La Noche: El mundo desde el silencio

El mundo, poco a poco, se ha convertido en un lugar en el que el ser humano se queda sin sitio. El entorno de las personas les roba su yo. Todo se desliza, inevitablemente, hacia un abismo en el que no hay nada. Y, cada vez más, nuestro futuro es una condena que nos llega entre condiciones e impide que podamos relacionarnos con otros dada la carencia de sentido que va creciendo alrededor.
Todo esto, aderezado con ingredientes como la infidelidad, la incapacidad de los hombres para entender y la contraposición respecto a las mujeres hipersensibles frente un mundo hostil y desastroso, o el consumo del arte por parte de una clase acomodada cazurra y mostrenca; es lo que podemos ver en la película de Michelangelo Antonioni titulada La Noche. Una excelente obra que nos arrastra a territorios difíciles que nos sumergen en nuestro propio yo.
Pocos autores manejan tan bien como Antonioni los silencios de sus personajes, la falta de presencia. Vemos lo que ellos ven para que podamos entender lo que les pasa; incluso dejamos de ver sus rostros para comprobar que esa pared de ladrillo es (en mirada ajena) esto o aquello. Escuchamos diálogos perfectamente construidos que ocultan esos sentimientos del personaje, pero que, irremediablemente, conocemos por su relación con el entorno. Antonioni escapa de lo explícito, de lo ramplón o superficial en los discursos, hay que entenderle desde lo que no se ve; por supuesto, desde lo que no se explica. Lo importante es lo que fluye por debajo de la narración. Lo que podríamos llamar esencia es lo fundamental. Como en cualquier faceta de la vida, vaya.
La tensión narrativa que consigue Antonioni llega desde el personaje. La trama de La Noche se desarrolla durante veinticuatro horas mostradas en escenas que apenas guardan relación entre sí (es la aparición de esos personajes lo que dota de coherencia al conjunto). Van sucediéndose sin saber qué ocurre entre una y otra, sin saber cuánto tiempo las separa. Y los asuntos que el director quiere ventilar aparecen sin que se les dé una solución definitiva puesto que todo se mueve alrededor de un vacío inmenso que impide saber más allá del propio individuo. Todo ello mostrado (más sugerido) desde un encuadre perfecto y una fotografía cuidadísima.
Giovanni (Marcelo Mastroianni) y Lidia (Jeane Moreau) son un matrimonio acomodado. Él, escritor de éxito, no es capaz de ser consciente de la situación por la que pasa su matrimonio; ella, al contrario, busca explicaciones al desastre, una solución. Él muestra una gran tendencia hacia la infidelidad; ella procura evitar cualquier situación que le separe más de su realidad. Él puede transitar por escenarios que le arrancan su humanidad, incluso puede mantener una relación normal con ellos y sus habitantes; ella está perdida, siempre en busca de una salida. El hombre frente a la mujer. La sensibilidad y su ausencia. Alrededor de la noche terminaremos entendiendo a cada de ellos y comprobando que el final se disemina en la nada. Milán construida para que transiten las personas sin pensar que detrás de cada edificio no puede encontrarse una sola respuesta; la clase burguesa ajena a todo, consumiendo arte y personas, llena de angustia al no reconocer el fondo, sin un sentido claro que explique su porqué; la muerte de la inteligencia en cada rincón; la imposibilidad de una felicidad que sólo llega mentirosa a golpe de talonario.
Todo esto lo percibimos entre los silencios, desde las elipsis; sin que el director recurra al lenguaje corporal o gestual de sus personajes. Son muchas las secuencias en las que no vemos la cara del personaje (fundamentalmente el de Jeane Moreau), pero sí lo que ve. Entendemos el mundo, su mundo, desde esa mirada que la cámara roba al personaje adoptando su punto de vista.
La Noche es una película exigente, pausada, en la que las concesiones al espectador  son pocas. Pero es algo que se debe aprender a disfrutar. Tal vez, un primer contacto con el cine de este director italiano sea algo duro, quizás frío; aunque, sin duda, el poso que dejan sus obras es imborrable y, en el momento del regreso a ellas, todo es mucho más fácil. Es lo que caracteriza algunas obras de arte.
Muy recomendable echar un vistazo al trabajo de este hombre.
© Del Texto: Nirek Sabal

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