dic 30 2010

Casino: Cuando los muertos hablan

El que quiere contar algo tiene la obligación, al menos, de hacerlo bien. Una mala historia bien contada podría llegar a colar. Una magnífica historia mal narrada se convierte en una lacra que te acompaña para siempre.
Martin Scorsese hace un cine de alto nivel en muchos aspectos. La puesta en escena de sus películas es notable, suele trabajar con una iluminación perfecta, la dirección de actores es siempre sobresaliente y se rodea de profesionales que hacen su trabajo con solvencia. Pero debe ser que cuando le entregan el guión para leer no se entera de algunas cosas, o se deja aconsejar mal, o no le importa gran cosa el asunto. Y le ha pasado, en más de una ocasión que su película se ha quedado a medio camino por esta razón.
Imagine que le encargan (sí a usted, a usted) narrar la historia de un loco y que ese loco está loco de remate. Ha de tomar la decisión de elegir la voz narrativa, el punto de vista (es la misma cosa). Decide que un compañero de hospital (otro loco de remate) será el encargado de soportar la exposición narrativa desde su punto de vista. Su novela o película se acaba de convertir en un disparate. Locos hablando de locos no parece la fórmula narrativa más creíble salvo que quieras juntar cosas graciosas o algo así. La credibilidad de la narración se evaporaría si esta fuese la decisión final. Pero, tranquilo, usted es persona de recursos. Se da cuenta del error. Da marcha atrás. Ahora elige a un psiquiatra para hacer de narrador. Voilà. Ahora sí. El espectador o el lector dará una credibilidad muy elevada. Y usted comprobará que con este narrador se pueden hacer muchas más cosas. Incluso ser gracioso y divertido.
Sin voz no hay nada. Con una voz equivocada tenemos un producto final que se aleja de lo buscado. Eso siempre es así. Un desastre absoluto, vaya.
En Casino de Martin Scorsese asistimos a un milagro inquietante. ¡Un muerto es capaz de hablar! Pero, además, lo hace como si no pasara nada, como si tal cosa. Uno de los narradores está enterrado en el desierto (sin móvil ni nada, no crean), pero él va contando lo que hace falta para que el relato parezca más coherente. Milagroso. Esto que les digo se descubre al final de la película. Y el que se fija en estas cosas (deberíamos ser todos) se siente estafado. Como, además, el guión está lleno de frases vacías que no llevan a ninguna parte y todo se intenta arreglar a base de tacos, de fuegos de artificio llegados desde lo espectacular de algunas imágenes, de escenas violentísimas y poco más; el cabreo del espectador es absolutamente monumental. Pero lo peor de todo es que el asunto es gratuito. Desde la subjetividad hubiera sido posible contar lo mismo y el resultado de la película mucho mejor (sin modificar la esencia de lo que se quería decir). Seguro. Martin Scorsese utiliza hasta cuatro puntos de vista diferentes de forma explícita. Mezclados como le da la gana e imponiendo la subjetividad de la cámara cuando la cosa comienza a tambalearse peligrosamente. No falla: guión flojito + batiburrillo de voces = desastre narrativo que se lleva por delante lo bueno que tenga el conjunto. Pero (aunque a usted le parezca mentira aún quedan peores noticias) con todo esto lo personajes no avanzan ni un milímetro. Lo hacen por otras razones. Igual que la acción se mueve de forma histérica entre tiros y cabezas rotas. En definitiva, lo que podría haber sido una buena película aparece convertida en casi tres horas de cierto sopor, salpicado de cosas horribles que te hacen remover en el sillón y poco más.
Con esto debería ser suficiente. Pero creo que es justo señalar los aspectos positivos de la cinta que la convierten en una cosa pasable. Robert De Niro está bien. Sharon Stone está bien. Joe Pesci está más que bien (sin llegar al nivel que alcanzó en Uno de los nuestros). El vestuario es impecable. El montaje es, francamente, bueno. El casting espléndido (parece que todos los que podrían haber sido mafiosos se hicieron actores). La banda sonora es una maravilla (si algo destaca en la película es eso, cómo se colocan los temas elegidos para acompañar la acción).
En fin, una película sobre la mafia italiana en Estados Unidos, sobre los problemas del mestizaje dentro de esa organización; sobre el poder, el dinero, la traición y la lealtad; vehículos que nos llevan al asunto central que Scorsese nos quiere mostrar: la ambición. Una película violenta hasta el exceso y que no deja opciones a que la imaginación del espectador trabaje y se involucre. Es lo malo de lo explícito. Una película que se queda por el camino por la ambición de la propuesta en su conjunto sin considerar lo fundamental como eje motor (qué paradoja hablar de la ambición y que sea tu propia lacra).
¿Le gusta el cine de Scorsese? Pues le echa un vistazo y asunto arreglado. ¿Le interesa saber cosas sobre los bajos fondos? Pues se mete tres horas de mafia y listo. ¿Tiene poco tiempo para ver cine? Pues ya tendrá tiempo de ver Casino. Aproveche esos momentos libres para ver cosas importantes como, por ejemplo, Buda explotó por vergüenza. Esa película sí que es una maravilla. Ahora bien, no aparece ni un mafioso italiano. Usted sabrá lo que hace.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 29 2010

Buda explotó por vergüenza: Cine cristalino


Bajo presupuesto, ni una estrella del cine, todo como casi de andar por casa, una claridad expositiva difícil de encontrar hoy en día y autenticidad por todos los lados. Con eso se puede conseguir una película entrañable, deliciosa y, al mismo tiempo, inquietante.
Cada uno puede hacer la lectura que le apetezca de cada cosa de este mundo. Pero si el que narra sabe lo que tiene entre manos, poco a poco, nos veremos obligados (sin violencia alguna, salvo la que ejerce una voz narrativa coherente) a mirar y entender. Cada mirada con sus matices, pero ejerciendo de lo que es, de mirada.
Hana Makhmalbaf (siendo jovencísisma) rodó la película Buda explotó por vergüenza. Cuenta parte de un día de una niña pequeña que quiere ir a la escuela. Cómo intenta conseguir un cuaderno y un lápiz, cómo se va encontrando con un cosmos completo en un kilómetro cuadrado. La mujer frente a los talibanes, la mujer frente a las leyes religiosas entendidas por fanáticos, la mujer frente a la mujer, la mujer frente a un destino que parece labrado en piedra y que poco podrá modificarse. Y digo la mujer porque, aunque nos cuentan las cosas desde el punto de vista de una niña (una preciosidad llamada Nikbakht Noruz), el espectador adulto se encuentra (sin darse cuenta) mirando a través de los ojos de esa niña sin dejar su condición de persona formada. La niña ve a niños malos haciendo cosas que no le gustan y a las que no quiere jugar; el adulto se inquieta porque sabe que eso, al pasar unos años, será un terrible infierno para ella. La película presenta dos posibles lecturas simultáneas. Y cada una de ella es maravillosa.

Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba tanto viendo una película de cine. Cercana al documental; rodada, buena parte de ella, con la cámara sobre el hombro; desde lo exquisito de la sencillez; Buda explotó por vergüenza, es una cinta que puede gustar a cualquiera, que se puede ver en familia, que dejará poso en el espectador y podrá servir para entender lo que sucede en países como Afganistán.
Me ha encantado. No exagero. Me ha encantado, de verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 28 2010

Ondine: En el nombre del espíritu santo

Ondine trata de la vida de un tipo llamado Syracuse que reside en el suroeste de Irlanda ganándose la vida como puede en el mar, ex-alcohólico, padre divorciado y con una hija con deficiencia renal que va en silla de ruedas pero más lista que todos los adultos que la rodean; un pescador que protege lo que más quiere sin herir a nadie, su hija y su barco; un hombre que vive una vida tranquila y aburrida, una vida gris sin ningún objetivo. Todo eso cambia cuando sale a la mar y pesca en sus redes a una joven y bella mujer a punto de morirse, y como si fuera una especie de milagro, la chica se involucrará en sus vidas hasta tal punto que la monotonía se convertirá en historia.
Para ello, el director Neil Jordan (Entrevista con el vampiro, Michael Collins o El fin del romance) introduce elementos literarios, históricos, mitológicos, o incluso médicos que dan pie al nombre de la película y a la descripción de sus personajes: las ondinas, que en la mitología germánica son ninfas inmortales del agua que si mantienen una relación con un hombre de la superficie perderán su vida eterna y que sirve para expandir la obvia referencia a la obra La sirenita de Hans Christien Andersen en la que se basa el film; Maldición de la Ondina conocida en medicina como una enfermedad de la respiración durante el sueño y que sirve como base para describir a nuestra protagonista femenina en su parte final; o cómo a su vez, de una manera bastante subliminal, hace referencia a la invasión de los atenienses en el siglo V-IV a.c a la ciudad de Siracusa (de ahí el nombre del pescador), cuya guerra no se pudo ganar si no fuera gracias a los soldados de Esparta que acudieron en ayuda de los siracusanos, todo ello enmarcado en la película en los personajes secundarios (como la hija o el cura con el que se confiesa el protagonista) que dan una base al guión para hacer llevar a nuestros protagonistas a conseguir sus objetivos; o cómo enmascara toda la moraleja del asunto y de la aceptación del yo en la más clara de todas las referencias, el cuento de Alicia de Lewis Carroll. Es una película que no ofrece florituras, va directa al grano, al desarrollo de los personajes, alejada de la estética videoclipera típica de un argumento así, técnicamente modesta y humilde, con una fotografía espléndida de unos tonos fríos y una utilización muy acertada de grises y verdes, y unos paisajes de Irlanda muy diferentes a lo visto, muy bien realizada y con unas actuaciones realmente buenas, un soplo de aire fresco entre tanto cine lleno de testosterona, pastiches azucarados e idioteces varias.
El director nos propone con su película un argumento que juega con la fantasía a través de una realidad sucia y decadente, al contrario de lo que nos cuentan cintas como Amélie de Jean Pierre Jeunet que enmascaran la verdad con la fantasía como si se tratase de un tupido velo, llena de artificios y tonterías. Sí, lo admito, no soporto el cine ese que se ha puesto de moda, el llamado realismo mágico, por eso adoro esta cinta de Neil Jordan, porque da una patada en el estómago a todas esas personas que huyen de sí mismas, a esas personas que se agarran a un clavo ardiendo sin entender de qué esta compuesto dicho objeto metálico, esas personas que tienen miedo de la realidad tal y como es, una patada a todo aquello que ensalza el realismo mágico. Y a través de unos personajes como Syracuse y su hija, gente que ha perdido la fe en todas sus expresiones, que tan sólo viven y que ven en la mujer acogida algo más, algo que no se deja ver, ese clavo ardiendo del que no se sabe de dónde viene ni cuál es su pasado pero que atrae por ser la novedad, una simple evasión a sus patéticas vidas. Todos los personajes no admiten lo que son, lo que fueron, ni saben lo que quieren y que como consecuencia de ello vivirán en una fantasía, como si se tratara de un yonki o alcohólico o gente con un síndrome de Peter Pan exacerbado. Se refugian en la creencia de que la chica es una sirena, pero en realidad convivirán con una extraña que simplemente les agradece que la traten como una más de la familia, es decir, vivirán en su realidad, no la realidad. De eso y de más va esta película, de la aceptación de sí mismos. Porque si no nos aceptamos a nosotros mismos, ¿para qué coño vivimos? ¿Para huir? ¿Hacer el idiota? ¿Engañar a los demás? ¿Para qué?
Ustedes mueven ficha. Debo dejar de ser moralista. O no.
© Del Texto Gwynplaine Thor


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dic 27 2010

Escenas inolvidables del cine bélico (1)

Estas escenas se comentan solas. No hay nada que decir.
Senderos de gloria
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Apocalipse Now
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Salvar al soldado Ryan
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Cartas desde Iwo Jima
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dic 24 2010

Mother of Mine: Duda envuelta en papel dorado

¿Cuántos puntos de vista puede tener una historia cuando hablamos de cine? Pues tantos como espectadores vean la película en cuestión. ¿Cuántos puntos de vista pueden tener una historia cuando no hay cámaras, ni actores, ni guiones ni nada? Pues, por lo general  sólo debería tener el de sus propios protagonistas sin que el resto debiera importar demasiado.
Para formarse una opinión, sobre todo cuanto tratamos cuestiones íntimas, personales, de las que forman callo, es preciso estar remojado por ellas. No ser simples espectadores, contrariamente a lo que ocurre en el cine. El cine puede proporcionarnos todos los datos y su director nos coloca donde crea que debe hacerlo, ofreciéndonos toda la información que nos lleve hasta ese lugar al que quiere que lleguemos. Sin embargo, en la vida fuera de las pantallas, cada uno nos posicionamos donde podemos, teniendo en cuenta lo que tenemos. Por eso es tan fácil posicionarse ante una historia contada en el cine y es tan difícil hacerlo ante las historias de la vida real.
Mother of mine es la historia de varias personas: un niño, una madre biológica y una madre en acogida. Es una historia sobre cómo colocarse ante las verdades dichas a medias, las mentiras eternas, el egoísmo, el abandono, la trascendencia de las decisiones adoptadas, sobre como asumimos nuestra vida y sobre la culpabilidad. Una historia dirigida por Klaus Häro que en su día fue galardonada con el Oscar a la mejor película extranjera, pero que pasó sin pena ni gloria por las salas de cine.
La historia nos sitúa en Finlandia durante la Segunda Guerra Mundial. Ante el avance del conflicto, cientos de miles de niños finlandeses fueron enviados a Suecia para evitar que sufrieran las consecuencias de la guerra. El protagonista es Eero (Topi Majaniemi), un niño de nueve años. Su padre muere en el frente y la madre, Kristin (Marjaana Maigala), ante la imposibilidad de cuidarle, decide enviar al niño a Suecia que permanece neutral en el conflicto. Eero, se siente responsable de su madre, no quiere dejarla. Durante la travesía, Eero tomará conciencia que su vida no volverá a ser la de antes. Los niños más pequeños, los de sonrisa más bonita, irán desapareciendo a medida que las familias suecas los van acogiendo, todos quieren ser adoptados, ninguno quiere ir a un orfanato, salvo Eero que sólo piensa en volver a Finlandia. Sin embargo, su destino va a ser una familia que perdió, años antes, una hija que se ahogó en el mar. El matrimonio Jönsson acogerá al niño en su casa. Sin embargo, la decepción de Signe (Maria Lundquist) que esperaba recibir a una niña, que va a compensarla de la perdida sufrida, no facilitará, inicialmente, la relación entre ellos. La imposibilidad de comunicarse no surge sólo del desconocimiento que uno y otro tienen de sus respectivas lenguas, sino de la distancia emocional en que se mantienen. Ambos se miran desde la distancia, sin comprometer los sentimientos de uno respecto a los del otro. Con la intervención del esposo Hjalmar (Michael Nyquist), que con paciencia infinita irá introduciendo al niño en la vida del a granja, en su entorno, propiciará un acercamiento entre Signe y Eero. Sin embargo, el acercamiento entre ambos se irá produciendo poco a poco, hasta el día que el niño descubre una carta de Kristin dirigida a Signe en la que les pide se ocupen de su hijo pues ella se ha enamorado de un soldado alemán. Sin embargo, al poco tiempo, cuando Eero y Signe han construido un vínculo de apego absoluto, la madre Kristin, escribe para que el niño vuelva con ella. La vida no será fácil entre la madre y su hijo. Algo se quebró en el camino que no va a poder reconstruirse.
La película empieza con un flashback a la vida de Eero que ya ha alcanzado la edad adulta y tiene que acudir a Suecia a un entierro. El director utiliza el recurso de la fotografía en blanco y negro para retratar el momento actual y el color cuando viaja al pasado. La intensidad de la fotografía mezclada con una banda sonora absolutamente exquisita, escrita por Tuomas Kantelinen, mantienen al espectador sumergido en una atmósfera de absoluta tristeza. Sin embargo, si bien se puede destacar la interpretación que todos los actores hacen de sus personajes, sin lugar a dudas el que destaca es el del Eero niño.
Es una película deliciosamente triste pese a que creo no se le ha sacado todo el partido que se le podía haber obtenido. Quizá hubiera sido deseable que  profundizaran más en los tres personajes centrales de la historia, sobre todo en el de la madre biológica del menor. De haberlo hecho así, nos hubiera permitido comprender mejor a ese personaje que parece relegado en algunos momentos de la película a casi la nada cuando, entiendo, es fundamental. A lo largo de todo el metraje, todos sienten mucho y eso lo transmiten; sin embargo nos faltan los motivos, nos falta el componente psicológico de los personajes, sobre todo, el de Kristin. No podemos comprender ni colocarnos frente a determinadas sensaciones que el director nos muestra en bandeja de plata.
He estado dado vueltas a la película todo el fin de semana, pero me faltan piezas. Me falta saber que le pasa a Kristin, me falta saber que pasó con Signe, como vivió Eero. Necesito entender algunos de sus porqués y me quedo coja con lo que me dan. Los saltos del presente al pasado no llenan nada.
Por eso, supongo, no puedo decir que es una película genial aunque el envoltorio con el que se sirve es magnífico. Me quedo en una historia en la que lo anecdótico no tiene trascendencia, donde quizá el guionista y el director deberían haber construido mejor los personajes, dotarles de una vida que fuera más allá de lo que nos muestra. Unos personajes demasiado asépticos que me dejan la sensación de haberme perdido algo que quedó en el tintero, o en la mente de quienes pensaron en esta historia. Sin embargo, pese a ello, se la recomiendo, porque pese a todo me ha gustado y aunque mi gusto, como habrán podido comprobar, en ocasiones deja bastante que desear, es el único que tengo y es el que me vale.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 23 2010

Balada triste de trompeta: Me llamo Javier, soy el payaso triste

No es de extrañar que la crítica, la prensa y muchos espectadores dilapiden esta obra del polémico director Alex de la Iglesia. Una película que usa el pretexto de la Guerra Civil como detonante de una etapa, que se extiende hasta nuestros días, para contarnos una historia desgarradora, violenta, de fuertes emociones, veloz como un tren a punto de descarrilar, de sentimientos encontrados, de despecho, de odio. Una oda al pagafantismo con un mensaje político y social que no a todos gustará. Es normal que sea duramente criticada y odiada, pues da una verdadera lección de humildad pero, a la vez nos advierte de una futura sensación de pesimismo, de que si esto sigue así nos vamos a ir a un pozo demasiado oscuro; de que ya es hora de dejarnos de tonterías y estúpidos debates del y yo más.
¿Que de qué coño estoy hablando? De este país. Sí, España; esa palabra en la que muchos escupen, otros adoran y a algunos como yo sólo les dice que es el sitio donde han nacido, viven, estudian y trabajan. El director arremete esta vez contra todo, republicanos, falangistas, ETA, Franco. Ya era hora de no dejar títere con cabeza. Y creo que se queda corto. Arremete contra toda esa España dejada atrás hace treinta años, pero que aún hoy sigue en una especie de lucha en silencio, una especie de guerra fría, que se ha transmitido a las siguientes generaciones con tan solo un sentimiento: odio. Un odio que ya no tiene ningún sentido ni perspectiva, digan lo que digan. Es una lección sobre lo que nos concierne ahora, lo que se debe hacer en el panorama actual, mirando al pasado para no olvidar. Es una crítica atroz a lo que lleva siendo este país desde hace más de 70 años, un completo circo, casposo y pueril, y que Alex de la Iglesia utiliza perfectamente a modo de metáfora centralizando la acción en dos payasos, Javier el ‘’Payaso Triste’’ (Carlos Areces, se come la pantalla este hombre, soberbio) y Sergio el ‘’Payaso tonto’’(Antonio de la Torre). El primero sufrirá la pérdida de su padre a manos del reclutamiento obligatorio de los republicanos en plena guerra, y luego lo volverá a perder a manos de los falangistas, lo que le marcará una vida de sufrimiento y rencor que florecerá cuando conozca a Sergio; el segundo es el jefe del circo donde trabajará Javier, un completo tirano que juega a dos caras y trata a Natalia (Carolina Bang, después de esta película creo que no veré unos pechos iguales y tan perfectos) como un mono de feria al que tirarse y maltratar cuando le dé la gana. Ambos payasos se enzarzarán en una lucha por el amor de una mujer que jugará con los dos cuando le convenga, una mujer sin personalidad, una mujer usada como la metáfora más pura de lo que ha sido este país, un completo putiferio que viene y va sin pedir ni dar explicaciones a nadie. Y que algún día, acabará quebrándose. Cáptenlo como quieran.
Alex de la Iglesia consigue una vez más una película muy personal, muy crítica, que no dejará indiferente a nadie, pero en la que deja un mensaje implícito por encima de todo lo que he hablado y que lo resume en el cameo de Fofito (conocido por todos en nuestra infancia) al principio de la película cuando los republicanos irrumpen en plena actuación obligando a los payasos a reclutarse: No me toque los cojones y dejen hacer mi trabajo. Un homenaje a todas esas personas que solo quieren dedicarse a lo que mejor saben, su arte, su trabajo, su vida. Un homenaje a toda esa gente que quiere mantenerse al margen de ideologías políticas, porque hay cosas más importantes en este mundo que estar matándonos e insultándonos unos a otros durante casi un siglo. Solo hay que abrir los ojos, y sobre todo, escuchar.
La película podría haber sido una obra maestra que por falta de presupuesto, no ha llegado a ser redonda del todo (hubo muchos problemas durante el rodaje y recortes en el presupuesto); su montaje adolece de muchos cortes y elipsis sin ton ni son, y es una pena porque podría haber dado más de sí. Es una historia con un desarrollo frenético, que muchas veces va a trompicones, y al espectador no le sobra tiempo a digerir lo que ve en pantalla, pero que contiene grandísimos momentos, con unas actuaciones notables y un elenco de personajes cuanto menos bizarro. Se queda corta en medios, pero de todas formas, el film es un espectáculo de principio a fin, serie b pura y dura señores. Ah, y genial la música de Roque Baños, como también es una maravilla la presentación de los títulos de créditos del principio, o el maquillaje en general (destaca los protagonistas, obviamente y, sobre todo, el actor Antonio de la Torre desfigurado). Una obra que con el paso de los años irá ganando, ya que como veo en muchos sitios, ha sido nulamente comprendida. Tanto por prensa como por espectadores. Eso sí, disfruté como un niño en dicho circo; en una sala abarrotada de gente, era el único que reía a carcajada limpia. No, no soy Tarantino en el festival de Venecia por si se lo preguntaban. Me llamo Javier, y soy el Payaso Triste, y seguiré leyendo El arte de la guerra en pleno centro comercial mientras escucho Raphael.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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dic 21 2010

Brigadoon: Es posible

Refugiarse en mundos paralelos, imaginarios, inventados para hacer la vida más soportable no es patrimonio de los que vivimos estos años de angustia económica, de pérdida de referentes, relaciones de usar y tirar. Creamos vidas que duran un día, un minuto, incluso, a veces, tan sólo unos segundos. Todos tenemos nuestro propio Brigadoon.
Corría el año 1954 cuando Vicente Minnelli dirigió la película Brigadoon. Quienes me conocen saben que no me gustan los musicales, pero éste es uno de los pocos que me divierten y que, pese a que ya no tengo la alegría que tenía a los veinte años, sigue provocándome una sonrisa y añorar los mundos enanos.
Tommy Albright (Gene Kelly) y Van Johnson (Jeff Douglas), son turistas que viajan de Nueva York a Escocia, las Highlands. Las brumas hacen que se pierdan por el bosque y terminen en una aldea que no aparece en ningún sitio. La aldea es Brigadoon, un pueblecito anclado en las costumbres del siglo XVIII. Tras el inicial desconcierto por lo mágico del lugar, ambos se sentirán felices en aquel lugar. Allí Tommy conocerá a  Fiona Campbell (Cyd Charisse) de la que se enamorará. Pero, como no podía ser de otro modo, sobre Brigadoon pesa un encantamiento. En tiempos remotos un pastor solicitó a Dios que, para evitar el maleficio de unas brujas, durmiese a los habitantes de Brigadoon y solo les mantuviesen despiertos un día al año, esa era la única manera de salvar a la aldea de la maldad humana. Pero el amor entre Tommy y Fiona es tan grande que él no quiere abandonar la aldea. Deberán abandonar la aldea y la tragedia se cernirá sobre ellos, sobre todos; pero el amor, el de verdad, todo lo puede
Brigadoon es una fábula sobre el amor. Brigadoon no es un lugar físico, es un sentimiento. Posiblemente, estas películas, con gaitas y decorados de cartón piedra, con un argumento que algunos lo pueden considerar un pastel, no interesen a nadie hoy en día. Nos inclinamos más por los tiros, las pajas mentales y nos olvidamos de que el cine también se hace para soñar. Aprender a amar los sueños, a la buena gente, a los principios y valores que no deben quedarse en una mera declaración de principios que nos pasamos por el forro a la primera de cambio. Todo eso, aunque suene a pastel y a manido debería formar parte de nuestro aprendizaje como personas. De nada valen determinados conocimientos, posesiones e historias, si nos olvidamos de soñar, de creer en las personas, de esperar lo mejor del que tenemos al lado.
Entramos en fechas navideñas, siempre son épocas de cambio. Aprovechen para reflexionar sobre sus vidas, sobre su comportamiento con el mundo y su tolerancia a lo distinto. Se preguntarán que tiene esto que ver con la película. Y yo les digo que mucho más de lo que pueda parecer. Si tiene niños, véanla con ellos, escondan la Play, la Wii y todo eso que los está idiotizando, háganles ver cine, pasen su tiempo con ellos y háganles creer que Brigadoon es posible.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 20 2010

En un mundo mejor: En el nombre del padre

‘’En una nación en guerra de África, Anton, un médico danés, trabaja en una misión humanitaria en un campo de refugiados. Su mujer se queda mucho tiempo sola en Dinamarca con el hijo de ambos, Elia, que sufre el maltrato de sus compañeros de colegio. Entonces llega un nuevo compañero a la clase, Christian, un niño que ha crecido sólo con su padre tras la muerte de la madre. Este niño traduce todo su dolor en violencia, y Elia se siente atraído de inmediato por su fuerte personalidad. La amistad entre ambos niños se convierte en un peligroso juego de venganza y rabia, que llega a poner en duda los ideales de Anton y tambalea la vida de ambas familias.’’

Sinopsis extraída del sitio web Filmaffinity.

Vista la sinopsis, muchos pensarán que es otro dramón más, típico de un telefilm de los sábados por la tarde que no ve ni Cristo cargando la cruz. No les culpo, de hecho cuando vi esta película en un festival fui pensando en eso mismo, pero lo cierto es que me llevé una muy grata sorpresa, quizás una de las películas más interesantes y una de las más tapadas de este escaso y penoso año cinematográfico salvo contadas excepciones.
La película es un fiel reflejo de los problemas sociales actuales, no hablo de pobreza, ni de crisis, ni de las típicas memeces hippies que predican ciertos estamentos o grupos urbanos que no son más que pura hipocresía panfletística. Hablo de la falta de comunicación, del vive y deja vivir, de los problemas de la infancia que luego afectan a la madurez, a la misma personalidad, el yo, la individualidad y el pensamiento propio. Hablo de la falta de entendimiento entre padres e hijos, de cómo ciertos comportamientos a una edad temprana pueden marcar el destino de los que vienen luego, del egoísmo innato en el ser humano. Es un film con una construcción de unos personajes perfectamente definidos por sus miedos, sus complejos, todo ello por las acciones de un pasado traumático. ¿Quién puede no verse reflejado en algunos de los personajes de esta historia? ¿Quién no se ha perdido alguna vez en una espiral de odio irracional porque no encuentra a ninguna persona que le eche una mano? ¿Quién es el culpable de nuestros actos? Y he ahí el verdadero problema. Nadie cree tener la culpa de lo que le pasa, siempre echaremos nuestra mierda a los demás, sea una molécula o un perro que pasaba por nuestro lado. Nadie dice he sido yo. El miedo a aceptarse a sí mismo es el principal problema del siglo XXI digan lo que digan, todos los problemas que surgen en nuestra vida diaria vienen condicionados por el pasado, los valores y principios que poco o nada o demasiado nos inculcaron, por la lucha estúpida entre generaciones. Una lucha eterna.
La película relaciona a su vez infancia con la madurez, y cómo lo que sufren los hijos de ahora, también lo sufrieron nuestros padres, y la crítica precisamente radica en eso, no podemos seguir así, se necesita el cambio, estamos en plena etapa de cambios, muy rápidos, quizás insignificantes, que están marcando una línea nada esperanzadora, decadente, cuesta abajo y sin frenos. Eso o acabaremos destruyendo todo por cuanto se ha luchado desde el principio de los tiempos, la perpetuación del ser humano como un ente creador, somos creadores, no debería ser al revés. Porque esto va de ratones y hombres. De miedos y libertad. Del yo soy yo y mis circunstancias. Hay que liberarse de la estupidez, del sentimiento de culpabilidad, de la oscuridad de nuestros corazones. Dejar de joder a los demás y joderse a sí mismo. Eso es.
En el plano técnico es bastante discreta aunque muy bien realizada, una fotografía digamos que bonita, con unas actuaciones más que notables, un guión maravilloso que une a la perfección diferentes historias relacionadas entre sí, y una música que evoca en todo momento a esa infancia perdida, triste y lejana, pero dura a la vez. Es una lástima que este tipo de producciones europeas lleguen con cuentagotas y apenas se sepa nada de ellas, salvo cuando van a festivales.
Les recomiendo que la vean si tienen la oportunidad, no les defraudará. Si después de eso salen del cine con un par de lagrimillas en los ojos a eso de medianoche, van caminando solos por la calle y le dan diez euros a un anciano violinista que toca el Canon de Pachelbel como solo sabría hacerlo un ángel, se sentirán de putísima madre esa noche, o como gilipollas consumados, no importa.
Debo dejar de ser tan moralista. No va conmigo.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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dic 19 2010

Pesadilla antes de Navidad: Encontrar el sentido de todo esto

Ando de limpieza estos días y, entre las muchas cosas que he encontrado y suponía perdidas y olvidadas, ha aparecido una copia de la película Pesadilla antes de Navidad. Una cinta de animación. Llegó a mis manos a través de un fanático de este tipo de cine y me la entregó, en su día, como si fuera una joya, una verdadera película de culto. Debo decir que en aquel momento era difícil encontrar una copia en DVD y que había removido Roma con Santiago para encontrarla. Un regalo de esos de amigo invisible que he conservado porque quien me lo regaló pretendía convencerme que la Navidad tiene su aquel.
Ayer, antes de decidir que hacer con ella, la volvía a poner en el reproductor de DVD y hasta le he encontrado mucha más gracia que la primera vez que la vi y eso que, sinceramente, ni los musicales, ni el rollo gótico me van. Pero esta cinta tiene algo que la distingue de otras películas de animación. No me preguntes lo que es porque no se lo sabría decir.
Pesadilla antes de navidad es una película prototipo de las de Tim Burton (la idea original fue de este director), dirigida en 1993 por Henry Selick. Película de corta duración, apenas poco más de una hora que, aunque no se lo crean les va a transportar de nuevo al mundo de los niños y sus miedos. No tengo yo muy claro que este tipo de películas que parecen hechas para los niños sean realmente para ellos. No por los monstruos, ni las sombras, ni nada de todo ello, sino porque en el fondo, sin dejar de ser de una sensibilidad pasmosa, tienen bastante más miga que la que parece.
En la ciudad de Halloween viven todos los monstruos que pueblan los sueños y pesadillas de los niños. Jack Skellington es el Señor de Halloween, un esqueleto elegante, encargado de preparar las fiestas más terroríficas del mundo, pero que para su pueblo (hombres lobos, momias, fantasmas, brujas, etc.) son las más alegres y divertidas. Pero Jack, pese a ser el más admirado de Halloween siente un profundo vacío interior. Marcha de la fiesta y va vagando por el bosques mientras va pensando en su insatisfacción por hacer siempre lo mismo y empiezan a aparecer sus miedos. No está contento, necesita encontrar cosas nuevas. En este deambular por el bosque, llegará hasta los árboles que le dan entrada a un nuevo mundo, la Navidad. Entra en aquel mundo que, en contraste con el suyo es luminoso, lleno de color. Jack cree haber encontrado lo que busca.
Mientras Sally una muñeca llena de costurones, sigue en el mundo de Halloween, bajo el dominio de su creador el Dr. Flinkenstein. Quisiera poder marcharse del lado del doctor y hacer su vida pero ella no es como Jack, es mucho más quieta, melancólica.
Cuando Jack vuelve entusiasmado de Navidad, intenta explicarles a todo el mundo que es eso y su propósito de mejorarla. Sin embargo, Jack, sin darse cuenta, sólo consigue transmitir detalles mundanos de regalos, etc.; sin conseguir hacerles llegar los sentimientos que le provocó Navidad. Nadie entiende nada porque todos lo ven todo desde el prisma de Halloween. Sólo cuando les habla de Santos Clavos (Santa Claus) consigue arrancarles cierto interés, cuando les dice que es el Rey de Navidad, lo mismo que el Rey de Halloween.
Jack quiere saber lo que es la navidad, comprenderla y se esfuerza para ello, buscando incluso fórmulas matemáticas, lo que le produce enorme insatisfacción pues no llega a coseguir ningún resultado. Disecciona los regalos de navidad (disecciona un osito), observa todos los objetos de navidad por el microscopio, intenta hacer un copo de nieve gigante.
Mientras Jack anda con sus estudios, Sally intenta fugarse de nuevo saltando por la ventana (no hay problema, es de trapo, cae al suelo se destroza y ella misma se recompone cosiendo). Sally correra hacia Jack que sigue obsesionado con la Navidad y ella, viendo el erróneo camino de su amado, intentará evitar que camine hacia el desastre cuando intenta suplantar, tras secuetrarlo, al propio Santos Clavos, fundiendo en una sola la noche de Halloween y la de Navidad. No va a ser bien recibido y, será entonces cuando se dará cuenta de la estupidez de abandonar su propia personalidad por transformarse en quien no es. A partir de ahí, intentará liberar a Santa de los verdaderos malos de Halloween. Finalmente, tras el rescate, algo maravilloso va a ocurrir, pero eso…, no se lo voy a contar.
La película, toda ella de una estética absolutamente gótica, es muy entretenida y la banda sonora, compuesta de diez canciones expresamente escritas por Danny Elfman, es estupenda y ajustada a cada uno de los personajes que la interpreta dentro de la filmación.
Debo decir que ayer noche, mientras veía esta película, a oscuras y en la pantalla del portátil, me pareció que los personajes terroríficos de la película, me hacían un guiño, se habían convertido en bellos y estupendos. No tenía intención de escribir nada en relación a ella, pero ahora pienso que, aunque pueda parecer una gilipollez y mi texto no consiga que les entren ganas de ver esta película, creo que debía hacerlo. Tal vez por Jack, o por Sally o por mí misma. Alguien debía colgar, en este blog de cine, esta pequeña obra de arte del cine de animación y esa sólo podía ser yo, alguien a quien en Navidad le da por cantar boleros y poner margaritas en su casa.
PD.: He decidido quedármela, la iba a regalar, pero creo que no. Hoy ya le he encontrado el sentido. Véanla, con sus hijos, estamos en Navidad, y no se queden en lo anecdótico, buceen un poquito. Feliz Navidad.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 19 2010

Tron Legacy: En el hombre del hijo

Son las 19.30 del viernes 17 de Diciembre de 2010. Estoy sentado y completamente solo en una sala de cine en versión original subtitulada. Agarrado a la butaca tras dos horas. Empapado en lágrimas. Lágrimas que me siguen hasta mi casa. Incluso cuando escribo estas líneas. Llevaba un tiempo en el que el cine no me daba realmente ninguna alegría, ninguna satisfacción a nivel personal, ningún espectáculo que hiciera que mi sensibilidad se pusiera a flor de piel como ha pasado hoy. Un espectáculo visual, sonoro y narrativo como el que propone: Tron Legacy. Sí, esa secuela de la archiconocida película de culto que la factoría Disney creara en los años 80, una secuela de la que muchos no se esperaban gran cosa, de la que muchos me han llegado a decir que sería un fracaso y un auténtico castañazo. Muchos lo dicen y se reafirman en ello. Realmente me la suda lo que digan.
Se equivocaron. Sí, eso pienso.
El argumento nos sitúa veintisiete años después de la cinta original, exactamente la edad que tiene nuestro protagonista, Sam Flynn (un desconocido Garrett Hedlund que va a dar mucho que hablar, o eso espero) que es el hijo del archimillonario e informático que ha levantado un imperio de la nada, Kevin Flynn (Jeff Bridges, increíble como siempre). Su vida se ha echado a perder literalmente desde que su padre desapareció, dejándolo como el rico heredero de una de las mayores empresas de tecnología llamada Encom. Siendo tan joven, la empresa acabó presidida por otros socios y accionistas, viciando el mensaje primario del que Kevin Flynn quería hacer gala. Así, Sam ha pasado su vida dando tumbos, sin objetivo, pagando los pecados del padre, obstruyendo la mercadotecnia de la empresa gracias a la que vive, perseguido y odiado por todo el mundo, solo, huyendo de responsabilidades, de sí mismo. Un día, un antiguo amigo de su padre y el segundo de a bordo del negocio, Alan Bradley (Bruce Boxleitner, que también aparecía en la original, esta vez ya con unos cuantos años de más), creador del juego Tron, recibe un mensaje en su busca, un aparato que no usaba desde los años 80, desde los recreativos que regentaba Kevin. Un mensaje que no duda en comunicar a su hijo, que acudirá intrigado y descubrirá a lo que se dedicaba su padre todas las noches. Allí, en un sótano oculto, como si bajara por la madriguera de conejos en Alicia en el País de las Maravillas, nuestro héroe será transportado al universo onírico digital llamado La red, donde un programa llamado Clu hecho a imagen y semejanza de su padre y que gobierna de manera totalitaria. En su periplo se encontrará con su verdadero padre, recluido en un exilio en compañía de un programa llamado Quorra (Olivia Wilde, un bellezón de mujer) que es el último superviviente de un hecho grave llamado La Purga y por la que Kevin quedó encerrado veinte años allí. Nuestro trío de protagonistas intentará hacer caer el mundo de Clu desde sus cimientos.
Una película llena de referencias, compleja y simple a la vez, que aunque pudieran pasar desapercibidas para el público en general, están presentes:
-Literarias: como ya he mencionado la obra de Lewis Carroll, ese joven huidizo de la realidad y las responsabilidades que se evade en un mundo virtual que acabará agarrando el destino con sus manos; o Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne; están claramente introducidas en algunas escenas de la película, entre otros relatos de otros autores.
-Religiosas: la Santa Trinidad, Padre-Hijo y Espíritu Santo. Kevin, Sam y Quorra respectivamente, y es que ésta última sirve como el elemento salvador de nuestros protagonistas, una fuente pura, inocente y llena de sabiduría, un eje al que agarrarse cuando todo va mal. Y esa referencia al número tres en múltiples elementos del decorado o el vestuario, que aunque subliminal, aporta una descripción a ese mundo y esos personajes. O la oposición cielo-infierno y cómo se plasma la división con tonos azules y blancos, y tonos cálidos y naranjas respectivamente para diferenciar unos personajes de otros.
-Filosóficas: el eterno retorno de Nietzsche como elemento de causalidad, un principio y un fin que a su vez genera un nuevo principio, una nueva era, un traspaso generacional de padre a hijo que tiene su mayor simbología en el aro o círculo que llevan los protagonistas a sus espaldas, que simboliza lo infinito. Es curioso como una película con un trasfondo religioso se contrapone con esto que acabo de decir. Bueno, no tanto…
-Cinéfilas/musicales: Aunque bebe de su propia fuente estética creada hace más de dos décadas, se reverencia u homenajea (algunos dicen que es una parodia barata, en fin…) a películas como Blade Runner (esa ciudad virtual sumida en una oscuridad latente y decadente bajo luces de neón, humo y lluvia constante), 2001: Una odisea en el espacio (en lo que se refiere a decorados interiores), Star Wars (Jeff Bridges recuerda a Sir Alec Guinness haciendo de Obi-Wan Kenobi; es casi anecdótico) por poner ejemplos conocidos. Y en música ese magnífico tema Sweet Dreams de Eurythmics en un momento dado, o la referencias a obras de Vangelis y Hans Zimmer.
-Sociales: Una crítica, aunque superficial, a empresas que no tienen en cuenta a los usuarios y que monopolizan el mercado con productos de dudosa calidad, como una que todos conocemos y saca un sistema operativo cada tres años;   reflejada en el cinismo de los accionistas e informáticos (curioso el cameo de Cillian Murphy) que no dudan en vender mierda para hacerse ricos. Una crítica a la ambición desmesurada que acaba convirtiéndose en un monopolio, en un régimen totalitario, por culpa de la búsqueda de una perfección utópica, infantil, pero que existe en nuestra realidad. Una crítica a la sociedad que hemos creado, de la herencia de valores de padres a hijos, del qué estamos aportando a nuestros jóvenes (que no es más que odio y miedo y que acaba derivando en la evasión de la realidad a través de alcohol, drogas y un largo etc.). De la enorme magnitud y lo complicada que puede ser nuestra infancia y cómo un hecho determinado puede ser la causa y el principio de grandísimos complejos que derivarán en nuestros actos cuando seamos mayores de manera casi inconsciente. De la aceptación del yo como una entidad individual y no grupal (al contrario que los regimenes totalitarios). Para ser claros, del perdón entre una generación y otra.
Técnicamente la película es sublime, aunque creo que me quedo corto con este adjetivo; con una estética que ya es una marca en sí misma, una franquicia generadora de todo tipo de merchandising; un diseño de vestuario y de elementos del decorado brutal, con identidad propia; con una fotografía espléndida a pesar de que prácticamente toda la película son efectos especiales y chroma, pero si os doy mi sincera opinión, en la que los personajes están tan perfectamente integrados con lo que ocurre en pantalla que uno se mete de lleno en la acción; incluso revoluciona el hecho de ver a Jeff Bridges (el papel del doble maligno, Clu) hecho totalmente por ordenador con aspecto de joven; no quiero pensar cómo será el cine de aquí a veinte años, da hasta miedo, es demasiado real; una banda sonora original creada por el famoso grupo de ritmos electrónicos Daft Punk que es una absoluta maravilla; y un apartado sonoro en general absolutamente genial. La gente que le motive todo esto, disfrutarán con el espectáculo. Quizás falle la frialdad de las actuaciones, y alguna cosilla de guión, pero no creo que sea para tanto, su objetivo es entretener, y lo consigue con creces. Y un consejo, véanla en V.O.S., el doblaje a nuestro idioma es más que patético, por no decir de risa.
En definitiva, puedo equivocarme, puede ser una película más del montón y haber hecho mella en mí la nostalgia de mi niñez y haber visto una paja mental que me ha encandilado de principio a fin. Puede que incluso dentro de unos años, cuando la vuelva a ver no la mire con los mismos ojos. Pero sí que puedo decir una cosa, he sido feliz durante dos horas, y eso no me lo va a quitar nadie. Debo dejar de ser tan moralista. No va conmigo.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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