nov 27 2010

El abrazo partido: Cosas de familia

Dicen que Daniel Burman, director argentino, tiene una verdadera obsesión con el tema de la familia, con los judíos y que todas sus películas giran alrededor del mismo tema. Puede que, más que de una obsesión, se trate de un director que rueda sobre la vida cotidiana, sobre lo que pasa a la gente corriente. Es cierto, habla sobre judíos porque él es judío. Puede que sea cierto pues que el tema de la familia, las relaciones entre sus miembros, sea un tema recurrente, pero sinceramente, yo no veo donde está el problema, a fin de cuentas la familia es una estructura fundamental por mucho que algunos intenten denostarla. La familia estructura la vida social, continua siendo uno de los pilares sobre los que se sostiene el mundo. Basta echar un vistazo a la situación actual y verán cómo hay personas que sobreviven gracias a la familia (y no hablo sólo desde un punto de vista económico sino desde el humano).
Pero la familia, con sus más y sus menos, con sus historias contadas o secretas, no está libre de conflicto, de desasosiego, de la falta de entendimiento, ni siquiera de las verdades ocultas. A fin de cuentas, la familia somos nosotros mismos. Esta idea siempre la transmite a la perfección Burman (el gran público puede que le recuerde por su participación del Diarios de Motocicleta como coproductor)
Las verdades escondidas, ocultas tras mentiras que pretenden no crear mayor conflicto del que se intuye (con uno mismo en la mayoría de ocasiones), están al orden del día y esas mentiras sobre las que la gente construye su vida, su identidad, su historia cuando se desmoronan, para dejar paso a la realidad oculta, puede ser muy destructivas.
En El abrazo partido, Burman, nos cuenta la historia de Ariel (Daniel Hendler), argentino y judío, obsesionado con el abandono de su padre, Elias (Jorge D’Elia) cuando apenas había nacido. En casa, su madre Sonia (Adriana Aizemberg), habla de Elías como de un héroe que marchó a Israel a luchar en una guerra para defender aquellos ideales en los que creía y no volvió jamás. Ariel se crió con su madre y su hermano y en el entorno de la galería en la que la madre tiene un negocio de mercería. Sonia sobrevive vendiendo ropa y el hermano, Joseph (Sergio Boris) vendiendo productos variados e iniciando negocios extraños. Unos supervivientes de la Argentina actual que intentan sobrevivir a la debacle económica que se cierne sobre el país. Un lugar sin esperanza del que hay que salir como sea. En ese intento por encontrar un lugar donde sea posible un futuro más llevadero, Ariel (cuyos abuelos son emigrantes polacos que se refugiaron en Argentina huyendo de desastre personal sufrido durante la Segunda Guerra Mundial) intenta recuperar la nacionalidad polaca y así poder marchar a vivir a Europa. Entre tanto, la vida en la galería, con sus personajes conectados por vínculos que van más allá de los de simple vecindad, sigue discurriendo con la normalidad sólo alterada de la marcha de uno de ellos y del regreso de Elías.
Ariel, descubre por sorpresa que su padre ha regresado a Argentina y es entonces cuando, todos los reproches del mundo se hacen presentes. Descubre que la historia que siempre le contaron no es cierta. Su vida, su historia se fraguo sobre grandes mentiras que, pese a todo, ahora le permiten reconocer a su padre y reconciliarse con su vida.
El título de la película no puede ser más acertado El abrazo partido, un abrazo que debía existir siempre y quedó roto por aquello de la vida.
Dicen que Burman puede considerarse el Woody Allen argentino con sus historias de cotidianeidad y obsesiones A mí no me lo parece; sin embargo, sí que creo que consigue hacer reflexionar sobre algunas cuestiones fundamentales. Todos necesitamos saber quiénes somos, el porqué nuestra vida es de una manera y no de otra, sobre el dolor innecesario de una mentira sostenida en el tiempo. La gracia de Burman es que nos permite preguntarnos sobre todo eso sin ponerse estupendo, encarando estos temas fundamentales desde una perspectiva sincera y con una cierta visión cómica de la vida, utilizando para ello a un muchacho, gruñón, mal humorado, con tendencia al escaqueo, pero que se nos hace encantador; y a una madre mentirosa que sobrevive a sus propias mentiras a base de hacer y comer pasteles caseros. Una vida, a fin de cuentas, como millones que se dan.
Las cuestiones fundamentales pueden retratarse de dos maneras; una poniéndonos trágicos y otra, haciéndolo como Burman, sin perder de vista que, incluso lo más terrible, lo más dramático, puede tener un cierto deje de simpatía. Me pareció una película estupenda.
Aquí les dejo una reflexión de Ariel. Verán de que les hablo:
“Tengo esta única imagen de mi padre. Es un vídeo casero, pero se le ve bastante bien. Esta junto al tío Eduardo y detrás del rabino. Me circuncidan con alegría y orgullo. El sonido no es muy bueno, pero mi llanto se escucha, mezclado con los vítores de los invitados. Al otro día papá se fue a Israel, a luchar en una guerra. La guerra terminó enseguida, pero él no volvió. Algunas cartas llegan, y a veces llama. A mamá todo esto le parece normal y a mi hermano, Joseph, no le merece ningún comentario. Yo no los entiendo. Uno no le anda cortando el pene a los hijos, y desaparece por treinta años, así como si nada. No es justo. Yo trabajo con mi madre, en una galería comercial del barrio del Once. La galería es mi universo, un universo en extinción. Mamá tiene un negocio de lencería femenina. Trabajo con ella, imaginando los cuerpos desnudos de las mujeres que vienen a comprar prendas diminutas. Mi hermano Joseph trabaja en un local del fondo, vendiendo y comprando cosas. Enfrente está el negocio de Osvaldo, que está en venta, y mas allá los coreanos y el de la familia Salgan, que arregla radios, y se gritan en italiano. Por suerte también está el local de Rita, que es como una novia o algo así. Los negocios cambian de rubro, mis amigos se convierten en otras personas, algunos se casan, otros se transforman y la mayoría busca la salvación de un pasaporte europeo. Aarón ya es francés, Pedro español y yo pronto seré un hombre polaco”.
Una buena película, en la que parece que no pasan grandes cosas cuando es totalmente lo contrario. Una película de las de petit comité. Se la recomiendo siempre y cuando no les provoque urticaria el cine argentino.
© Del Texto: Anita Noire


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