Ciudad de Vida y Muerte: La lacra de lo que ya está contado

Cuando alguien se nos acerca y dice que tiene historias como para llenar una novela o hacer una película, se equivoca. El cine o la literatura son cosas muy separadas de la realidad. Los documentales o los diarios son las únicas formas de contar esas historias que tantas páginas llenarían. Empeñarse en agarrar algo de la realidad para contarlo tal y como es, no deja de ser un error disparatado si es que lo que se quiere es hacer literatura o cine. Otra cosa bien distinta es arrastrar una experiencia que hizo, en su momento, que la mirada del autor se modificara y la maneje para contar algo que le interesa. Me explico. Mi padre murió en la cama de un hospital. El padre de uno de mis personajes muere en el salón de casa. Yo no estaba presente en el momento de morir mi padre, pero mi personaje siente lo mismo que yo. Algo así.
El director chino Lu Chuan agarra un hecho histórico para contarlo. La invasión de la que fue capital provisional de China, Nanking. Allí se produjeron barbaridades de una categoría difícil de colocar en una escala. Pensar en ello pone los pelos de punta. Sin embargo, ver la película no pone los pelos, ni de punta, de al revés. Rodada en un blanco y negro que tiene que ver poco con lo artístico, el director revive unos hechos atroces sin saber qué es lo que quiere contar. Se queda a medio camino entre esa faceta histórica de la narración y la creación de unos personajes que deberían haber explicado esto desde un punto de vista mucho más atractivo que el que nos presentan. Suele pasar que un personaje colocado en una situación extrema se convierte en un muñeco vacío que se mueve impulsado por cualquier cosa excepto por sí mismo. Por tanto, poco pueden aportar en esas condiciones.
Me ha recordado excesivamente el cine de este hombre al de otros directores. Steven Spielberg está por ahí. Lo está Roman Polanski. Incluso se puede encontrar a Terrence Malick. Y está menos de lo que se podía esperar el propio Chuan. En el caso del primero, Chuan arrastra lo peor de un Spielberg que abusa de lo explícito justificándolo con una grandiosa puesta en escena, la presencia de una violencia que termina por sobrar. De Polanski un encuadre que intenta recrear en el arte algo horrible. Y de Malick esa llamada a la lírica mientras las balas silban o las mujeres son violadas de forma atroz.
Es verdad que Chuan intenta huir de algo muy facilón y que no es otra cosa que el mostrar a los japoneses como auténticos monstruos. A veces se le va la mano aunque se contiene bastante durante toda la película. La acción es tan estremecedora que el espectador no necesita mucho para entender que el hombre es una fiera salvaje cuando está en plena batalla, que los vencedores son trituradoras de personas sin pizca de compasión.
En cualquier caso, la película se desliza más hacia el documento histórico aunque el esfuerzo del director es grande al cuidar la fotografía y un movimiento de cámara poco histérico.
La película de carácter coral es dominada desde el principio por un punto de vista que busca la mayor objetividad posible. Pero se alternan modificaciones en el narrador que nos llevan a ver el mundo desde un personaje concreto. Es en esas ocasiones es cuando la película eleva el nivel expresivo y la intensidad narrativa. Al desaparecer, la propuesta se vacía y el conjunto, por tanto, es algo dubitativo.
Se deja ver la película. Poco más. Es sorprendente la cantidad de ruido que hizo y los premios y buenas críticas que cosechó. No sorprende tanto lo pronto que dejó de escucharse ese ruido. Tal vez sea porque lo que ya está contado puede sorprender desde la estética o desde algún territorio poco explotado, pero nunca desde la esencia. Y eso, finalmente, es una lacra enorme.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube


Comentarios cerrados.