter universal. Que sea agradable a la vista, al oido o al tacto, es harina de otro costal.
Pues bien, Quentin Tarantino se empeñó desde el principio en mostrar nuestro bonito mundo desde las cloacas. En 1.992 nos dejó un regalo en forma de película que recorre la zona oscura de la humanidad. Su violencia, su brutalidad, su discurso soez, su autodestrucción, su maldad. Todo lo peor estaba en Reservoir Dogs. Pero estaba envuelto en una tensión narrativa única, en una estética personalísima y abrumadora; en un guión impecable que llevaba al espectador del asco a la carcajada a la compasión o al odio, de escena en escena; envuelto en una banda sonora maravillosa arrancada de las listas de éxitos de los años 70.
Violencia extrema, lealtad, traición y maldad, mezcladas para conseguir un producto difícil de repetir.
Seis delincuentes tienen que robar una joyería. Un trabajo fácil y ordenado que se convierte en un desastre cuando la policía llega como por arte de magia. A partir de ese momento se suceden las muertes y las escenas de violencia delirante. Todo hace pensar que hay un traidor en el grupo. Es necesario encontrar al culpable de lo sucedido. Tarantino va contando todo esto despreciando la linealidad en la narración, convirtiendo la película en una sucesión de escenas que se van explicando unas a otras desde el pasado o el presente. Consigue utilizando este recurso una dinámica que iguala la tensión en cada escena, de principio a fin.
Los actores están estupendos defendiendo sus papeles. Lawrence Tierney (el jefe); Chris Penn (el hijo del jefe); Harvey Keitel (el señor blanco); Tim Roth (el señor naranja); Steve Buscemi (el señor rosa); Quentin Tarantino (el señor marrón); Eddie Bunker (el señor azul) y Michael Madsen (el señor rubio); forman el reparto de la película. Aunque algunos tienen una importancia relativa en el conjunto (el propio Tarantino o Eddie Bunker) logran una credibilidad en sus interpretaciones muy notable. Y son papeles que podían terminar en un despliegue histriónico de cada actor dadas sus características. El trabajo de Tarantino en la dirección de actores es magnífico.
El guión se mueve entre lo sarcástico, lo irónico, lo soez y (siempre) en el terreno de la inteligencia. No hay una sola frase accesoria. Todas están colocadas en el lugar exacto para que los personajes crezcan con una coherencia exquisita.
El montaje de la película se debería estudiar en las escuelas de cine como asignatura fundamental. Una película que podría quedarse anclada en la normalidad se convierte en una sorpresa constante gracias a ese montaje que acaba con la posibilidad de fuegos de artificio narrativos y con todos los pequeños defectos que no podía ocultar la linealidad.
Un clásico. Un peliculón. Una maravilla saber que algunos saben que la cara oscura del mundo existe y se puede convertir en arte.
© Del Texto: Nirek Sabal



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