Eduardo II: Anacronismo inquietante

Agua, tierra, fuego, sangre, luces encontradas, algunos momentos coreográficos notables y otros de crueldad extrema, pero velada; una banda sonora exquisita, original de Simon Fischer-Turner (con la imprevisible presencia física de Annie Lennox cantando Ev´ry Time You Say Goodbye, de Cole Porter) y una producción minuciosa, dan una lectura contemporánea del clásico isabelino, que Derek Jarman aprovechó para atacar la mezquina visión moral del thatcherismo.
Eduardo II es una de las obras teatrales destacadas de Christopher Marlowe, dramaturgo británico del siglo XVI, considerado habitualmente como el gran predecesor de Shakespeare.
Es también una obra polémica porque desarrolla la historia de amor entre el rey Eduardo II de Inglaterra y su amante, el joven Piers Gaveston, y las intrigas que suscita esta unión en la corte.
El texto de esta adaptación cinematográfica es limpio, preciso, de una ambigüedad calculada y astuta; y los diálogos, fascinantemente hermosos y bien construidos.
Enfrentar la tarea de filmarlo entraña el riesgo de jugar con esa ambigüedad trasladándola al espectador del siglo XX, pero conservando el artificio teatral. No es una tarea fácil, pero Derek Jarman lo consigue en esta película rozando el magisterio. Porque lo ambiguo, trasciende en el libreto, la relación del rey, y se va infiltrando en la larvada lucha de poder entre el soberano y la nobleza, entre la libertad y el deber, en torno a lo moral. Sosteniéndose en un estudio sobre la ambición humana.
El director utiliza para filmar el drama un recurso muy poderoso que había ensayado, con menos acierto -desde mi punto de vista-  en otras de sus películas como Sebastiane (1976) o Caravaggio (1986): la teatralización cinematográfica. Lo lleva a cabo con la ayuda indispensable del director artístico, Ricky Eyres, que realiza un trabajo brillante.
Los escenarios, son una sucesión de espacios casi vacíos que buscan transformarse en el interior de una mente humana, y donde el protagonismo lo adquieren la luz, la materia y la interpretación; lo convierte así en un espacio para esas voces, que actúa como una poderosa caja de resonancia.
Es arriesgada la decisión de crear con esa escenografía -y sobre todo con el vestuario y el atrezo- un lugar anacrónico, situado más allá del espacio y del tiempo, esto es, conservando el eco histórico, pero transformándolo en algo actual, pero remoto, cercano e incierto; inquietante en suma, como lo es la misma construcción de la dramaturgia. El riesgo es manejado con una eficiencia notable, y apenas hay un par de detalles que chirrían.
El trabajo de los actores es preciso, sobre todo la interpretación de Andrew Tiernan (Piers Gaveston); y la de una soberbia Tilda Swinton (reina Isabella) ejecutada desde la presencia, la dicción precisa, y la ausencia de gestualidad, que se apoya en un vestuario sencillamente fabuloso (Sandy Powell), que la transforma en un ente estático que domina la película.
El arreglo para celesta de la Danza del Hada de Azúcar del ballet El Cascanueces, de Tchaicovsky, eleva el momento final a la mayor altura posible. Impecable.
Me ha fascinado.
© Del Texto: Ivor Quelch


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