Tasio: El cosmos pequeño y universal

El mundo es pequeño. Mucho. Y es algo de una belleza aplastante. Insólito. Porque nosotros somos el mundo.
El mundo es un mundo lleno de problemas. Es un espacio hostil, difícil. Pero es, también, el lugar en el que se encuentran todas las soluciones posibles. Porque nosotros somos el mundo.
El mundo es nuestra casa y no tenemos otra.
Hace muchos años, (andaba yo soltero e intentando encontrar un hueco que no aparecía), tuve la suerte de ver una película que, por aquel entonces, me ayudó a comprender la importancia que puede llegar a tener el conjunto que formamos personas y entorno natural. Importancia que llega de la interpretación que hacen las partes, una de otra. Con una sensibilidad inmensa, Montxo Armendariz logra construir un clima (sin duda lo mejor de la película) que envuelve todo lo que va sucediendo para que el espectador pueda, sin violencias narrativas, integrarse y comprender. La naturaleza conoce al hombre y este a ella. Tienen una relación en la que habrá amores, odios, peligros y reencuentros. Pero una relación para siempre. Sólo la fusión entre hombre y entorno permite que la vida siga adelante.
Armendariz elige con máximo acierto los ingredientes necesarios y coloca cada cosa en el lugar adecuado.
El guión es, especialmente, inteligente. Se construye sobre un buen número de elipsis y así desaparece todo lo superfluo. Armendariz no malgasta ni un minuto en contar lo que el espectador ya sabe. Los personajes se construyen desde la sugerencia de un gesto o una insinuación desde la mirada que arrastran hasta las zonas expositivas en las que aparecen, con coherencia y credibilidad. Y los diálogos, aunque escasos, son concisos para que el discurso no termine colocado por encima de un escenario que se convierte en uno de los protagonistas desde la primera secuencia teniendo como epicentro la carbonera que Tasio trabaja y que representa el final de un mundo feliz. Es curioso, por ejemplo, que sólo cuando aparecen el dinero, el poder o la religión, ese escenario se difumina peligrosamente para los personajes; todo lo que se interpone en esa relación hace que la personalidad de los personajes se tambalee y el entorno se convierta en un lugar mucho más incómodo.
Para mostrar esa fusión entre el ser humano y su habitat, Armendariz maneja unos vehículos que podrían parecer poco originales o estereotipados. Pero logra que se conviertan en algo más allá de lo que realmente son al integrarlos, también, en la propuesta, no como simples herramientas, sino como el resultado de lo que propone la película. Por ejemplo, amor y amistad. La historia que nos cuentan entre Tasio (Patxi Bisquert) y Paulina (Amaia Lasa) representa un amor puro, lejos de cualquier interferencia que no sean ellos mismos. La amistad que entrega Tasio a otros lo es del mismo modo. Nada está por encima de ella porque todo, absolutamente todo, está colocado en un único plano: el que forma Tasio y su mundo. Todo se tiñe de eternidad. Incluso la muerte pasa desapercibida. Una persona queda en otra, se hace eterna porque todo lo es. Es por esto por lo que los personajes perciben la vida como un valor relativo. Muere un niño y todo sigue donde estaba, si muere un adulto pasa igual. Nada muere, en realidad.
A todo esto le acompaña una música suave que aparece como si no quisiera invadir lo que no le corresponde. El espectador podrá matizar al escuchar cómo interpretan la partitura, pero lo que ve es algo invariable. La música se convierte en otro aspecto del entorno. Ángel Illarramendi firma un trabajo sin grandes alardes, pero muy ajustado a lo que necesitaba la película.
Un mundo sencillo es lo que nos ofrecen con esta propuesta. Sencillo, pero en el que todo es posible. Sin tecnología en cada rincón, sin necesidades inventadas; un lugar en el que las dificultades pueden superarse sin tener que recurrir a la violencia o las armas. Un buen mundo que todos quisiéramos. Armendariz nos hace sentir nostalgia por algo que no somos capaces de construir, que dejamos escapar ya hace mucho tiempo.
Una muy buena película que hace poco cumplió sus primeros veinticinco años. Una película ya vieja (tal y como corren las agujas del reloj hoy en día), pero que ha logrado envejecer la mar de bien. A mí me ha vuelto a dejar pegado al sillón.
© Del Texto: Nirek Sabal


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