nov 28 2010

Hannah y sus hermanas: lo más normal del mundo en una película

Uno de los errores que cometen con más frecuencia los nuevos autores es creer que necesitan poner su capacidad creativa en funcionamiento para lograr personajes grandiosos por su extrañeza, tramas que toquen de cerca lo extraordinario o escenarios que sólo alguien como ellos podría llegar a imaginar. Y digo que es un error porque , tal vez, tengan a su lado algo que contar sin tanta búsqueda en territorios extraños. Dedicar más tiempo de lo necesario en una búsqueda estéril cuando, por ello, se deja de trabajar, es una forma, como otra cualquiera, de convertirse en un autor sin obra, con mucha obsesión y poco más.
A Woody Allen le han podido pasar muchas cosas, ha podido cometer grandes errores durante su carrera, pero eso no; eso de andar buscando la excelencia lejos de sí mismo (incluso de su propia imaginación) no parece ir con él. Si tuviera que nombrar a un director por su honestidad al trabajar y su claridad de ideas, es posible que le nombrase a él como ejemplo de lo que ha de hacer un profesional.
Imaginen una familia corriente. Alguien me podría decir que la familia que se dibuja en Hannah y sus hermanas está llena de neuróticos, fracasados, engañados, mentirosos, ex drogadictos, ex alcohólicos, hipocondriacos, matrimonios destrozados, matrimonios en la cuerda floja y de problemas. Me lo podrían decir; es cierto. Pero es que en todas las familias encontramos lo mismo que en esa. Otra cosa es que  queremos reconocerlo o no, que podamos hacerlo o no. Bueno, imaginen una familia así, normalita, sin grandes rarezas. Visten con ropa normal, resuelven los problemas normales de una familia, tienen los secretos corrientes de una familia corriente. Imaginen una familia así, en lo que les pasa. Y, voilà, pueden rodar una gran película si tienen el talento, la pasta y las mismas ganas que Woody Allen.
Este director puede gustar o no, pero la inteligencia que desarrolla en cada una de sus películas es asombrosa. Incluso cuando alguna de ellas ha sido una propuesta fallida, la inteligencia no ha faltado (inteligencia digo y no ingenio, que también esta siempre, pero no es la misma cosa).
La capacidad de Allen para desarrollar narrativamente sus ideas es sobresaliente. Siempre encuentra un registro adecuado para hacerlo, con el que matiza y llena de coherencia lo que quiere decir. Puede contar la misma cosa en cuatro o cinco películas distintas y te lo tragas como si fuera la primera vez. Eso es lo que ha hecho desde hace años. Todo hay que decirlo.
En Hannah y sus hermanas apuesta por el cambio del punto de vista para que los personajes vayan apareciendo con la fuerza necesaria y haciendo que las historias de cada uno de ellos se vayan mezclando con coherencia. Para ello integra en el guión monólogos interiores puesto que este es el recurso que nos lleva sin peaje alguno a esa zona de la consciencia del personaje que Allen busca en su película. Si vemos al personaje, si conocemos su evolución, si el director es capaz de presentarnos un mundo en el que nos podamos reconocer a través de él (personaje), todo encaja sin que tengan que obligarnos con artificios narrativos ramplones o haciendo trampa. Apuesta por el cambio del punto de vista alternando cuadros que van modificándose entre ellos y haciéndolos comprensibles. Y apuesta por ventilar un asunto muy concreto, un pasado que aparece como el equipaje obligado y definitivo de cualquier ser humano.
Aparece en la película el psicoanálisis, la religión como alternativa absurda para encontrar el sentido de la vida, la relación entre adultos que forman y deforman parejas, la inmadurez que descubrimos en personas que deberían ser lo más maduro del universo, la muerte, la traición y el remordimiento. En fin, lo que casi siempre está presente en el cine de Allen. Pero esta vez desde lugares diferentes, marcando esa novedad los monólogos a los que me refería y buscando un vínculo de todo lo que pasa con un pasado convertido en carga imposible de abandonar, en el peso de lo irrealizable. Somos lo que fuimos. Peleamos contra ello aunque nada puede cambiar. Esto es Hannah y sus hermanas. Si una zona de la película resume esto, es el momento en que una de las hermanas de Hannah decide convertirse en escritora. En el guión que escribe aparecen unos y otros aunque con nombres diversos. Y se convierte en un auténtico conflicto. Nadie quiere que su pasado se ventile, nadie quiere ser lo que fue, sin entender que es eso y no otra cosa lo que tienen. Su propia realidad.
El guión es inteligente, divertido y, a ratos, delirante por la carga de ingenio. No se pierde intensidad narrativa en ninguna fase de la película. Comienza con el mismo buen tono con el que acaba.
Las interpretaciones (todas) son excelentes gracias a la dirección que Allen realiza con los actores. Michael Caine, Mia Farrow, Dianne Wiest, Barbara Hershey, Max Von Sydow y el propio Allen, llenan la pantalla defendiendo sus papeles con entusiasmo, sin apatías ni exageraciones.
También, como de costumbre cuando se trata de este director, la música es un ingrediente que convierte en fabuloso lo corriente. Fragmentos de la música de Bach (2º Movimiento del concierto en Fa menor) o de Pucinni (Madame Butterfly), por ejemplo, acompañan a los personajes matizando la acción maravillosamente. Y, por supuesto, Nueva York. Siempre la ciudad de Nueva York convertida en un marco único e insustituible.
Woody Allen es un genio. Woody Allen ha logrado películas impresionantes. Hannah y sus hermanas es una de ellas. Si ya la vieron no hagan pereza y vuelvan a ella. Si no es así, sepan que corren el peligro de perderse una excelente película. Corran, corran.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 28 2010

Tasio: El cosmos pequeño y universal

El mundo es pequeño. Mucho. Y es algo de una belleza aplastante. Insólito. Porque nosotros somos el mundo.
El mundo es un mundo lleno de problemas. Es un espacio hostil, difícil. Pero es, también, el lugar en el que se encuentran todas las soluciones posibles. Porque nosotros somos el mundo.
El mundo es nuestra casa y no tenemos otra.
Hace muchos años, (andaba yo soltero e intentando encontrar un hueco que no aparecía), tuve la suerte de ver una película que, por aquel entonces, me ayudó a comprender la importancia que puede llegar a tener el conjunto que formamos personas y entorno natural. Importancia que llega de la interpretación que hacen las partes, una de otra. Con una sensibilidad inmensa, Montxo Armendariz logra construir un clima (sin duda lo mejor de la película) que envuelve todo lo que va sucediendo para que el espectador pueda, sin violencias narrativas, integrarse y comprender. La naturaleza conoce al hombre y este a ella. Tienen una relación en la que habrá amores, odios, peligros y reencuentros. Pero una relación para siempre. Sólo la fusión entre hombre y entorno permite que la vida siga adelante.
Armendariz elige con máximo acierto los ingredientes necesarios y coloca cada cosa en el lugar adecuado.
El guión es, especialmente, inteligente. Se construye sobre un buen número de elipsis y así desaparece todo lo superfluo. Armendariz no malgasta ni un minuto en contar lo que el espectador ya sabe. Los personajes se construyen desde la sugerencia de un gesto o una insinuación desde la mirada que arrastran hasta las zonas expositivas en las que aparecen, con coherencia y credibilidad. Y los diálogos, aunque escasos, son concisos para que el discurso no termine colocado por encima de un escenario que se convierte en uno de los protagonistas desde la primera secuencia teniendo como epicentro la carbonera que Tasio trabaja y que representa el final de un mundo feliz. Es curioso, por ejemplo, que sólo cuando aparecen el dinero, el poder o la religión, ese escenario se difumina peligrosamente para los personajes; todo lo que se interpone en esa relación hace que la personalidad de los personajes se tambalee y el entorno se convierta en un lugar mucho más incómodo.
Para mostrar esa fusión entre el ser humano y su habitat, Armendariz maneja unos vehículos que podrían parecer poco originales o estereotipados. Pero logra que se conviertan en algo más allá de lo que realmente son al integrarlos, también, en la propuesta, no como simples herramientas, sino como el resultado de lo que propone la película. Por ejemplo, amor y amistad. La historia que nos cuentan entre Tasio (Patxi Bisquert) y Paulina (Amaia Lasa) representa un amor puro, lejos de cualquier interferencia que no sean ellos mismos. La amistad que entrega Tasio a otros lo es del mismo modo. Nada está por encima de ella porque todo, absolutamente todo, está colocado en un único plano: el que forma Tasio y su mundo. Todo se tiñe de eternidad. Incluso la muerte pasa desapercibida. Una persona queda en otra, se hace eterna porque todo lo es. Es por esto por lo que los personajes perciben la vida como un valor relativo. Muere un niño y todo sigue donde estaba, si muere un adulto pasa igual. Nada muere, en realidad.
A todo esto le acompaña una música suave que aparece como si no quisiera invadir lo que no le corresponde. El espectador podrá matizar al escuchar cómo interpretan la partitura, pero lo que ve es algo invariable. La música se convierte en otro aspecto del entorno. Ángel Illarramendi firma un trabajo sin grandes alardes, pero muy ajustado a lo que necesitaba la película.
Un mundo sencillo es lo que nos ofrecen con esta propuesta. Sencillo, pero en el que todo es posible. Sin tecnología en cada rincón, sin necesidades inventadas; un lugar en el que las dificultades pueden superarse sin tener que recurrir a la violencia o las armas. Un buen mundo que todos quisiéramos. Armendariz nos hace sentir nostalgia por algo que no somos capaces de construir, que dejamos escapar ya hace mucho tiempo.
Una muy buena película que hace poco cumplió sus primeros veinticinco años. Una película ya vieja (tal y como corren las agujas del reloj hoy en día), pero que ha logrado envejecer la mar de bien. A mí me ha vuelto a dejar pegado al sillón.
© Del Texto: Nirek Sabal


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