La hora 25: Cuando la sonrisa desaparece para siempre

Siempre me han gustado las películas que huyen del artificio facilón, las películas honestas. El tiempo me ha enseñado que si alguien tiene algo que decir y sabe cómo hacerlo lo hará sin aspavientos; evitará los artificios narrativos que traten de llevar al espectador a un territorio amable en el que todo funcione. Las cosas bien contadas tienen reservado un lugar único en el que todo fluye sin problemas y en el que todos se colocan sin obligaciones. Esas películas que usan y abusan de la lágrima fácil para conmover, de una violencia desmesurada para causar un horror pasajero; de un discurso bonito, pero vacío para llenar los minutos y que parezca que la inteligencia del lenguaje se instala en cada secuencia; o del chiste ramplón para hacer pasar buenos ratos; esas películas, me parecen una estafa. Lo auténtico nunca se acompaña de bisutería.
La Hora 25 es un buen ejemplo de película que busca narrar, tratar un asunto con claridad (casi inocencia) y que el espectador se coloque sin obligaciones en el único lugar desde donde poder entender. Podrá gustar más o menos la propuesta, pero nadie puede acusar a su director, Henri Verneuil, de jugar con el espectador.
Nos cuentan cómo un campesino rumano es arrastrado a una situación absurda (el jefe de policía de su pueblo está enamorado de su mujer y le envía junto a los judíos detenidos a un campo de trabajo) en la que pasará de una prisión a otra, será reconocido como el hombre de medidas perfectas por un nazi que quiere inaugurar el primer zoo humano, será juzgado por crímenes de guerra y, finalmente, encontrará a su familia destrozada en un lugar extraño. Un disparate que sólo puede ocurrir durante la guerra, cuando la brutalidad se impone a la inteligencia. Anthony Quinn interpreta el papel protagonista, francamente, bien. Ni un gesto de más, ni un exceso. Le acompaña la guapísima Virna Lisi que tiene un protagonismo mucho menor aunque es una pieza fundamental en el desarrollo (escaso) del personaje que interpreta Quinn. La hora 25 es la última de todas las horas. En el momento en que el tiempo se acaba para el hombre, cuando ya no hay solución, toca vivir esa última hora. Es el momento de la guerra, del horror y de la conversión del hombre en un animal salvaje. La bondad y la inocencia (encarnadas por el campesino rumano) no tienen hueco en el mundo, después de la guerra tampoco. Porque nunca lo tuvieron aunque el hombre disfrace su existencia con ropajes luminosos.
A pesar de que la película siempre me gustó mucho, tengo que confesar que hay un par de aspectos narrativos que no terminar de cuadrar bien. El personaje acaba en el mismo lugar que empieza. Sus características son idénticas. Bondadoso, inocente, casi idiota. Un hombre que es pisoteado sin compasión, una y otra vez, por la inteligencia, la ambición, la astucia y todo lo que se les ocurra añadir. Y parece extraño que después de diez años sin familia, habiendo pasado calamidades sin tener que pasarlas, el personaje no sufra el más mínimo cambio. El director intenta ocultar esto con una escena final en la que el campesino es incapaz de sonreír frente a una cámara (antes ha ido preparando todo con el uso de grandes elipsis que suavizan el problema), pero no lo logra puesto que durante la misma escena no para de hacerlo con ganas y rozando lo grotesco, lo esperpéntico. Sabe que, si no lo intenta, el personaje se convierte en una caricatura, en un imbécil que hace que se derrumbe todo el proyecto narrativo. Es verdad que no comprende lo que sucede a su alrededor, que no sabe qué pinta en un lugar o en otro, que vive el momento con plenitud pensando que siempre quedan cosas bellas a las que prestar atención. Todo eso es verdad aunque no termina de digerirse con facilidad, la justificación es algo endeble y está en el límite de lo que se puede permitir. Y más cuando te están diciendo que el ser humano es una especie de monstruo. Pero se queda ahí, en ese límite y cuela. La defensa que hacen los actores de cada uno de sus personajes y la dirección alivian los puntos débiles. El clima creado sirve se sustento a todo lo demás.
La hora 25 es una buena película. Sencilla, que deja un poso para que reflexionemos, que dibuja al ser humano con trazo sencillo y rotundo. Además, se puede ver en familia. La guerra de fondo y ni una escena violenta que pueda causar problemas en los más pequeños. Merece la pena echar un vistazo.
© Del Texto: Nirek Sabal

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